05 de febrero de 2023

Álvaro Sánchez León es el autor de 'Rebobinando a Ratzinger', de la editorial Palabra.

Álvaro Sánchez León es el autor de 'Emérito. Rebobinando a Ratzinger', de la editorial Palabra.

Álvaro Sánchez León: «Benedicto XVI sabía que su compromiso como emérito era mantener la unidad de la Iglesia»

El autor recorre, de la mano de testigos, amigos, confidentes, su infancia, sus dificultades durante la II Guerra Mundial, su etapa universitaria, sus años como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, su papado y su retiro

Se publica el día 13 una biografía de Ratzinger que muestra a la persona en su sencillez y en el cariño que despertaba en quienes lo trataron. Un hombre bueno que antepuso la fidelidad eclesial a su propia inteligencia.
Muchos lectores lo conocen por sus largas entrevistas. Desde José Luis Garci hasta David Gistau han charlado con él. Un par de docenas de estas entrevistas las ha recopilado hace un año en su libro España En Pause. En 2018 publicó En la tierra como en el cielo (Rialp) sobre el madrileño Javier Echevarría (1932–2016). Dentro de unos pocos días, el viernes 13 de enero, sale a la venta su semblanza de Benedicto XVI: Emérito. Rebobinando a Ratzinger (Palabra). En este libro recorre, de la mano de testigos, amigos, confidentes, su infancia, sus dificultades durante la II Guerra Mundial, su etapa universitaria, sus años como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, su papado, su retiro… Hablamos con Álvaro Sánchez León (Sevilla, 1979).
– ¿Cuándo empieza a gestarse este libro?
– Ha sido una tarea de cuatro años que me ha llevado, entre otras cosas, a pasar un tiempo en Roma para entrevistar a diferentes personas. Personas que han conocido a Ratzinger de primera mano. Está Lombardi, una voz que habla durante todo el libro con mucha claridad y que fue portavoz de la Santa Sede. Habla monseñor Gänswein. Hablan muchos vaticanistas que han estado con Juan Pablo II, con Benedicto XVI, con Francisco. Habla algún cardenal, varios obispos, y biógrafos de Ratzinger. Giovanni Maria Vian, que fue director de L’Osservatore Romano. Valentina Alazraki es la que escribe el prólogo de este libro; ella es la periodista de Televisa en el Vaticano desde hace 45 años, y ha entrevistado a Francisco en alguna ocasión. Y hablo también con el panadero de Borgo Pio, el barrio donde Ratzinger ha vivido desde que es prefecto de la Congregación, y hasta que es elegido papa; hablo con el sastre, con el portero de su casa. Gente de la calle, del bar, de la cafería… Borgo Pio es un barrio romano que está justo pegado al Vaticano.
– ¿Cómo era Ratzinger?
– Ratzinger es la extrema sencillez. El problema es que la sencillez en el siglo XXI no se entiende, lo cual, en cierto modo, supone un drama, porque la sencillez y la verdad tienen mucho que ver. Esta identificación entre sencillez y verdad refleja perfectamente la personalidad de Ratzinger. Por eso, la renuncia de Ratzinger no se entiende, y se cree que hubo una confabulación. Él dijo: ‘No puedo físicamente tirar del carro’. Punto. Nada de cuervos, ni espionaje.
– Si no hubiese existido aquella enorme expresión contra su gobierno, si su pontificado se hubiera desarrollado en un contexto de menor hostilidad, sin episodios como los Vaticaleaks, abusos, escándalos, sin todo aquello que lo mermaba, ¿habría podido físicamente?
– El papa no renuncia por eso. Su decisión la toma en el verano anterior, en un viaje a Latinoamérica. Él está pensando en la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro, que es el verano siguiente. ‘No llego; yo no estoy para estos trotes’, piensa. El papa en ese momento tiene un ojo que no ve. Aparte, su edad: estaba a punto de cumplir 86 años. Él lo ha explicado varias veces. La ventaja que tiene Ratzinger es que él lo ha dicho todo. Si lees las entrevistas con Peter Seewald y su autobiografía, lo conoces perfectamente. Aparte, no es sólo es que ‘físicamente no llego a la Jornada Mundial de Río de Janeiro’, sino que también el papa del siglo XXI necesita un vigor, un carisma para llegar a las masas, para estar en las redes sociales, para seguir el ritmo actual.
El autor junto a Georg Wangsgein

El autor junto a monseñor Gänswein

– ¿Era persona de distancia corta?
– Sí, él es una persona tímida, de distancias cortas. Se gana a la gente con el trato directo y sereno. Es lo que he visto con el panadero y los periodistas. Le interesan las personas, las escucha. Y eso en el siglo XXI es una puñetera revolución.
– ¿Eso explica su modo de entender a los laicos?
– El papa entiende muy bien cuál es el papel del laico. Al fin y al cabo, el papa se ha movido toda su vida en la universidad y se ha pasado muchos años de su vida hablando al mundo, no hablando a la Iglesia ni a los sacerdotes, ni a la jerarquía, sino hablando del mundo. Entiende perfectamente que la cristianización es una tarea de los laicos. Da mucha cancha a todos los católicos, a la vida pública en general. Ese concepto que el CEU y la ACdP llevan mucho tiempo aplicando, él lo ha entendido perfectamente. El papa Ratzinger da alas a todo lo que ve que es bueno para el mundo y para la Iglesia. Entiende que hay una riqueza de carismas maravillosa, porque mira al mundo con un horizonte grande donde cabemos todos. Ratzinger tiene vigencia en el siglo XXI. Es un papa para leer también en el metro, no sólo en las sacristías y en la biblioteca del seminario. Y, cuando lees al papa Ratzinger, te está tocando el corazón, porque hay un trasfondo de ilusión que contagia. El esfuerzo de su cabeza, de su oración, de su cercanía con Dios está colmando un pozo sin fondo, que es el ansia de felicidad de los seres humanos.
– ¿Qué le parece la producción Los dos papas, con Anthony Hopkins como Benedicto XVI?
– Esa película es un monumento a los tópicos. La caricaturización que hace tanto del papa Francisco como de Ratzinger es llamativa. A Ratzinger no se lo entiende mirando sólo la cáscara, porque es una persona que nos recuerda todos los valores clásicos que hemos ido perdiendo a fuerza de vivir con tanta velocidad.
– Y las personas con las que usted ha hablado ¿qué rasgo que se destacan más de Ratzinger?
– Su inteligencia, que no es sólo sabiduría, sino saber tratar a la gente. En el caso de Ratzinger, inteligencia también es caridad. Y su sencillez y normalidad. La gente que vivía en Borgo Pio no sabían que él era cardenal, pensaba que era un sacerdote —vestía como sacerdote, no con atavío de obispo—, hasta que escuchan a alguien que lo llama ‘Eminencia’. Varias de las personas con quienes he hablado lloraron cuando me estaban contando sus recuerdos con Ratzinger. Le tenían un cariño muy especial, como si le consideraran un abuelo entrañable que estaba pendiente de ellos.
– Su vida de emérito es muy callada, ¿no?
– Por su salud, no podía moverse mucho. Y se dedica, como dijo en el día de su renuncia, a la oración y a la contemplación. Se convierte en monje que sostiene a la Iglesia con su oración, que para él es lo más importante y lo que da sentido a su papel dentro de la Iglesia. Sale, escribe mucho hasta que puede. Le llegan muchas cartas. Toca el piano y convive con la gente que vive allí.
– Como emérito se ha mostrado fiel y respetuoso con Francisco. ¿Cierto?
– Cuando el papa renuncia, la gente que le conoce sabe perfectamente que no va a dar ninguna guerra al papa Francisco, porque es su manera de ser. Él nunca ha sido una persona de opinar cuando nadie se lo pide, ni de elevar el tono. Ratzinger —que es una persona buena, en el sentido cristiano; y lista, en el sentido humano— sabe que su compromiso esencial como papa emérito es mantener la unidad de la Iglesia. Seguramente hay cosas de Francisco que a Benedicto no le han parecido bien, pero probablemente ni las haya dicho a su gente cercana. Y Ratzinger siempre ha sido una persona crítica, que busca la verdad. Y quizá al papa Francisco había cosas de Benedicto que no le parecieron bien en su día. Un detalle: Ratzinger es una persona brillante durante el Concilio Vaticano II, pero él antepuso su lealtad a la Iglesia, y prefirió la unidad a tener la razón. Al final la vida le dio la razón a él.
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