El antiespañolismo rampante se extiende a los volcanes canarios
Desde los primeros instantes de la erupción volcánica de 2021 en la isla de San Miguel de La Palma, se ha usado el inapropiado nombre de Cumbre Vieja
Desde los primeros instantes de la otoñal erupción volcánica de 2021 en la isla de San Miguel de La Palma (que es como se llama oficialmente, por más de que se obvie frecuentemente el nombre del Arcángel, su santo patrono), se ha usado el inapropiado, por excesivamente genérico, nombre de Volcán de Cumbre Vieja para hacer referencia a la que solo es la última manifestación eruptiva de ese estratovolcán fisural en rift que configura todo el sur insular palmero. Es decir, que todos los volcanes históricos, prehistóricos y recientes en los últimos miles de años de la Isla son volcanes de Cumbre Vieja. Y otrosí es decir que la erupción de 2021 es una erupción de Cumbre Vieja y no LA erupción de Cumbre Vieja. Puesto que ha habido, y aun habrá, muchas otras allí (tres en los últimos 70 años, siendo testigos de todas ellas aún una significativa parte de la población de la Isla como, por ejemplo, mi madre).
También desde sus primeros momentos se apuntó a que la erupción se inició en el lugar conocido como Cabeza de Vaca en el término municipal de El Paso. Tal y como recogió desde los primeros momentos toda la prensa, de la local a la internacional además de los organismos científicos y gubernamentales. Sin embargo, a los pocos días de iniciada la erupción, y cuando nadie discutía que se había producido en Cabeza de Vaca, los prejuicios y complejos antiespañoles y aborigenistas de los que han hecho gala algunos periódicos locales, llevan a imponer machaconamente el uso del término «Volcán Tajogaite» para referirse a la erupción. En una desesperada y forzada búsqueda de un topónimo aborigen para nombrarla cuando Tajogaite, según la cartografía de rescate toponímico del Cabildo insular palmero (de 2012), era un Llano al norte de Montaña Rajada. A más de 1,5 km del lugar inicial de la erupción y a más de 1,2 km de los centros emisores principales.
Se amparan en un supuesto apoyo popular al nombre de Tajogaite, cuando el mismo lo justifican en una consulta telemática por parte de una muy minoritaria plataforma ciudadana sin autoridad para ello y donde, en cualquier caso, si el grueso de votantes que participaron en tal encuesta hubiera sido de la Isla, que no lo fue, supondría apenas el 5 % del censo de la población palmera.
Sin embargo, a este carro aborigenistas se suman entusiastamente sectores nacionalistas desde los medios hasta artículos científicos, con una delirante y complementaria propuesta de más nombres de corte aborigen como Tacande o Jedey. En una vergonzosa ignorancia respecto a que esos nombres apuntados para la erupción de 2021 ya existen para otros volcanes históricos (erupciones de 1470 ~ y 1585, respectivamente).
La inquina contra el nombre de Cabeza de Vaca se inicia por el conocido explorador Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el cual curiosamente tuvo relación con la isla de San Miguel de La Palma y su vulcanismo al haberla visitado en el S. XVI para disfrutar de los beneficios terapéuticos del termalismo volcánico de su Fuente Santa, sepultada a su vez por la erupción del volcán de Fuencaliente en 1677. Elo fue justo antes de iniciar su gesta de exploración durante varios años por todo el sur de los actuales Estados Unidos y Norte de México, viviendo entre los indios como uno más hasta llegar a ser considerado por ellos como un respetado chamán por sus habilidades curativas. También fue el primer europeo en llegar a las cataratas del Iguazú y en explorar el curso del río Paraguay, por lo que a más que conquistador, puede considerársele como un etnógrafo y geógrafo aventurero sobre todo. Y de tal entidad que el hecho de que el último volcán palmero llevara su mismo nombre sería una honrosa y feliz coincidencia con la toponimia de su lugar de inicio. Sin embargo, ha sido precisamente ello lo que ha motivado el localizado desdén por el topónimo que en justicia correspondería al nuevo volcán. Definitivamente, por razones de odio contra «dos godos» y por extensión a España y todo lo español.
Tampoco es cierto, como se insiste desde los mismos sectores indigenistas, que sea una tradición palmera nombrar a sus erupciones históricas con nombres aborígenes. De las ocho erupciones acontecidas en ese período, solo dos tienen nombre exclusivamente nativo (Tajuya-Jedey y Teneguía, éste «curiosamente» también impuesto desde las mismas instancias periodísticas); y otros dos comparten nombre aborigen con español (Tacande o Montaña Quemada y Martín o Tigalate). Por otra parte, hay un par de erupciones históricas con nombres de santos católicos, destacando la erupción del San Juan en 1949. Ello enraíza con la costumbre de bautizar a los niños con uno de los nombres que aparecen en el santoral del día de su nacimiento. Así, y echando un vistazo al correspondiente al 19 de septiembre, vemos como santo más destacado a San Genaro (21/04/272 – 19/09/305) y el cual, sorprendentemente, tiene una curiosa vinculación con el vulcanismo al ser el patrón protector de Nápoles frente a las erupciones del Vesubio. Además, y en relación a la erupción palmera de 2021, se da la circunstancia que unas ampollas que contienen sangre solidificada del santo se licúan (normalmente) tres veces al año, dos de ellas fijas: el 19 de septiembre (celebración que recuerda su martirio, durante las persecuciones a los cristianos del emperador romano Diocleciano) y el 16 de diciembre (fiesta que lo celebra como patrono de la ciudad). Es decir, que las dos fechas fijas anuales de la licuación de la sangre del santo salvador de los devastadores efectos de los volcanes coinciden con el inicio de la erupción del volcán palmero de 2021 (el 19 de septiembre) y que se dio por finalizada a las vísperas de la segunda licuación, que acontece el 16 de diciembre.
Es probable que no sea cuestión de retomar tradiciones cristianas con las que quizá parte de la población no esté en consonancia, pero desde luego tampoco son de recibo imposiciones aún más minoritarias. Y menos sería deseable reproducir lo ocurrido con la erupción submarina de El Hierro de 2011, cuando se tardó cinco años para adjudicarle un nombre oficial, también impositivamente aborigen y que, para colmo, fue antipopular y erróneo en su transcripción fonética. Aquí corresponde el desaguisado al Instituto Hidrográfico de la Marina, que escogió una palabra pretendidamente nativa (pero no del idioma hablado en El Hierro, el bimbache, sino del guanche de Tenerife), de origen bereber y que pretendía significar «recinto circular de piedras o lugar de reunión». Lamentablemente, casi con seguridad la palabra buscada era Tagoror, terminada en «r» y no Tagoro, que fue como final y erróneamente quedó registrada. Y todo ello en detrimento de las denominaciones de Volcán de Las Calmas o de La Restinga, que era como la población herreña quiso llamarle por haber surgido la erupción en el mar de dicho nombre frente a tal localidad sureña. De esta decisión contraria se quejaron infructuosamente las más altas instituciones de la Isla del Meridiano. Aunque, claro, ni Las Calmas ni La Restinga eran nombres aborígenes...
Si no se recurre en la Isla Bonita directamente a la mayoritaria y veraz tradición toponímica, y así nombrar al volcán como de Cabeza de Vaca, quizá las autoridades legales (Cabildo Insular/Ayuntamientos) deberían realizar una consulta directa y tradicional, no telemática y sin trampa ni cartón, para elegir el nombre del volcán que ha afectado, en diferentes grados, a la Isla por completo y que se erigirá en una seña de identidad de toda ella durante muchísimo tiempo. En decisión mayoritaria de un pueblo que, ni vota a opciones independentistas ni tal sentimiento tiene arraigo más allá de forzadas imposiciones políticas minoritarias.
Francisco Govantes Moreno es biólogo ambiental, psicopedagogo científico y vulcanoespeleólogo