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Mark Zuckerberg

Mark ZuckerbergEFE

Facebook, la pesadilla de Zuckerberg: de conectar alumnos a la peor droga digital de la historia

Un jurado de Los Ángeles ha dictado un veredicto histórico que condena a Meta y YouTube a pagar millones por diseñar redes sociales adictivas que arruinaron la salud mental de una menor

Es el último golpe a un imperio nacido para conectar estudiantes y que ha acabado como fábrica de adicción.

Un jurado de Los Ángeles ha roto un tabú y, por primera vez, ha declarado a Meta y a Google responsables de diseñar productos adictivos que dañan a una menor, y les obliga a pagar millones en indemnizaciones a una joven cuya infancia quedó atrapada en el bucle infinito de Instagram y YouTube. Es el último capítulo de una historia que empezó con un universitario encerrado en su habitación de Harvard y que hoy se sienta ante los jueces a responder por el coste humano de su invento.

Mark Zuckerberg ante su última comparecencia en el Senado de Estados Unidos

Mark Zuckerberg ante su comparecencia en el Senado de Estados UnidosAFP

Tres millones por una infancia enganchada

El caso de Kaley G. M., hoy veinteañera, es ya un símbolo judicial. Comenzó a ver vídeos en YouTube con seis años y a usar Instagram con nueve, hasta convertir esas pantallas en el centro de su vida. Sus abogados convencieron al jurado de que no se trataba solo de un mal uso, sino de plataformas diseñadas para maximizar el tiempo de conexión a costa de la salud mental de los más vulnerables.

La sentencia obliga a Meta a pagar 2,1 millones de dólares y a Alphabet (Google) otros 900.000 en daños compensatorios; el jurado ha abierto además la puerta a daños punitivos que elevan el total hasta los seis millones de dólares en este caso. La joven ha denunciado años de ansiedad, depresión y dismorfia corporal alimentados por un entorno que la bombardeaba con contenido que explotaba sus inseguridades, y que los algoritmos perfeccionaban con cada clic.

Meta y Google han reaccionado con el mismo guion, respeto formal al tribunal y rechazo frontal al veredicto. Insisten en que sus productos son «plataformas diseñadas de forma responsable» y que los problemas vienen del uso individual, no de un diseño pensado para enganchar a niños que aún no tienen defensas psicológicas.

De conectar estudiantes a alimentar guerras

El contraste con los orígenes de Facebook no puede ser mayor. Aquella red levantada para conectar estudiantes en un campus se convirtió, en apenas unos años, en la infraestructura informal de la conversación pública mundial. Primero fue un tablón de anuncios para amigos; luego, una máquina de recopilación de datos, publicidad personalizada y algoritmos opacos que determinaron qué veíamos y qué dejábamos de ver.

Mark Zuckerberg

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Cuando las primaveras árabes, las guerras en África y los conflictos en medio mundo empezaron a retransmitirse en directo por redes sociales, Facebook se vendió como el aliado de la libertad y del ciudadano armado con un móvil. Pero detrás de esas imágenes había moderadores mal pagados expuestos a un torrente de vídeos de violencia, suicidios, abusos y barbarie que nadie quiso mirar demasiado de cerca. Mientras los usuarios consumían guerra en tiempo real, otros se quemaban psicológicamente filtrando lo peor de la humanidad para que el resto pudiera seguir desplazando el dedo con total normalidad.

A la vez, los escándalos electorales se multiplicaban. De Cambridge Analytica a las campañas de desinformación coordinadas, las revelaciones fueron dibujando un patrón: la herramienta pensada para compartir fotos con amigos se había vuelto un arma política capaz de polarizar sociedades enteras. La arquitectura de Facebook (recompensar el contenido que indigna, que emociona, que atrapa...) resultó ser perfecta para difundir bulos, odio y propaganda a una escala sin precedentes.

El daño que Zuckerberg quiso no ver

Las demandas de fiscales y familias en Estados Unidos han puesto negro sobre blanco algo que en Meta se sabía desde hace años como que sus productos son especialmente dañinos para los menores. Una coalición de 41 estados acusó a la compañía de diseñar Instagram para enganchar a niños y adolescentes, aun sabiendo que el resultado era un aumento de la depresión, la ansiedad y los problemas de imagen corporal.

Documentos internos, correos de directivos y libros escritos por exempleados describen cómo la cúpula de Facebook conocía el efecto adictivo de sus algoritmos sobre los más jóvenes, y aun así optó por priorizar el crecimiento, el tiempo de pantalla y los ingresos. Mientras se afinaban los sistemas para detectar menores «inseguros», «ansiosos» o que se sentían «inútiles», la respuesta no fue reducir su exposición, sino aprovechar esos perfiles para seguir alimentándolos con contenido que les hacía volver una y otra vez.

Mark Zuckerberg en la portada de Time

Mark Zuckerberg en la portada de Time de 2021Time

En los últimos juicios, Zuckerberg ha defendido que Instagram nunca ha permitido oficialmente a menores de 13 años y ha culpado a los usuarios que mienten sobre su edad. Pero la realidad que sale en los tribunales es que la empresa sabía que millones de niños se colaban en la plataforma, que los mecanismos para frenarlo eran insuficientes y que el diseño mismo estaba pensado para que no quisieran salir.

La causa de Kaley se suma a casi 2.500 demandas de niños, adolescentes y familias que describen el mismo patrón de productos adictivos, recomendaciones infinitas, notificaciones de madrugada y una sensación constante de no ser suficiente alimentada por filtros, likes y comparaciones imposibles. La pregunta que ahora afrontan los jueces es si esa arquitectura es una simple elección de diseño o una forma de negligencia sistemática.

El truco de Meta y el metaverso en quiebra

Cuando el escándalo de Facebook se volvió tóxico, Zuckerberg hizo una pirueta de manual y cambió el nombre corporativo a Meta y trató de que el debate girara hacia un futuro luminoso de realidad virtual y metaversos. Su idea era que dejaramos atrás la vieja red social y habláramos de innovación, gafas inteligentes y mundos digitales donde todo sería posible.

El problema es que esa huida hacia adelante se ha estrellado con la realidad. Meta ha quemado decenas de miles de millones de dólares en su apuesta por el metaverso, mientras los usuarios nunca llegaron en masa a ese supuesto nuevo continente digital. Hoy, podemos hablar de un metaverso cerrado por derribo, de proyectos recortados y de un mercado que mira esa aventura como un monumento al autoengaño.

Mientras tanto, Facebook, Instagram y WhatsApp siguen generando beneficios, pero bajo una presión regulatoria y judicial que va en aumento. Los algoritmos que antes se vendían como magia empresarial ahora son examinados como posibles armas de adicción, y el fundador que se presentaba como un visionario tecnológico se enfrenta a interrogatorios sobre menores dañados, documentos internos y decisiones que privilegiaron el crecimiento sobre la seguridad.

De sueño americano... a pesadilla

Durante años, Estados Unidos miró a las redes sociales con una mezcla de fascinación y orgullo nacional. Eran la prueba del dinamismo del país, de su libertad de expresión y de su capacidad para exportar plataformas al resto del mundo. Esa mentalidad abierta permitió que gigantes como Facebook crecieran sin apenas restricciones, amparados en la idea de que más conexión siempre era mejor y que el mercado, por sí solo, corregiría los excesos.

Estados Unidos miró a las redes sociales con una mezcla de fascinación y orgullo nacional

Hoy el péndulo se ha movido. Nueva York ha aprobado leyes que limitan los «feeds adictivos» para menores, restringen las notificaciones nocturnas y obligan a introducir controles parentales y sistemas de verificación de edad. Otros estados han seguido el mismo camino, con normas que, en la práctica, prohíben o cercan el uso libre de redes sociales entre niños y adolescentes y obligan a las plataformas a replantearse su modelo de negocio si no quieren enfrentarse a demandas millonarias.

La historia que arrancó en un dormitorio universitario ha acabdo en un tribunal de Los Ángeles. En medio de todo este proceso queda una lección incómoda sobre cómo se dio carta blanca a unas empresas que prometían conectar el mundo y han terminado siendo percibidas como una lacra para la salud mental de toda una generación. Zuckerberg intentó escapar con Meta y el metaverso, pero los jueces y los legisladores le han recordado que, antes de inventar nuevos mundos, hay cuentas pendientes en este.

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