Cómo un cazador español salvó la fauna del Himalaya de la extinción
Salvar una especie de la extinción gracias a la caza deportiva puede parecer paradójico para el profano. Sin embargo es la absoluta realidad, y totalmente contraria a lo que «se suele contar». El mes pasado os conté cómo la caza deportiva y la creación del Coto Real de Gredos salvó a la cabra de montes del ericio. Hoy veremos cómo la increíble cacería en 1930 de un joven diplomático vasco, contribuyó a salvar la fauna del Himalaya indio de la extinción.
El conde de Artaza con un «Baharal» del norte de la India. Gracias a esta cacería de 1930 y las que le siguieron se salvó a la fauna del Himalaya de la extinción.
Luis de Olivares, después conde de Artaza, fue un diplomático vasco, gran deportista, y apasionado por la caza. En 1928 fue destinado como cónsul de España en las posesiones de la entonces India Británica. Después de dos años de servicio, le llegaron las vacaciones.
Motivado por su enorme afición a la caza decidió pasarlas cazando en las montañas del Himalaya... y vaya si lo hizo. Se adentró en las montañas más duras y altas del mundo en un viaje de caza que duraría 135 días. Sí, has leído bien querido lector, 4 meses y medio seguidos, andando y cazando.
Hay dos detalles importantes que nos hacen pensar que ésta fue la mayor aventura de caza jamás protagonizada por un español. La primera es que lo hizo solo, sin amigos o familiares que le acompañaran, solo un cocinero y 8 o 10 porteadores que llevaban su equipo. La segunda es que lo hizo totalmente a pie. Caminando por los terrenos más escabrosos del mundo donde confluyen las cordilleras del Himalaya y el Karacorum. Siguiendo los mapas hace un estudio en que calcula que anduvo… ¡unos 4.000 Kilómetros!
Como resultado trajo la mejor colección de fauna del Himalaya que ha existido en España. Uriales, Markhores, Carnero azul, Argalis del Tíbet, ciervos, osos y lobos... Y para más respeto por este caballero, la donó perfectamente taxidermizados por el maestro Benedito, al Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Donde hoy, se conserva prácticamente intacta.
Entonces todo el Norte de la India era terreno del Imperio Británico, bajo la «tutela» del Maharajá de Cashmere y Jammu. Estaba dividido en Cuarteles de caza numerados, denominados Blocs. Las capturas eran decididas por el férreo control Británico de protección, defensa y fomento de la caza y de la fauna. Esas increíbles montañas eran el mayor paraíso de la fauna que se podía imaginar. Solo se podía cobrar animales viejos, es decir grandes trofeos, que ya habían llegado al final de su ciclo vital y reproductor. El furtivismo era fuertemente penado y perseguido.
Artaza en su viaje de caza de 135 días y 4.000 kilometros totalmente a pie. Gracias a esta cacería la reglamentación de la caza deportiva de trofeos, salvó a la fauna del Himalaya de la extinción.
Pero todo esto cambió con la descolonización de la India y la división del territorio en dos países en 1947. Por un lado, Pakistán de mayoría musulmana y, por otro lado, la India, de Religión Hindú. Nada más salir los ingleses en 1947 se trazó la línea fronteriza entre India y Pakistán, exactamente por donde cazó Artaza, 17 años antes. E inmediatamente empezó una guerra fronteriza y religiosa entre ambos países
En un territorio en guerra se dejó de cazar deportivamente y cuidar la fauna con el esmero, cariño y férreo control, con que lo hicieron el Marajá y los Guardas de Caza Británicos. Las tribus locales Pastunes, Balties y Beluchistanos solo vieron en las increíbles manadas de Argalis, de Uriales, de Ibex, y de Markhores, un recurso para comer.
Empezó la matanza indiscriminada por carne... Todo lo que se movía macho, hembra, cría, joven o viejo iba a una cazuela. Y este desastre duró 40 años. Hacia 1980 ya casi no quedaba nada... Simplemente la increíble fauna del Himalaya acabó hecha chuletas. El fin parecía inminente para toda la fauna del Himalaya.
Con el precio de una sola licencia, se llevaba la electricidad a una aldea perdida. Se construía un hospital. Se creaba una escuela.
Pero ocurrió lo increíble... Hacia 1980 se firmó el alto el fuego entre India y Pakistán. Y en cuanto la región se estabilizó, además se abrió la caza deportiva en Pakistán. Cazadores deportivos norteamericano empezaron a pagar fortunas por optar a cazar un viejo y anciano macho de Markhor, Ibex o Baharal... pero dotado por esa misma edad, de grandes cuernos. Ese viejo trofeo, solo ese, se caza y todos los demás ejemplares de la especie, jóvenes, hembras y crías, se protegen.
El trofeo de caza más caro del mundo, pasó a ser un ejemplar viejo, muy viejo de Markhor. Un animal al final de su ciclo vital, que va a morir de hambre, de un modo horrible, el invierno siguiente, por no tener ya dientes. Por «ése y solo ése» ejemplar, puede llagar a pagarse 100.000 dólares por cazarlo. Y ese dineral fue directamente a las tribus pastunes, balties y beluchistanas, que antes solo veían en ese Markhor, joven, viejo, hembra o cría... unos kilos de carne...
Con el precio de una sola licencia, se llevaba la electricidad a una aldea perdida. Se construía un hospital. Se creaba una escuela. O se compraban 200 cabras. Y 200 cabras daban mucha más carne y lana, para una aldea perdida, que una hembra o un joven Markhor...
Y todos esos durísimos guerreros, dejaron de cazar por carne. Al revés. Se convirtieron en los más ferreos defensores de los Markhores, de los Ibex, de los Uriales o del Baharal.
Hoy, 40 años después de la reapertura de la caza deportiva, varios miles de markhores viven en las montañas del Himalaya. El resto de la fauna ya se ve de un modo abundante en el norte de la India y Pakistán...
Todo a cambio de cobrar unas docenas de machos viejos, como trofeo cada año... y las poblaciones están aumentando y perfectamente protegidas por las tribus locales. Simplemente porque han encontrado «una mina de oro», en lo que antes solo era un trozo de carne... ¡¡Ojo!! Mientras se siga cazando deportivamente, ¡¡claro!!
Hoy toda la fauna del Himalaya le dan las gracias al viejo conde... porque saben muy bien que con su cacería y las que vinieron después... los salvó de la extinción.
Roque Armada es director de Armada Expediciones y de la Escuela de Tiro de Trofeo