Han matado a la agricultura
La competencia desleal es un hecho, ya que los productos del Mercosur carecen de la estricta normativa europea
Recogida de aceituna en Galicia
El arranque de 2026 está siendo agitado. La Navidad no zanjó las protestas de los agricultores franceses, que como prometieron, tomaron el turrón en sus tractores. Pero no han faltado motivos para continuar al pie del tractor en las calles de París y en las carreteras de todo el país. En España, Pamplona, Vitoria, Cataluña han vivido protestas; también en Alemania y Grecia se han convocado. Con grandes bríos y encadenándose un motivo tras otro, los agricultores continúan presionando mediante el corte de carreteras.
Al grito de «Han matado la agricultura», ganaderos y agricultores protestan contra el acuerdo de libre comercio con el Mercosur. El sector está ahogado entre una administración incompetente, una pesada burocracia y obligaciones inútiles; un sector fundamental, que es el productor de los alimentos con los precios y calidades que disfrutamos. Un sector en alianza con la alimentación europea. Que tiene que advertir que la alcaldesa de París, Hidalgo, se manifieste a favor del patrimonio representado por los árboles que los irritados agricultores cortan para bloquear la capital gala. En una increíble paradoja que se produce a la vez que el gobierno europeo arroja a la basura el patrimonio agrícola, ganadero y gastronómico, así como los derechos alimentarios y la salud de toda su población.
En un sector debilitado por las constantes crisis. Los ganados avícola, bovino y porcino están muy afectados en España, donde ya se producen igualmente tractoradas y protestas ante un acuerdo que perjudica a sus intereses. ¿Dónde quedaron las compras de proximidad? ¿Y los productos kilómetro cero? ¿Y la tan manoseada sostenibilidad? La competencia desleal es un hecho, ya que los productos del Mercosur carecen de la estricta normativa europea que garantiza la calidad de los productos y la salubridad para los consumidores, además de los aranceles reducidos con los que competirán.
La única comida que construye salud, fuerza y vitalidad es la comida de verdad, elaborada por manos humanas
Agitado panorama que se anima desde la otra orilla del Atlántico en mayor controversia con la presentación de la nueva pirámide alimentaria propuesta por el equipo del secretario de salud Kennedy. Dos facetas de la alimentación –agricultura y salud– revolucionadas y convulsas. Bien es cierto que la pirámide alimentaria requiere constantes modificaciones, algo que en España se hace con muy buen criterio y regularmente va requiriendo en mayor medida una adjetivación y definición más afinadas con respecto alimentos, técnicas de cocina y estilos de vida, véase el caso de los hidratos de carbono en la dieta: integrales, completos, variedades, fórmulas de consumo. El mensaje de la Administración norteamericana es sencillo: «coman comida real», lo que desde esta modesta columna llevamos diciendo muchos años ¡cocinen! En gran medida, la falta de esfuerzo en este sentido es uno de los problemas de salud de la población de nuestra época.
Desde el documento presentado en Estados Unidos se anima a la reducción de alimentos altamente procesados, de los azúcares, sal y carbohidratos refinados. Comida real significa introducir más hortalizas, legumbres, frutas y grasas saludables, entre las que incluyen el aceite de oliva virgen extra. Y mayor porcentaje de carnes, huevos, lácteos y pescados. La única comida que construye salud, fuerza y vitalidad es la comida de verdad, elaborada por manos humanas. El laboratorio humano de cientos de miles de años ha funcionado, acercándonos al presente a base de estos alimentos.
La gran paradoja es que mientras en Europa los agricultores y ganaderos observan el deterioro y empobrecimiento de sus explotaciones que tiene como consecuencia directa el perjuicio de los ciudadanos por los elevados precios, la Administración norteamericana anima justamente al consumo de los productos que merma la Unión Europea. Comida de verdad. La escasez de alimentos de calidad nos costará un mayor gasto en salud –por las enfermedades derivadas de una deficiente alimentación– y un desequilibrio de impacto entre diferentes sectores de población según puedan o no puedan permitirse su adquisición. Justamente los problemas que tiene Estados Unidos y que tratan de evitar optimizando su alimentación.
Vivimos un momento candente, histórico, en el que se entrecruzan cuestiones sustanciales; nada es simple, desde luego, pero se requieren soluciones, y nos quedamos con una reflexión que debería concretarse en actuación: ¿Vamos a permitir que rematen la agricultura y la ganadería? Están en juego la salud de la población, la economía de la Unión Europea, la forma de vida y la alimentación de millones de personas.