Mercedes Barona
Diccionario sentimental de campoMercedes Barona

Gallinero

El gallinero es un mundo pequeño, pero entero: jerarquías, miedos, alianzas, intrigas… y un polvo fino que se levanta cada vez que alguien entra en escena

Gallinas en el gallinero

Gallinas en el gallineroCedida por el autor

El verdadero amanecer no lo marca el despertador, sino el sonido suave de una puerta de madera, una alambrada que se pliega y el revuelo torpe de unas alas que quieren desentumecerse al aire libre. Antes de que el día exista para la ciudad, ya hay un puñado de ojos redondos mirándote en la penumbra, calculando si traes grano, si traes agua, si traes paz.

El gallinero es un mundo pequeño, pero entero: jerarquías, miedos, alianzas, intrigas… y un polvo fino que se levanta cada vez que alguien entra en escena. Una banda sonora de cacareos que alguien de ciudad confundiría con ruido y que el campesino reconoce como idioma.

Un gallinero no es una caseta con cuatro tablas y unos ponederos. Es, sobre todo, una costumbre: entrar de lado para no asustarlas, hablarles para tranquilizarlas, saludar. Aprender a distinguir ese silencio raro que anuncia que algo va mal: un zorro, una comadreja, una enfermedad, una pelea. Saber que a las nuevas, cuando llegan, hay que incorporarlas de noche, a oscuras, casi de puntillas, para que al amanecer las viejas las acepten como si siempre hubieran estado allí.

Entender que la violencia también se negocia, incluso entre gallinas.

Abrir el ponedero y coger el huevo aún caliente, con la yema latiendo un poco, es una ceremonia que ningún vídeo explica

Hay palabras que ya casi no se usan: ponedero, comedero, percha, cama. Cada una arrastra un gesto aprendido. Abrir el ponedero y coger el huevo aún caliente, con la yema latiendo un poco, es una ceremonia que ningún vídeo explica. Extender la ceniza de la chimenea en la tierra para que rasquen y se desparasiten: un saber antiguo disfrazado de rutina, un conocimiento sin manuales, transmitido de mano en mano, de gallinero en gallinero. Guardar restos de pan duro «para las gallinas», cuando la comida no se tiraba, sino que cambiaba de forma y de destino.

Muchos niños que crecen entre pantallas creen que las gallinas son personajes de dibujos o siluetas felices impresas en un cartón. No saben que hay gallinas nobles y gallinas malas; que algunas adoptan pollos que no son suyos y otras se ensañan con la más débil hasta casi matarla. (Y sin casi).

Mientras tanto, a muchos kilómetros de allí, en despachos con aire acondicionado se decide cuántos metros debe haber entre el gallinero y la casa, cuánta burocracia hace falta para vender media docena de huevos. Se redactan normas sobre bienestar animal sin haber pisado nunca el polvo del corral ni haber escuchado de cerca ese cacareo nervioso que anuncia que algo no va bien, ni respirado el olor agrio y dulce de la mezcla de grano, gallinaza y humedad.

Un niño que ve de cerca un gallinero entiende más del ciclo de la vida que tras cien documentales en alta definición. Aprende que la muerte existe, que el alimento no nace en el plástico, que los animales no son muñecos programables. Y, sobre todo, comprende que la vida no se dicta desde una pantalla ni desde una norma lejana: se negocia cada mañana, entre el frío del alba, el crujido de la puerta y el aleteo insistente de unas gallinas que, sin saberlo, sostienen un pedazo entero de nuestro mundo.

  • Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá

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