Creando afición

Un grupo de venados, a los que vemos antes de dejar el coche, algunos todavía con la cuerna junto a otros ya desmogados, indican la estación que ya comienza

Avistamiento durante una jornada de caza

Avistamiento durante una jornada de cazaCedida

Todos los que practicamos una afición, que nos llena y sabemos que es buena, queremos que se perpetúe en el tiempo. Así lo ha demostrado Ignacio Ruiz Gallardón, presidente de «Culminum Magister», que, como buen amante de la caza de alta montaña, donó 3 cabras montesas para sortear entre jóvenes que no hubiesen cazado nunca un animal de esa especie.

Y así, gracias a su generosidad, logré irme a Gredos con mi sobrino Íñigo (hijo de mi primo Iván), para cazar su primer bicho de montaña.

Cada cacería empieza con la ilusión y la preparación para lo que ha de venir, y en este caso lo viví en los ojos de un adolescente, que me supera gratamente en entusiasmo. Tras lograr concretar una fecha, tema difícil cuando hay que evitar las fechas dedicadas a la caza de trofeos, y combinar los calendarios laborales con los de los exámenes de la carrera, logramos calzarnos las botas para ir en post de la cabra, casi 10 meses después de haber sido agraciados en el sorteo. La semana previa mi teléfono echa humo con las innumerables y oportunas preguntas de mi sobrino. Me alegro, eso demuestra que está realmente emocionado ante lo que nos espera.

El día anterior a la cacería, llegamos tarde a la finca, por lo que no podemos saborear el paisaje, pero la carretera ascendente y el camino aún más empinado, nos muestran que vamos camino de unas escarpadas cumbres, lo que aviva nuestra esperanza.

Amanece un día soleado sin casi viento, se ve que el tiempo también parece querer apoyar a Íñigo, este gran aficionado, que suple sus pocos años de recorrido cinegético con su apasionamiento, ganas de aprender y de superarse.

Como dice nuestro anfitrión, los caminos suponen una herida en la naturaleza, pero gracias a ellos y a un buen todoterreno que logra sortear las cárcavas producidas por las abundantes lluvias de este año, logramos acercarnos razonablemente al cazadero. Hemos dejado atrás los rebollos, desprovistos de hojas, pero con las yemas hinchadas que parecen palpitar queriendo alejarse de su reposo invernal. En cambio los sauces, que adornan los arroyos, ya se han acomodado a la primavera y presentan hojas creciendo para tapar los amentos que las han precedido. También un grupo de venados, a los que vemos antes de dejar el coche, algunos todavía con la cuerna junto a otros ya desmogados, indican la estación que ya comienza.

Dejamos parte de la ropa de abrigo en el coche y empezamos a subir. En fila de a tres, guarda, Íñigo y yo, nos dejamos envolver por el silencio de la montaña, roto únicamente por el sonido de la fuerza del agua que se descuelga por los barrancos, sentimos esa soledad que produce la inmensidad del paisaje de montaña y sabiendo que no es sin esfuerzo que se consiguen los grandes logros, comenzamos un paso detrás del otro lo que queda de ascensión.

En la primera parada para otear las zonas más querenciosas, vemos una hembra con un chivo, nada que podamos tirar, así que seguimos nuestro camino tras hacernos fotos con el Almanzor detrás, que luce espectacular con la cumbre nevada en un día soleado. Seguimos localizando algún que otro grupo, que descartamos por ser casi imposible acercarnos o por no tener permiso para ellos.

Trasponiendo un collado, vislumbramos un grupo muy numeroso de hembras, chivos y machos. Comenzamos nuestro rececho

Pero hoy el día está de nuestro lado, y trasponiendo un collado, vislumbramos un grupo muy numeroso de hembras, chivos y machos. Comenzamos nuestro rececho para acercarnos a una distancia razonable. Avanzar se hace complicado, por los brezales y piornales que tenemos que atravesar. Hace tiempo que el ganado dejó de pastar por estas altitudes, además que desbrozar u otro tipo de gestión para eliminar el monte bajo es casi imposible, no sólo por el coste, sino porque lograr la autorización administrativa es aún más difícil.

El grupo está entre dos valles, y durante un rato podemos admirar y disfrutar de estos animales, que no paran de transponer y volver sobre sus propios pasos, hasta que ya seleccionamos el animal que hay que tirar.

Íñigo se tumba en una piedra, apoyando el rifle en el morral. Tiene todo a su favor para no fallar el tiro, pero sobre todo tiene su afición, que le hace entrenar a menudo, y ya es conocido por toda la familia su buen arte con el rifle. Tira, y no vemos caer al animal, ya que traspone inmediatamente. Iñigo no para de repetir que él lo tenía bien cogido en la mira, y que lo ha tirado en el codillo. No duda ni un instante de que tiene que estar allí.

Ignacio, que ha ido subiendo por detrás de nosotros, sigue la entrada a distancia a través del walkie-talkie, así que lo esperamos antes de entrar a cobrar. Al llegar nos cuenta que no ha podido ver el lance, pero que ha visto, más a la derecha, un grupo de machos buenísimos algo por encima del grupo que nosotros teníamos dominado. Como auguraba Iñigo, el animal estaba en el sitio con un tirascazo en pleno codillo.

Volvemos a la casa, con hambre de contar el día vivido. Rocío nos espera con el aperitivo ya preparado, y una hospitalidad que te hace sentirte en familia desde el primer segundo

No hay mayor alegría que ver disfrutar a alguien de una pasión tan sana como la caza, además se une a la felicidad de transmitir a las siguientes generaciones aquello que más nos gusta. ¡Gracias Íñigo por permitirnos acompañarte, en esta tu primera cacería de montaña! Y ¡Gracias Ignacio por hacerlo posible!

  • Clara Moreno de Borbón es vicepresidente del Real Club de Monteros y vocal de la Junta Nacional de Homologación de Trofeos de Caza
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