La picaresca del reclamo

siempre me ha resultado cercana la forma en que Richard Prior entendía el reclamo. Buena parte de esa filosofía quedó recogida en The Roe Deer Calling Manual, una obra considerada por muchos el mejor libro escrito sobre el reclamo del corzo

Corzos en la provincia de Soria.

Corzos en la provincia de Soria.Europa Press

Con la llegada del celo, julio reinterpreta su melodía. El silbido aflautado de la oropéndola oculta en las alamedas, el parloteo de los abejarucos sobre los cortados, el arrullo de las tórtolas y los últimos cantos de calandrias y cogujadas compiten con el rugido incesante de las chicharras. Esa partitura estival queda truncada por sonidos extraños al monte. Desde ribazos, rastrojos y pinares brotan silbidos, pías y quejidos que ningún ornitólogo encontrará en sus guías de campo. Butolos, chiflos y cornetillas, manejados por una legión de corceros con mayor entusiasmo que pericia, intentan sumarse a la algarada estival.

La escena tiene su vis cómica. Corceros agazapados tras el tronco de un árbol, colorados como tomates, resoplan impenitentes intentando arrancar algún sonido convincente a artefactos de cuerna, madera o plástico. Otros pellizcan torpemente una pera de goma mientras intentan discernir si aquello ha sonado a corza en apuros o como el corneta de Custer en Little Bighorn.

La escena esboza sonrisa, pero encierra más verdad de la que parece.

Confieso que tampoco soy inmune a esa enfermedad. Mi colección de reclamos crece cada año con los últimos inventos llegados de Escandinavia o Centroeuropa. Reclamos de colores imposibles, afinaciones prodigiosas y promesas capaces de hacer sonreír al mismísimo Orfeo. Sin embargo, por mucho que lo intento, siempre termino regresando a los mismos. A mi Klaus Demmel y mis viejos Buttolo, de pera o de puro. Supongo que ocurre como con todos los achiperres: llega un momento en que uno deja de buscar herramientas y empieza a acumular promesas incumplidas.

Quizá por eso siempre me ha resultado cercana la forma en que Richard Prior entendía el reclamo. Buena parte de esa filosofía quedó recogida en The Roe Deer Calling Manual, una obra considerada por muchos el mejor libro escrito sobre el reclamo del corzo.

Prior dedicó media vida a observar corzos. Cazador, escritor y uno de los mayores divulgadores de la especie en Gran Bretaña, desconfiaba profundamente de las recetas universales y de quienes pretendían convertir el reclamo en una ciencia exacta. En Modern Roe Stalking ironizaba sobre aquellos manuales que describían con precisión matemática el ritmo, tipo y duración de las llamadas, recordando que los corzos no habían leído esos libros y, por tanto, no tenían motivo alguno para obedecer sus reglas.

Entre quienes le conocieron circula una frase que resume su forma de entender al pequeño cérvido: «Los corzos no leen mis libros. Los corzos harán lo que los corzos quieran hacer».

No siempre resulta sencillo interpretar la respuesta al chiflo. Hay mañanas en las que todo parece indicar que el reclamo debería funcionar y no ocurre absolutamente nada. Otras, el macho aparece donde nadie lo esperaba. Richard Prior pasó media vida observando situaciones semejantes; quizá por eso terminó desconfiando de las fórmulas mágicas.

Mientras muchos discutían sobre lengüetas, fuelles o cornetillas, Prior observaba la carrera, la actitud de la corza o la reacción del macho tras una llamada. El reclamo era importante, desde luego, pero no tanto como aquello que estaba ocurriendo a su alrededor.

No se reclama igual una corza receptiva que una hembra acosada

Es célebre entre los reclamistas de toda Europa el vídeo publicado por la British Deer Society Roe Calling with Richard Prior. No se reclama igual una corza receptiva que una hembra acosada, ni un macho que acaba de perder contacto con una corza que otro que ya la acompaña. El sonido cambia porque el contexto cambia.

Cualquiera que haya reclamado reconocerá la escena. El macho aparece donde menos se le espera. Surge durante unos segundos en el filo del monte, se detiene, escucha y desaparece. O cruza decidido una siembra y se para cincuenta metros antes de la espera, incapaz de resolver la contradicción entre lo que le dicen los oídos y lo que le cuentan los ojos. A veces rodea durante interminables minutos el origen del sonido. Ladra a algo que no le encaja y desaparece.

Es precisamente entonces cuando se entiende a Prior. El éxito no depende únicamente de la habilidad para producir un sonido. Depende también de haber interpretado correctamente al animal.

Prior probablemente nunca habría hablado de vulnerabilidad. Era mucho más pragmático. Hablaba de comportamiento y de situaciones concretas observadas sobre el terreno. Durante el celo aumentan los desplazamientos, las persecuciones y las carreras. Machos y hembras modifican temporalmente su conducta. Dicho de otro modo: empiezan a hacer cosas que durante el resto del año no harían.

Quizá la palabra vulnerabilidad resulte excesiva para algunos y perfectamente adecuada para otros. Lo indiscutible es que el celo altera temporalmente el equilibrio entre prudencia y reproducción. Y es precisamente en ese estrecho margen donde se mueve el reclamista.

Aunque el reclamista es un pícaro taimado, la picaresca por sí sola sirve de poco. Si el momento no es el adecuado, el mejor reclamista del mundo acabará hablando solo.

Durante unas pocas semanas del verano algunos machos responden a estímulos que ignorarían durante buena parte del resto del año. Pero no son idiotas. ¿Quién no ha visto a ese macho que avanzaba rendido al reclamo pegar un tornillazo tras un pitido de más? El corzo no olvida de repente todo aquello que le ha permitido llegar a viejo. Simplemente la reproducción comienza a nublar una parte creciente de sus decisiones.

Quizá sea precisamente ahí donde nace la controversia. Porque el reclamo aprovecha una situación real creada por la biología del animal. Unos lo consideran una de las modalidades más refinadas de la caza del corzo. Otros observan en ella una vulnerabilidad difícil de ignorar. Probablemente ambos tengan parte de razón.

Prior, como otros tantos corceros, seguía desconfiando de las verdades absolutas y de los bálsamos de Fierabrás. Y creo que no marraba. Tras años dedicados a la caza y al estudio del pequeño cérvido, solo he llegado a una conclusión absolutamente cierta, los únicos que realmente conocen al corzo, son las corzas.

  • Laureano de las Cuevas Álvarez es miembro de la Asociación del Corzo Español

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