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José Luis López-Vázquez, en El pisito (1958)

José Luis López-Vázquez, en El pisito (1958)

Historias de película

El cine del franquismo, más social que las películas españolas de ahora: así mostró el problema de la vivienda

Entre las películas folclóricas y las comedias de costumbres, surgieron en España algunas películas que trataron sobre uno de los grandes problemas de la clase media de los años 50

El Neorrealismo italiano, la Nouvelle Vague francesa y el Free Cinema británico fueron sendas corrientes cinematográficas surgidas a mediados del siglo pasado que, con sus diferencias y personalidades, tenían una cosa en común: reflejaban la realidad social con un tono áspero y austero que llamaba, en muchas ocasiones, a la reflexión o la denuncia. No fue un cine social tal y como lo entendemos ahora, pero fue, sobre todo un cine libre.

¿Qué pasaba en la España de los años 40, 50 y 60? Que el Movimiento no estaba interesado en que sus jóvenes cineastas realizaran historias sobre la sociedad menos favorecida, menos aún de modo áspero o con pretensiones de denuncia. Por eso triunfó el cine de mantilla y peineta en los años 40 y la comedia de costumbres y la comedia musical en los 60.

Pero hubo un cine intermedio, uno que supo mostrar las gruesas costuras de unos años no exentos de miserias. Una de ellas: el problema de la vivienda.

En 1955, se celebró el I Congreso Nacional de Cine Español en la Universidad de Salamanca en el que estuvieron presentes algunos de los jóvenes talentos que querían dedicarse a aquel revolucionario mundo como Luis García Berlanga, Carlos Saura, Fernando Fernán Gómez, José María García Escudero y Juan Antonio Bardem. Este último, en un duro discurso, sentenció la famosa frase: «El cine español es políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico».

En lo que enseguida se conoció como las Conversaciones de Salamanca, esta generación de creadores reivindicó un cine más moderno y abierto a las corrientes europeas, menos folclórico y constreñido por la rigidez de la censura y más libre para mostrar la realidad española. Aquel manifiesto colectivo no escrito fue un pistoletazo de salida para un aperturismo creativo del que salieron algunas joyas como Muerte de un ciclista o Calle Mayor de Bardem que denunciaban la hipocresía moral tanto de la alta burguesía como de la gente de provincias; Los jueves, milagro o El verdugo de Berlanga, que arremetían contra la manipulación de la clase media y la pena de muerte o La caza de Saura que supuso una terrible alegoría sobre la violencia social. Temas todos ellos espinosos que a muchos no gustaron, pero que configuran, sin embargo, la mejor aportación que el cine español de aquellos años hizo a la historia.

Aunque los temas que tocaron fueron muy diversos, la precariedad fue uno de los más repetidos. Y de entre todos los títulos que se aproximaron a ella, los que reflejaron la crisis de vivienda destacan especialmente.

En 1957, José Antonio Nieves Conde, que había conmocionado a España con su película Surcos en la que reflejó la cruda realidad del éxodo rural a las ciudades, estrena El inquilino. En ella denunciaba la especulación inmobiliaria y los problemas de las clases más modestas para encontrar una vivienda digna. La censura obligó al director a escribir y rodar otro final, pues en la primera versión -hoy disponible- Fernán Gómez y su familia acababa viviendo en la calle. ¡Un escándalo!

Este grandioso actor dirigía y protagonizaba al año siguiente Una vida por delante, drama social que, aunque no está centrado en la crisis de vivienda, sí muestra los barrios marginales y las casas reducidas en que vive la clase trabajadora y la dificultad de emanciparse y prosperar en una ciudad donde el acceso a un trabajo digno y una vivienda eran complicados.

Pero, quizá, El pisito de Marco Ferreri y Isidoro M. Ferry es la que mejor refleja un problema que a mediados de los 50 era una realidad devastadora. En ella, José Luis López Vázquez da vida a un modesto oficinista que desea casarse con su novia, pero como no encuentra piso, decide casarse con su anciana casera para poder heredar. Con un humor negro y grotesco la película trata con una crudeza inédita para la época un problema español de primer orden y es que la clase media no podía comprarse una casa.

Algo que otras películas como Los chicos de nuevo de Marco Ferreri, Historias de la televisión de José Luis Sáenz de Heredia o la mismísima Plácido de Berlanga muestran sin fisuras. Esta última trata sobre la acción caritativa llevada a cabo por la pequeña burguesía de una ciudad mediana de sentar a cenar en su mesa durante la Nochebuena «a un pobre de la calle o a un anciano del asilo». Cassen da vida al conductor de un motocarro que se pasa toda la película yendo de una casa lujosa a otra, para acabar la jornada en su modestísima y deprimente vivienda en medio de un barrio marginal. Tanto como la de López Vázquez en Un millón en la basura de José María Forqué, realizada ya a finales de los 60, que muestra los contrastes entre la vivienda de las clases bajas y la España del desarrollismo construida sobre los cimientos de un Ministerio de Vivienda creado en 1957, año en que empezaron a realizarse estas películas que sacaron los colores a todo un país.

Un país que, a partir de la década de los 60, y precisamente por haber empezado a solventar aquel problema, favoreció la realización de películas que mostraban todo lo contrario, desde La gran familia a No firmes más letras, cielo, pasando por El turismo es un gran invento o ¡Cómo está el servicio!

El cine social hoy es un género inexistente en España. Si bien en aquellos años hubo grandes cineastas que miraron problemas reales de frente, apenas han tenido herederos y directores como Fernando León de Aranoa, Icíar Bollaín o Achero Mañas son una excepción dentro de nuestro cine. Un cine que no se atreve a mostrar uno de los problemas que más preocupan a los españoles.

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