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Cuadro de 'Los poetas contemporáneos', entre ellos, Espronceda

Cuadro de 'Los poetas contemporáneos', entre ellos, EsproncedaMuseo del Prado

Cinco poemas patrióticos de Espronceda: el poeta maldito que cantó al Dos de Mayo y a la «opulenta Cádiz»

Más allá de 'La canción del pirata', Espronceda fue un poeta muy versátil que representó la quintaesencia del romanticismo en España

En muchos aspectos, el poeta José de Espronceda es el Lord Byron español. Pese a pertenecer a épocas diferentes (fueron contemporáneos durante poco más de 15 años) y ser nacionales de países muy distintos, Espronceda mantuvo un paralelismo con el genial poeta británico.

El romanticismo llegó tarde a España. Los nuevos aires estilísticos europeos en la literatura, la pintura y la música se hicieron notar con años de retraso en nuestro país, pese a lo cual, arraigó con fuerza y nos dejó una de las más grandes generaciones de literatos de nuestra historia después del Siglo de Oro.

Espronceda, Bécquer, el Duque de Rivas, José Zorrilla, Rosalía de Castro… Los poetas románticos españoles son sobresalientes, pese a que fueron rápidamente denostados por los escritores del realismo de finales del XIX y, sobre todo, por la Generación del 98.

De entre los románticos, Espronceda es el más destacable. Esgrimió los laureles del poeta maldito tan propios del romanticismo con orgullo. Enfermizo, depresivo, trágico, tremendista, patriota liberal y pesimista.

Su obra nos dejó algunos de los poemas más inmortales, populares y conocidos para el pueblo español. Principalmente, esa Canción del Pirata, tan universal que hasta en la saga de películas de Piratas del Caribe se hizo referencia a él.

Sin embargo, fue también un patriota que supo cantar a las glorias de España y dedicar loas a la valentía de soldados y guerreros de cualquier nacionalidad.

Al Dos de Mayo

¡Oh! ¡Es el pueblo! ¡Es el pueblo! Cual las olas

del hondo mar alborotado brama;

las esplendentes glorias españolas,

su antigua prez, su independencia aclama.

Hombres, mujeres vuelan al combate;

el volcán de sus iras estalló:

sin armas van; pero en sus pechos late

un corazón colérico español.

La frente coronada de laureles,

con el botín de la vencida Europa,

con sangre hasta las cinchas los corceles,

en cien campañas veterana tropa;

los que el rápido Volga ensangrentaron,

los que humillaron a sus pies naciones,

y sobre las pirámides pasaron

al galope veloz de sus bridones;

a eterna lucha, a sin igual batalla,

Madrid provoca en su encendida ira;

Su pueblo inerme allí, entre la metralla

Y entre os sables, reluchando gira.

El canto del cosaco

«¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!

La Europa os brinda espléndido botín:

sangrienta charca sus campiñas sean,

de los grajos su ejército festín».


¡Hurra! ¡A caballo, hijos de la niebla!

Suelta la rienda, a combatir volad:

¿Veis esas tierras fértiles? Las puebla

gente opulenta, afeminada ya.

Casas, palacios, campos y jardines,

todo es hermoso y refulgente allí,

son sus hembras celestes serafines,

su sol alumbra un cielo de zafir.

¡Guerra!

¿Oís? Es el cañón. Mi pecho hirviendo

el cántico de guerra entonará,

y al eco ronco del cañón venciendo,

la lira del poeta sonará.


El pueblo ved que la orgullosa frente

levanta ya del polvo en que yacía,

arrogante en valor, omnipotente,

terror de la insolente tiranía.


Rumor de voces siento,

y al aire miro deslumbrar espadas,

y desplegar banderas;

y retumban al son las escarpadas rocas del Pirineo;

y retiemblan los muros

de la opulenta Cádiz, y el deseo

crece en los pechos de vencer lidiando,

brilla en los rostros el marcial contento,

y donde quiera el generoso acento

se alza de patria y libertad tronando.

A la patria

¡Cuán solidaria la nación que un día

poblara inmensa gente,

la nación cuyo imperio se extendía

del Ocaso al Oriente!

¡Lágrimas viertes, infeliz ahora,

soberana del mundo

y nadie de tu faz encantadora

borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso

en ti vertió la muerte,

y en su furor el déspota sañoso

se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía;

cayó el joven guerrero,

cayó el anciano, y la segur impía

manejó placentero.

La vuelta del cruzado

El que ansioso de alta gloria

joven dejó sus hogares

y, lanzándose a los mares,

voló a buscar la victoria;

vencedor del turco fiero,

vuelve el valiente cruzado,

del sol el rostro tostado

y tinto en sangre el acero.

Allí, su lanza en la lid

dio a su renombrado esplendor,

y le cantó el trovador

como a impávido adalid:

Ora vuelve, en su semblante

con cicatrices de heridas

en horna y pro recibidas

de la que adora constante.
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