El filósofo danés Soren Kierkegaard
El alegato en favor del matrimonio del filósofo que renunció al amor de su vida
Kierkegaard reconoce que la unión indisoluble del hombre y la mujer consuma el posicionamiento frente a la fugacidad del placer
En un artículo anterior nos servimos de la filosofía de Soren Kierkegaard para tratar de explicar el suicidio demográfico que sufre occidente.
Siguiendo la obra del danés y su teoría de los tres estadios en la vida del hombre, concluíamos que el paradigma actual está dominado por lo estético y la «rotación de cultivos». Es decir, se rechaza cualquier tipo de compromiso y se apuesta por la inmediatez para evitar el aburrimiento y la «desesperación existencial».
Frente a esta situación, el autor reconoce que es necesario dejar atrás la esfera estética y abrazar lo duradero dando paso a lo ético, un estadio en el que se le otorga valor a la responsabilidad y el deber.
El mejor ejemplo de esta manera de afrontar la vida el es matrimonio, algo que «hace madurar al alma, otorga un sentimiento de dignidad personal y también de pesada responsabilidad, que no se puede disipar porque uno ama de veras», en palabras del propio Kierkegaard.
Puede resultar paradójico que sea este filósofo el que firme semejante alegato respecto al matrimonio a sabiendas de su trayectoria vital. La biografía del danés está marcada por su relación con Regina Olsen, mujer de la que estaba profundamente enamorado, con la que llegó a comprometerse, pero a la que decidió abandonar poco antes de su enlace.
Kierkegaard nunca olvidó a aquella mujer, pero su decisión estuvo marcada por su propio pensamiento. Consideraba que su vocación filosófica y religiosa le obligaban a dar un auténtico salto de fe que requería del celibato: «Tienes permiso para casarte y el cristianismo bendice tu matrimonio, pero no olvides que has de dejar lugar a las existencias religiosas más decisivas», escribía en su Diario íntimo.
El ejemplo del juez Wilhelm
En una de sus obras más importantes, O lo uno o lo otro, Kierkegaard juega con los pseudónimos para enfrentar los estadios estéticos y éticos. El primero, representado por Johannes el Seductor, se aferra a lo placentero con amores breves e intensos.
Será entonces el juez Wilhelm quien trate de «corregir» esta actitud con una larga misiva en la que califica de «pueril» esta forma de encarar la vida y sus relaciones.
En el fragmento denominado La validez estética del matrimonio este Wilhelm habla en primera persona de como su esposa consigue que «cada uno de mis sentimientos y cada una de las disposiciones de mi alma se ennoblecen al compartirlas con ella».
Frente a la postura del Seductor y su apego constante a «los melindres de los primeros momentos de la pasión», el juez propone «rejuvenecer constantemente el amor del primer día».
El alegato firmado por con pseudónimo apuesta por un amor realista, nada idealizado. La mejor manera de entender esto es comprender que la belleza de la amada, o el amado, no es perfecto.
Reconoce con cierto toque de humor el autor de la carta que él sabe que su mujer tiene defectos aquí y allá, pero concluye que él «no la querría más bella si estuviera en su poder transformarla».
De Kierkegaard a san Juan Pablo II
Como cristiano, Kierkegaard no puede dejar de lado a Dios en su concepción del matrimonio. Tal y como explica el profesor Figueroa Weitzman en un artículo publicado en la revista filosófica Véritas, este es «de origen divino y no humano y, por lo tanto, romperlo es oponerse a Dios».
Pero este salto religioso no tiene que oponerse categóricamente a lo romántico. Es más, la siguiente cita del danés se podría poner en relación con la famosa Teología de cuerpo del papa Juan Pablo II: «El cristianismo tiende insistentemente al matrimonio. Si, pues, el amor conyugal no pudiera contener todo lo erótico que hay en la pasión, el cristianismo no sería el supremo grado de la evolución de la humanidad».
Frente al suicidio demográfico
La carta del juez Wilhelm toca muchos otros aspectos sobre el matrimonio y en toda la filosofía de Kierkegaard se pueden encontrar interesantes reflexiones sobre el tema.
Sin embargo, podemos concluir con el mismo tema con el que empezábamos, con el de la baja natalidad. En un epígrafe de La validez estética del matrimonio el danés reconoce la importancia de la unión conyugal como base para «contribuir a la propagación de la raza humana».
Casi de forma profética lamenta como, en algunos casos, con la boda se produce una renuncia tan grande a uno mismo que pocos quieren sumarle otra en forma de descendencia. Frente a esto, apuesta por «ligarse, por los hijos, al pasado y al futuro» y recuerda que «los hijos, además de un deber y una responsabilidad, son una bendición del cielo».