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Ecografía de un embarazo de 7 semanas

Ecografía de un embarazo de 7 semanas

Se triplica el número de mujeres que congelan sus óvulos para retrasar la maternidad

La edad para tener hijos en España no deja de retrasarse y casi el 40 % de los nacimientos son ya de madres de más de 35 años: la consecuencia es el auge de prácticas como la congelación de óvulos

El mapa de la maternidad en España no sólo arroja datos sobre la baja natalidad: también la propia vivencia de las madres ha sufrido un drástico cambio en los últimos años, y no precisamente a mejor.

Según los datos de Eurostat, la edad media para tener el primer hijo en nuestro país supera ya los 31 años (31,6, en concreto). Una tendencia compartida con otros países en pleno invierno demográfico —y, de forma llamativa, con una tradición católica más que evidente—, como Italia (31,8) o Irlanda (31,6). Y que no sólo está por encima de la media europea (31 años), sino que además se encuentra muy próxima al umbral de los 35 años, en que la comunidad médica ha cifrado el momento en que la fertilidad de la mujer comienza a retraerse.

Crisis de la natalidad en España

Se trata, según los expertos, de una evolución al alza, que preocupa incluso a las instituciones europeas y que, al menos en apariencia, estaría ligada a la inestabilidad económica, el desarrollo profesional, y la falta de políticas efectivas de priorización y conciliación familiar.

En rigor, aunque la edad promedio de la maternidad en España esté en los 31 años y medio, cada vez son más los nacimientos que se producen pasados los 35 años. Nada menos que casi cuatro de cada diez madres (el 39,8 %) que en 2024 alumbraron a sus hijos superaban esa edad.

Un retraso de la maternidad íntimamente relacionado con la baja tasa de fecundidad (una de las más bajas de toda la UE), que en 2023 se situó en el 1,1 hijos por mujer, muy lejos del 2,1 que garantiza el reemplazo generacional.

Menos fertilidad y más artificial

La consecuencia de este retraso de la maternidad es triple. Por una parte, un incremento en los problemas de infertilidad de las parejas. Porque no es lo mismo intentar tener hijos más cerca de los 20 que de los 40. Así, según el Instituto Bernabéu (que se dedica a prácticas no exentas de problemas morales como la fecundación in vitro), cerca del 20% de las parejas en edad reproductiva tienen problemas de fertilidad.

Por otra parte, y debido a lo anterior, cada vez más mujeres recurren a programas de fecundación artificial, con los consiguientes problemas éticos y complicaciones físicas para la salud de la mujer.

Según la Sociedad Española de Fertilidad, cada año se realizan más de 167.000 «ciclos de fertilidad» en nuestro país, lo que hace de España el líder europeo de esta controvertida praxis. Los embarazos que llegan a término a través de la fecundación artificial suponen el 12 % de los nacimientos totales del país.

Pero las cifras esconden una trampa: de todos esos embriones humanos generados en laboratorio, solo han llegado a término algo más de 40.000 bebés. Es decir, solo 2 de cada 10 bebés nacen por técnicas de reproducción artificial, mientras que los otros 8, o mueren a lo largo del proceso o quedan «congelados» a la espera de ser destruidos o implantados.

Más congelación de óvulos

Por último, este retraso en la edad materna implica que no sólo disminuyen la cantidad y calidad de los óvulos, sino también su propia «trayectoria natural»: cada vez son más las mujeres que congelan sus óvulos con la idea de «usarlos en el futuro».

«A partir de los 35 años, la reserva ovárica de la mujer desciende de forma significativa, lo que afecta a su capacidad de concebir de manera natural», explica la doctora Alicia Herencia, ginecóloga del Instituto Bernabeu (y, por tanto, no sospechosa de ser contraria a las técnicas de reproducción artificial). Y aporta un dato: «Desde el inicio de la pandemia hemos observado un crecimiento sostenido en la demanda de tratamientos de criopreservación, que se ha triplicado en apenas unos años».

No da igual un óvulo que otro

Una praxis que tiene enormes implicaciones de tipo moral y físico. Como explica para El Debate Juan Ignacio Grande, experto en bioética y secretario general del Instituto CEU de Humanidades Ángel Ayala, «congelar un óvulo no tiene la misma implicación moral que congelar un embrión; sin embargo, no puede desligarse del todo, porque la riqueza de la procreación humana es tan enorme, y entraña unos vínculos afectivos, espirituales, biológicos, jurídicos y éticos tan importantes, que no puede ser asemejada a una mera reproducción animal, ni mucho menos artificial».

«La biografía de una persona cambia de forma radical según el espermatozoide y el óvulo del que nace, por la carga genética de cada uno. No da igual un espermatozoide que otro, ni un óvulo que otro», indica Grande.

Y por eso, «estas prácticas, que en apariencia son buenas, en realidad alteran la relación materno-filial y la propia visión que ese niño tendrá de sí mismo en el futuro, y dan por bueno un principio que sabemos que es moralmente reprobable, como que el fin justifica los medios».

Y concluye: «Todos los esfuerzos deberían ir a promover la maternidad natural, y a sanar y a acompañar la infertilidad, no a hacer negocio con ella».

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