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Pedro Ruiz

Pedro Ruiz durante la entrevista con El DebateEl Debate

Pedro Ruiz: «El que no se corrompe no llega a nada en política»

Actor incombustible, «inagotable, inclasificable», una de las voces más independientes y libres del panorama artístico español. El Debate entrevista a Pedro Ruiz con motivo de la publicación de su nuevo libro: ¡Paren el mundo, que me bajo! (Almuzara)

Pocos artistas hay en España más libres que Pedro Ruiz. Políticamente incorrecto, porque dice lo que piensa, sin miedo. Probablemente, tampoco hay en España artistas más cancelados que él, precisamente porque resulta incómodo al poder y a sus altavoces mediáticos.

Y, con todo, Pedro Ruiz no deja de triunfar. Tiene el favor del público, y es lo único que le interesa. Pedro Ruiz dice que para saber lo que hace hay que ir a verle al teatro, no a la tele: «Yo soy el del teatro, no el de la tele».

Acaba de publicar libro con Almuzara ¡Paren el mundo, que me bajo! Un título sacado de una célebre tira de Mafalda de Quino, que Pedro Ruiz hace suya. También estrena espectáculo el próximo 27 de septiembre en el Palacio de la Prensa de Madrid: Mi vida es una anécdota.

Pedro Ruiz recibe a El Debate en el Hotel Intercontinental y no deja tema por tocar.

–¿Es este libro un ajuste de cuentas con un –mundo que se ha vuelto demencial?

–No. Yo creo que el mundo ha sido demencial siempre, y lo primero que quiero que se sepa es que esa frase, «que se pare el mundo que me bajó», es de Mafalda o, mejor dicho, es de Quino en boca de Mafalda, aunque hoy se utiliza casi como «al pan, pan y al vino, vino», es decir, como un refrán popular.

No creo que esto sea una venganza, sino que es una respiración. Es un pataleo deliberadamente exagerado para que quien lo lea se sienta un poco expiado y vengadito. Que piensen: «Pienso cosas parecidas a estas y no sé cómo decirlas». Con lo cual me encuentro con estas líneas y es como si estuviera un poco en la sauna: me quito un poco de toxicidad.

–En el libro se percibe un cierto cabreo: ¿Qué cosas le irritan?

–No se ha escrito desde el cabreo. Está escrito desde una forma de pensar que me acompaña desde que era muy niño. Yo siempre pensé que esto es un decorado. No es un cabreo de este momento, es que siempre he visto la vida muy extraña.

En otro libro que publiqué hace tiempo, que se llama El hijo que no tengo, lo primero que le digo a ese hijo es que «el primer dictador que te vas a encontrar es el decorado». Tú naces en un decorado y en ese decorado hay una fiesta de la Virgen del Rocío, en otro hay turbantes, en otro no se puede comer carne y en otro hay que ir andando con las manos.

Cubierta del libro de Pedro Ruiz

Cubierta del libro de Pedro RuizAlmuzara

Por lo tanto, hasta que no te comas ese decorado, lo deglutas y lo liberes, tú vas a ser un prisionero del decorado. Pero esto lo pienso desde pequeño. Esto no es un cabreo de este momento. Lo que pasa es que, dentro de toda la evolución que hacemos permanentemente, del hambre al atracón, y del atracón a la diarrea, este es un momento, digamos, bastante llamativo por la velocidad del cambio que nos está conduciendo a un modo de vivir en el que seremos solamente esclavos digitales.

–Con todo, es un libro de humor…

–Es aparentemente de humor.

–¿Qué quiere decir con ‘aparentemente’?

–Pues que no pretendo que la gente solamente se ría. Si se sonríe, está bien, ¿no? Pretendo que, emboscado en la ironía, haya una especie de poso que es: ¿Cómo estamos viviendo? ¿Qué nos estamos planteando? ¿Qué estamos permitiendo que hagan con nosotros? ¡Estamos permitiendo que lo hagan todo1

–En el libro dedica palabras no muy amables a los «ofendiditos».

–Precisamente, para que se ofendan un poco más.

–Este fenómeno de los «ofendiditos» es fruto de nuestro tiempo, igual que el de los «odiadores»…

–Los «ofendiditos» y de los «odiadores» proceden de la irreflexión que todos tenemos. En algún momento yo he podido ser «ofendidito», en otro momento de mi vida. «Odiador», nunca, porque creo que el odio es muy insano.

Pasan demasiadas cosas a nuestro alrededor que no pertenecen a nuestra autoría y que nos ponen a discutir sin saber por qué. Debajo de todo eso, y también hablo de mí –también hablo mal de mí–, solo hay una cosa que es el ego. El ego, el daño y la soledad. Y de ahí arrancan los «ofendiditos» que se sienten agredidos, o nos sentimos agredidos, cuando en realidad alguien está diciendo que es del Betis en vez del Sevilla, por decir algo.

–Y hablando de los odiadores, acabamos de ver con el asesinato de Charlie Kirk el peligro de los «haters», los odiadores profesionales. ¿Nos hemos convertido en una sociedad deleznable a base de odiarnos tanto?

–No creo que toda la sociedad sea igual, pero sí me compadezco mucho de los odiadores porque creo que duermen en un lecho de pus todos los días, y que se envenenan todos los días, y que solo viven en función de envenenar mandando su veneno fuera.

Yo les compadezco, nunca les contesto. Me dan pena, pero lo digo en serio. No lo digo por hacer una frase semi ingeniosa. Yo creo que el odio de los odiadores proviene seguramente del fracaso, de la frustración y de circunstancias que no creen merecerse, que seguramente no merecen. Pero lo de levantarse por la mañana vomitando pus todo el día me parece una desgracia incomparable con ninguna otra.

–¿Y qué hacemos con el reguetón?

–(Se ríe) Yo no lo bailo porque nunca he bailado. Yo bailo mal. Me da mucha vergüenza. En el escenario hago cualquier cosa. Quien me conoce lo sabe.

No he consultado nada para escribir este libro, salvo lo del reguetón. Tomé el teléfono y escuché las diez canciones máximas del reguetón. Y en fin... Las letras son: «Yo puse el pan y tú la salchicha». «Me pide que se la meta por donde sale la caca».

Y yo me dije: pero ¿qué hace Serrat? ¿Y qué hago yo y otras gentes que hacemos letras de canciones compitiendo con esto? No es posible... «Me la chupa, me la chupa la boba porque se la meto toda». Pues comprenderás que ante esto... «Ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar, sin ti mi cama es ancha». Es un poco sospechoso.

–La política con la pinza en la nariz… Curiosa época histórica esta que nos ha tocado vivir en España con el sanchismo, ¿no le parece?

–Yo soy bastante escéptico de hacer juicios absolutos desde un momento fugaz, que es este. Te decía al principio que, si hubiera un telediario del tiempo de Nerón, sería un escándalo.

Ahora estamos en un momento en España, en Españita, como dice alguien por ahí, en que estamos en la parte del… Vamos a ver: hay tres fases en las cosas –esta es una idea mía– que son hambre, atracón y diarrea.

Hambre es dictadura. No hay nada, no hay libertades, no hay inversiones... Atracones: muchas inversiones, muchos partidos… Y diarrea, que creo que es la parte que estamos ahora, y luego volveremos a empezar.

En esta parte de diarrea hay una tirantez artificial, obviamente interesada, por parte de quien la provoca, y la otra parte también responde, con lo cual estamos en una escalada absurda de falsedad y de odio que creen ellos que no va a traer ningún problema. Yo creo que sí.

He dicho, en un video que he grabado, que con estos mimbres en la Transición no hubiera habido ningún tipo de avance.

Me parece reprobable, me parece asqueroso y lamento todos los insultos que se dicen unos a otros. La democracia es para entenderse. La democracia no es para ponerse a parir todo el día. Yo creo que la gente que vota –yo no he votado nunca. Me lo afean, pero lo digo siempre: no quiero votar a nadie que me pueda prohibir– creo que vota diciendo: «Entiéndanse ustedes». No está diciendo «peléense ustedes». Y en eso estamos. Es un fracaso.

–De hecho, ahora parece que todo, y sobre todo en la política, se juzga como si fuera un Barça-Madrid.

–Así es. Polarizar, porque lo que pretenden unos y otros es que el que vota no piense, sino que reaccione. Se está apelando a la reacción, nunca a la reflexión.

Luego se obvia, que en el libro sí lo digo y también lo digo en el teatro, que los que de verdad manejan el mundo son 400 familias o 500. Un día, hablando con Serrat, hablábamos esto, cuando yo era muy jovencito.

Y esos, desde un barco y con muchísimo dinero, están manejando casi todo lo que ocurre en el mundo. Para ellos el planeta no es más que un tapete de casino donde apostar: en Gaza para que cuando eso (la guerra) termine, que ojalá termine pronto, hacer ahora mismo una ciudad de vacaciones. En fin…, esa barbaridad que dicen.

O en otros sitios, porque el petróleo sube, o allí porque está el litio, o allí porque se fabrican los chips…

Para ellos, para los súper-requete-contra-riquísimos, que se morirán también, cosa que deben recordar, el planeta no es más que un tapete del casino donde depositar su dinero. No hay más. Y luego están los políticos, que son los pastores que han elegido para que les manejen el rebaño.

–La política española está muy marcada por los casos de corrupción…

–Eso es eterno. El que no se corrompe no llega en la política a nada. Cuando era muy jovencito vi una obra en el teatro en Gijón, que yo trabajaba allí, que era Las manos sucias de Sartre.

Corrupción y política son hermanos, duermen en la misma cama. También hay gente buenísima. Afortunadamente la hay en política. No quiero descalificar la totalidad. Hay gente honrada, gente abnegada y tal, pero a mí todo el que quiere mandar me parece sospechoso, porque cuando alguien me dice «te quiero organizar la vida», yo pienso en mí y digo: «si yo no quiero organizar la tuya».

Es necesario que alguien lo haga, evidentemente, porque somos muchos, somos muy maniáticos, tenemos ambiciones, bla, bla, bla. Pero eso de «yo te organizo la vida» me da mucho miedo.

–El caso Koldo, Ábalos, Cerdán, también daría para un libro de humor…

–Que se apañen. Me tienen sin cuidado. Hay esos nombres y 50.000 más en todas las esferas todavía no investigadas.

Yo hacía un espectáculo hace un tiempo –el de ahora se llama Mi vida es una anécdota–, pero en la Gran Vía hice hace 20 años un espectáculo que se llamaba Pandilla de mamones, y en la portada estaban las fotos de todos, de todos los políticos, de todo el mundo, y la mía.

Somos una pandilla de mamones. Salía al escenario diciendo: “‘Mamá’. Primera palabra que aprendemos. ‘Mamar’. Primer verbo que practicamos. Pandilla de mamones, bienvenidos al teatro.

–Hablando de teatro, estrena ahora nuevo espectáculo: Mi vida es una anécdota. ¿Puede hablar un poco de lo que se va a encontrar el público?

–Es un espectáculo muy divertido, muy sencillo y muy de concordia. Son recuerdos de mi vida, pero cantados, parodiados, con gran pantalla, etcétera.

Lo hice en mayo, solamente cuatro funciones, en los Teatros del Canal, y ahora he convertido en teatro el Palacio de la Prensa para 16 funciones que empiezan el día 27 y 28 y luego siguen los fines de semana.

Y estoy muy contento porque es el espectáculo más sencillo que he hecho, el más cercano y seguramente el más solvente, porque he dado un paso hacia la naturalidad. Siempre la he procurado, pero ahora más.

Yo creo que las cosas, cuanto más sencillas, más llegan. Y como hasta dejo que el público me pregunte al final, y todo lo que cuento es sin hablar mal de nadie… Yo no quiero hablar mal de nadie. Si hablo mal de alguien, lo hago delante de él, pero nunca hablo mal de nadie que no está delante. No me parece educado.

–En el panorama teatral español usted es de las personas con una trayectoria más larga, más exitosa. Hace un rato, cuando conversábamos antes de encender la cámara, me comentaba que quien no le ha visto en el teatro no sabe verdaderamente a que se dedica.

–Yo he hecho 30 espectáculos distintos: solo, con músicos, sin músicos, con actores…, pero siempre haciendo, no un monólogo –porque un monólogo es uno que sale con un micrófono y hace un monólogo–, sino un espectáculo donde hago 30 cosas distintas: me disfrazo, no me disfrazo, hago parodia, canto en serio, canto en broma… Yo monto espectáculos y eso es lo más difícil y lo más representativo de lo que hago.

La tele es la tele. La tele es un microondas donde recalientan un producto, porque le conviene al poder calentarlo, o donde te dejan salir un rato. La tele ocurre en un ámbito que es distinto al ámbito en el que está el público.

Consecuentemente, te están viendo de reojo en la cocina haciendo la tortilla y te prestan una atención relativa. Por eso ahora, en las redes tengo, muchos seguidores, porque por lo menos el minuto que hago están a solas contigo ese ratito.

La tele me parece el peor medio de comunicación para un artista. Si puedo, volveré. A lo mejor a hacer charlas, si me dejan, yo no cedo en ese aspecto. Pero el peor medio de comunicación para un artista es la tele.

Me lo decía un día Sergio, el de Sergio y Estíbaliz, que era un tío estupendo, y me dijo un día: «¿Sabes lo malo de la tele, Pedro? Digo: “No». «Lo malo de la tele es que se escucha con los ojos». Sales a cantar, y dicen: «Está más gorda». «Qué vestido lleva». «Uy, cómo se pisa la falda». Y no escuchan la letra de la canción.

La tele es una cosa que ocurre mientras guisas un huevo. Entonces, si quiere saber cómo es un artista de verdad, ve al teatro. No en la tele, no en el WiZink: en un teatro de 400 butacas, o 500 o 600 o 200. Ahí, con un piano, una guitarra, una conversación y dos actores más verás como es Taylor Swift. Pero allí. Lo otro es producción. Es un zeppelin que vuela, es el granizo que cae y son los cohetes que explotan. Pero eso no es Taylor Swift. Eso es Taylor Swift y sus 2 millones de producción no es lo mismo.

–Volvemos al libro. Dice al final que lo escribió en 15 días… ¿De dónde surgió la idea del libro?

–Este es mi libro número 18. Yo recomiendo a quien lo compre que lo haga con buen humor, porque aunque digo cosas bastante incorrectas y agonística, libera mucho.

Llegó la Semana Santa, yo no tenía planes, hablé con Manuel Pimentel, el dueño de Almuzara, y me dijo unas cuantas cosas. Me fui sin decirle nada y cuando llegué a casa tomé un papel, puse unos cuantos temas y empecé a escribir sin decirle nada.

He escrito a razón de cinco capítulos diarios, hay 38 en el libro, a mano, de un tirón y sin consultar nada. No sé si es bueno, malo o regular, pero es sincero.

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