El historiador Enrique Martínez Ruiz en el primer 'Jueves Hispanófilo' del curso 2025-2026
Isabel Clara Eugenia vuelve a Bruselas: una velada hispanófila inaugura el curso en Europa
Se ha celebrado el primer Jueves Hispanófilo del curso 2025-2026, comenzando el ya tradicional ciclo de conferencias en colaboración con El Debate, que, si sigue la estela de su arranque, promete muchas y gratas veladas de inteligencia hispánica
Bruselas tiene esa cualidad extraña de parecer anodina y gris a los ojos del turista apresurado, pero a poco que uno rasque, encuentra rescoldos nobles de una Europa que protagonizó la Historia con grandeza. Se ha celebrado el primer Jueves Hispanófilo del curso 2025-2026, comenzando el ya tradicional ciclo de conferencias en colaboración con El Debate, que, si sigue la estela de su arranque, promete muchas y gratas veladas de inteligencia hispánica.
El invitado inaugural fue Enrique Martínez Ruiz, catedrático, historiador solvente y voz respetada en la investigación del personaje histórico de la hija favorita de Felipe II, Isabel Clara Eugenia. Infanta española que reinó sin corona, gobernó con temple y dejó una huella imborrable en los Países Bajos, donde murió y donde sigue siendo, curiosamente, más recordada que en su propia patria.
Martínez Ruiz dibujó con solvencia el retrato de una mujer singular, demasiado olvidada en nuestra crónica nacional, tan proclive a veces a caer en los tópicos y las simplificaciones. Isabel Clara Eugenia, nacida en 1566, fue la hija predilecta de Felipe II. El Rey Prudente –ese monarca al que algunos acusan de oscura austeridad, pero que construyó el imperio más vasto que ha conocido Occidente– encontró en su hija una colaboradora fiel e inteligente. La infanta no fue un adorno en la corte: se formó a conciencia, dominó varios idiomas y supo moverse con soltura en el campo minado de la diplomacia europea.
El primer 'Jueves Hispanófilo' del curso en Bruselas
No fue reina de España, aunque estuvo cerca. La muerte de su medio hermano, el Príncipe Carlos, y la falta de heredero varón durante años la pusieron, brevemente, en la rampa de salida para el trono, pero los designios dinásticos y las conveniencias de Estado la llevarían por otro camino.
Felipe II decidió casarla con su primo, el archiduque Alberto de Austria, entregándoles como dote nada menos que los Países Bajos del sur, con la condición de que, si no había descendencia, el territorio volvería a la Corona española. Y así fue. Pero entre 1598 y 1621, Isabel y Alberto gobernaron aquellas tierras con tino, tacto y un cierto brillo renacentista. Fue una época de estabilidad y esplendor cultural: Rubens y Van Dyck no solo pintaron cuadros, sino que moldearon una estética de poder y fe en la figura de la infanta.
Viuda en 1621, Isabel no regresó a España ni se retiró al olvido. Por deseo de su sobrino, Felipe IV, siguió al frente de los Países Bajos como gobernadora. Lo hizo con ese estilo propio de las mujeres fuertes de la Edad Moderna: sin alardes, sin estridencias, pero con mano firme y convicción política.
Desde la tribuna bruselense, Martínez Ruiz recordó a una Isabel que no solo fue eficaz gobernante, sino también figura profundamente humana. Pía, pero no beata. Austera, pero no inhóspita. Diplomática, aunque resignada a que la unión de las diecisiete provincias neerlandesas era ya una quimera imposible.
Murió en Bruselas, dejando su impronta en una forma de ejercer el poder que, en estos tiempos de líderes líquidos y gestos huecos, se antoja refrescante. Ejerció la soberanía femenina antes de las cuotas, siendo una mujer política de altura sin necesidad de impostar modernidad.
El acto fue también una vindicación del hispanismo culto en tierras europeas. En una Bruselas hoy tan entregada a la jerga comunitaria y al tic tecnócrata, ver a un auditorio atento, erguido, escuchando la historia de una infanta española que habló en latín, negoció en francés y gobernó con firmeza flamenca, fue un pequeño prodigio.
Esperamos que éste sea solo el primer paso de un curso que, a la vista de su arranque, promete interés y novedad. Si algo nos recordó anoche Enrique Martínez Ruiz, es que España tiene mucho pasado, de ése que merece conocerse, contarse y, por qué no, celebrarse.
Y quizás, como Isabel Clara Eugenia, España guarda en su herencia algo de futuro, aunque haya que buscarlo en una sala recogida de Bruselas, lejos del ruido y más cerca de la sustancia. Habrá valido la pena.