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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Bienvenida la Navidad con un 'Mesías queer'

En Canadá buscan cantantes trans para interpretar la obra maestra de Händel, mientras en TVE persiguen a los jueces del Supremo, ChatGPT se convierte en la nueva eutanasia y el filósofo de moda asoma la patita, pero no se atreve con Rosalía

Cartel del 'Mesías' queer de Händel anunciado en Canadá

Cartel del 'Mesías' queer de Händel anunciado en Canadá

Winnipeg suena a pueblo remoto, plácido y encantado, como aquel lejano Brigadoon, propicio al advenimiento de ese tipo de sortilegios benefactores que procuran en el visitante envuelto en telarañas la elevación del espíritu, la ansiada serenidad del alma tras un periodo de humana zozobra.

Pero no, en realidad se trata de una culta ciudad canadiense, entre las más frías del mundo, con casi un millón de habitantes capaces de comunicarse hasta en veinte lenguas, dos universidades y veinte bibliotecas públicas, seguramente bendecidas por los dones de la calefacción.

Allí se anuncia para este próximo fin de semana un clásico de las navidades, la interpretación, durante dos días (viernes y domingo), de El Mesías de Händel. Solo que, para distinguirse del resto, y poder cobrar la preceptiva subvención pública destinada a fomentar «la inclusión», los organizadores lo anuncian estos días como un 'Mesías queer'. En los carteles han imaginado al compositor sajón con unas modernas zapatillas de color rosa.

¿Y en qué consiste esa rebeldía o extravagancia que aquí promete lo 'queer'? Sostienen que como en el Mesías hay simples narradores, sin explícita mención a géneros o identidades, se aprovechará para convocar a solistas, por ejemplo, trans y que partes tradicionalmente asignadas para que las interprete un tenor las puedan cantar, ahora, mezzosopranos.

También se privilegiará que los artistas (y la concurrencia) se vistan como les dé la gana y que el coro refleje sobre todo esa misma diversidad, sin atender estrictamente a las clasificaciones habituales por voces (los bajos pueden resultar contratenores).

Por último, los propios asistentes deben sentirse libres de participar en el concierto cuando así lo consideren, uniéndose a la masa coral, siguiendo el texto, como si estuvieran en un karaoke.

Es decir, con la excusa de interpretar una de las más grandes obras musicales, consagrada a la exaltación primordial del revelador mensaje cristiano, se trata de propiciar una suerte de happening, mezcla de misa gospel, el musical Hair, una visita al carnaval de Río y The horror rocky picture show más algo de la Ochoa, aquel célebre travesti vizcaíno, todo en uno y por el mismo precio. No ha llegado a tiempo, sino seguro que Almodóvar le hacía sitio en su nueva película, a punto de estrenarse.

En una ocasión que me tocó organizar un concierto, los responsables municipales de cultura, de extrema izquierda, incluyeron en el convenio una cláusula según la cual había que privilegiar la asistencia al evento de miembros del colectivo LGTBI. A lo que yo pregunté, ¿y cómo se logra eso, se interroga en la cola de la taquilla a cada persona sobre su preferencia sexual, y a los gays, por ejemplo, se les aplica ahí mismo una rebaja?

¿Acaso no consiste la mayor libertad en dejar de clasificar, hacer como el príncipe Orlofsky en la fiesta de El murciélago, donde proclamaba orgulloso ante sus invitados: «cada cual a su gusto», para promover la auténtica «inclusividad», en lugar de empeñarse en establecer categorías por identidades, géneros y subgéneros, y así hasta el infinito del absurdo?

Mazón y ahora los jueces del Supremo, para entretenernos

Vuela el calendario (en nada estaremos ya en verano) y la mayor preocupación de las tertulias televisivas, el aparato de propaganda favorito del Gobierno, permanece inmutable: ¿en qué momento Mazón pidió la cuenta?

Toda la ambición de este hombre caído por querer hacer buena la erótica del poder, que ya había intentado algo parecido por medio de la música (antes se presentó como candidato a Eurovisión, otra catapulta para el amor), quizá consistiera en este simple pero consistente detalle: lograr el favor de las mujeres guapas, o al menos que no pasaran de largo sin cruzar una mirada.

Una llamada del presidente, qué inesperado honor: los periodistas a veces recurren a las entrevistas, así se conocieron Juan del Val y Nuria Roca, e incluso han durado juntos hasta hoy. Así que, una vez concertada la cita, ¿cómo Mazón iba a dejar pasar la oportunidad por unas inoportunas lluvias?

Su determinación tuvo graves consecuencias, no porque la presencia a cargo del timón de la nave hubiese evitado el naufragio (al contrario de aquel capitán Schettino que, por andar ligando con extrañas maniobras náuticas, hizo zozobrar el Costa Concordia, y luego salió pitando el primero), sino porque lo que se interpretó como una absoluta falta de responsabilidad (lo fue) serviría a la oposición para intentar regresar al poder mediante elecciones anticipadas, más todo el ruido anexo.

Pero una vez cautiva y desarmada la presa, cuyo cadáver aún se agita a conveniencia, la pólvora mediática ha desviado ahora el rumbo hacia los honorables magistrados del Tribunal Supremo. En el negociado de Fortes, sin ir más lejos, se aplican estos días en hurgar entre sus basuras, por ver si la campaña de desprestigio contra estos hombres justos logra calar entre los menos partidarios: con los otros ya se contaba desde el inicio.

La asistenta peruana que le lava los calzoncillos al novio de Ayuso resulta que tenía una prima en Arequipa, que el año pasado se vino a Madrid. Ingeniera informática de profesión, mientras le convalidan el título, ésta también ha encontrado trabajo como sirvienta, precisamente en casa de un togado del alto tribunal. ¡Eureka! Ahí se halla la raíz del contubernio. Las parientas mucamas hacían de correo del zar: facilitando comunicaciones clandestinas entre el demandante y el enjuiciador, a saber qué turbios apaños se traían entre manos…

Esto último es pura ficción, pero cualquier día podría convertirse en realidad dada la perspicacia de los informadores a sueldo del poder. Así se establecen las más extravagantes consecuencias sobre nimiedades, que permitirían trazar horrendas componendas, tejidas a toda prisa para explicar los reales motivos del anunciado fallo.

En cierta ocasión, un juez se hizo acompañar hasta su trabajo por el hijo más pequeño. Mientras resolvía un par de asuntos, advirtió al niño que le esperase en una de las puertas que daban acceso al tribunal. Al salir, viendo que el pequeño no hacía más que llorar, le preguntó el motivo de aquel súbito llanto. «Papá, es que no sabes las cosas tan terribles que la gente dice de ti al marcharse: te insultan, te llaman de todo, uno hasta dijo que quería matarte».

El progenitor, tras esbozar una leve sonrisa, sacó su pañuelo y, como si se tratara del mismísimo Atticus Finch, le explicó al chaval: «Te has equivocado de salida, si me hubieras esperado en aquella otra, solo habrías escuchado cosas buenas de tu padre, merecidas o no».

Si el fiscal general hubiera resultado absuelto, estos magistrados serían calificados por la prensa adicta de héroes, modélicos representantes de la justicia popular. Y el resto, a callar.

Ahora ya solo queda vilipendiarlos, aunque resulte preciso exponer en público sus miserias más íntimas, irrelevantes para el ejercicio del cargo. Como si averiguar si a alguno le gusta el whisky japonés u otro tiene una querida, militante del PP, sirviera para desvelar la verdadera naturaleza de las decisiones adoptadas en el ejercicio de su profesión.

Volver a excavar, no hay otra manera

Mientras alguno de los usos perversos de la inteligencia artificial, que tantos beneficios augura (y seguramente traerá), ya parece haber convertido ChatGPT en la nueva eutanasia (proliferan las consultas y conversaciones sobre suicidios, y comienzan a producirse las demandas de padres que se sienten perjudicados), aquí mismo, dos chicas adolescentes supuestamente decidieron poner fin a la brevedad de sus dolorosas existencias mediante fatal acuerdo.

¿Cuántos de los once suicidios diarios que ocurren en España, según la estadística, tienen como protagonistas a los más jóvenes? Sobre estos asuntos suele callarse, como si un silencio espeso sirviera para atenuar la congoja y evitara otras muertes similares, si quiera por imitación: la práctica social de mirar hacia otro lado, que de nada sirve en estas ocasiones, salvo para adormecer las conciencias.

En Europa ya hubo una oleada de suicidios juveniles, después de que Goethe publicara Las penas del joven Werther, cuyo protagonista decidía abandonar este mundo cruel al sentirse rechazado en su amor hacia una mujer casada, la bella Charlotte, entre otros motivos más profundos.

A finales del siglo XX, la televisión tuvo un papel esencial en la caída del muro de Berlín. Los anuncios de coches y otros productos que los alemanes del este veían en sus aparatos, a partir de las señales que las antenas parabólicas de los vecinos más ricos del otro lado les permitían observar, sembró la semilla del último descontento: la gente, falsamente anestesiada con la murga del comunismo, ansiaba la animada vida que mostraban las imágenes proyectadas sobre las paredes de sus cavernas.

La telefagia ha adquirido ahora niveles de catastrófica epidemia en todo el mundo. Puede que el televisor no convoque ya a las familias (las cadenas generalistas surten entretenimiento a la gente mayor y con menos recursos), pero el brutal efecto multiplicador de todo tipo de pantallas, con sus emisores favoritos destinados a cautivar a los más pequeños y no tanto con su incesante cascada de imágenes (Tik-Tok, donde realmente debería haber aparecido el Rey Emérito, quizá bailando para darle mayor visibilidad a su mensaje), se ha convertido en el reflejo de una nueva tiranía: el que no es joven, guapo y millonario no merece existir.

La ansiedad insoportable de saber que, salvo milagro, jamás se logrará emular el sofisticado estilo de vida de influencers, artistas prominentes, deportistas de élite y vedettes de Only Fans genera frustraciones que calan cada vez más hondo en las mentes poco formadas.

«Para salvarse, es forzoso situar las existencias en el corazón del ser; aniquilar imágenes y convertir en interior lo extenso», afirmaba Cirlot, mucho antes de que asistiéramos a la actual proliferación de posts alienadores. En realidad, se trataría de una acotación a lo que, en otra época aún anterior, ya había aconsejado Marco Aurelio: «En tu interior está la fuente del bien y es capaz de manar siempre, siempre que excaves».

Hay que procurarse las excavadoras, que algunos han creído hallar estos días en esa cosa que prolifera por Madrid, las «reading parties» (fiestas de lectura), donde varias personas se reúnen en salas de hotel para leer en silencio, todos juntos. ¿Será eso?

Gomá, ¡habla claro!: un filósofo se extravía por las alturas

El filósofo de guardia Javier Gomá (cada época tiene el suyo, solo que en otro tiempo opinaban Aranguren y Bueno, ahora ya es otra cosa, salvo cuando aquí mismo habla Albiac) asegura que si algo caracteriza a nuestra época es la vulgaridad, «una creación originalísima del genio contemporáneo». Eso ya lo vio venir, mucho antes, Flaubert, cuando en 1850 escribió: «El mundo se va a volver tremendamente imbécil. Durante los próximos años, la cosa va a resultar muy aburrida. Es una suerte que vivamos ahora y no más tarde».

El responsable de la Fundación March anuncia, como gran hallazgo, que uno de los rasgos evidentes de este tiempo consistiría en que el mercado ofrece ahora productos industriales que, bajo la apariencia de pertenecer al rango de lo que antes se consideraba «alta cultura», no logran enmascarar «la marca indeleble de la vulgaridad: su fácil consumo».

El diagnóstico puede resultar pertinente, pero falla en su concreción. A Gomá, un intelectual de tocador con sutil oído para todo aquello que seduzca mayormente a las señoritas, le cuesta bajar a la tierra para señalar aquello a lo que se refiere con sordina.

¡Dígalo ya de una vez!, ¿se refiere usted, por ejemplo, a lo último de Rosalía? ¿Es ella esa «cantante pop de refinadísima mercadotecnia»? Hable claro, y aporte su personal análisis de Lux, por ejemplo.

Pero además de una cierta cobardía, se muestra injusto cuando, sin mayor discernimiento, parece meter en el mismo saco a cineastas de culto, rompedores pensadores extranjeros, preciosistas recuperaciones editoriales, etcétera, como responsables de «obras selectas del espíritu cuando en realidad son manufacturas disfrazadas de vulgaridad multiforme».

Alguno habrá que se salve: nómbrelos, a unos y a otros (aunque en una entrevista asegura que le gusta Bad Bunny, lo que parece invalidar todo su discurso).

Incluso, excluido el reguetonero, los hay capaces, en el curso de un mismo periplo artístico, de suministrar piezas menores, de escasa entidad, y luego alzar el vuelo para ofrecer ese tipo de obras que anhelan, y a veces obtienen, una cierta trascendencia.

Eso ya le pasaba hasta a Fellini, pero pienso en un cineasta de ahora mismo, Albert Serra, el único español que parece interesarle al Papa cinéfilo, León XIV. Su Pacificación es un tostón insoportable. En cambio, después con Tardes de soledad, que, en Francia, los de la elitista 'Cahiers du cinema' acaban de elegir como la mejor película de 2025, podría situarse entre las escasas obras maestras recientes del cine ibérico.

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