Así consigue la izquierda woke que la censura no parezca censura
La cancelación es la piedra angular de una estrategia de censura que se ha introducido sibilinamente en los sistemas democráticos, pero que es más propia del totalitarismo comunista
La escritora J.K. Rowling se fumó un puro tras derrotar a la cancelación woke
Señalamiento, linchamiento, cancelación y ostracismo. No son prácticas de una atroz dictadura comunista en el lado malo del telón de acero. Son fases del proceso de censura habituales en las sociedades democráticas occidentales, donde la cultura woke al amparo de las ideologías de izquierda que se pueden ver de manera habitual.
Las tecnologías de internet y, en especial, las redes sociales, han facilitado mucho la labor que, en el pasado, solo podía realizarse en sistemas totalitarios al abrigo de checas y del gulag.
Hoy todo es mucho más sencillo, higiénico y sin sangre, lo que permite actuar a los totalitarios con una pátina democrática. Si no se mata, no hay dictadura. Pero no es así. Por eso es habitual escuchar a políticos de izquierda utilizar el apellido «democrático» para justificar campañas de cancelación y marginación social contra rivales, empleando estrategias como el escrache o difamación.
En ese sentido, nos hemos acostumbrado a escuchar expresiones como «asesinato democrático», «paliza democrática», «reventar democráticamente» (a la derecha), «jarabe democrático»… Como si añadir el adjetivo «democrático» hiciera ya buena cualquier barbaridad.
La cancelación es una vieja estrategia del estalinismo y demás regímenes comunistas que se ha instalado en los sistemas democráticos actuales sin que por ello deje de ser una práctica menos totalitaria.
Una práctica que ha sembrado en las democracias una semilla peligrosa que, al germinar, disemina odio, miedo y frustración.
Pero ¿cuál es la finalidad última de esta estrategia de cancelación propia de la izquierda woke? Anular al rival directo sería la primera, y más evidente, intención. Pero hay otra más a largo plazo: instaurar la autocensura.
Como en democracia es muy difícil justificar prácticas de censura y casi imposible instaurarlas, la estrategia pasa porque sean los propios ciudadanos los que se autocensuren por miedo a ser cancelados si dicen o hacen algo que vaya en contra del pensamiento oficial.
Para lograrlo se ha establecido la cultura de la ofensa: si algo me ofende es condenable y el responsable puede ser cancelado.
Esa estrategia ha llevado a cantantes, escritores, periodistas, políticos o simples ciudadanos anónimos a vivir con miedo a lo que puedan decir, hacer o escribir. Ello les lleva a coartar su propia libertad de expresión, ideológica, de conciencia y de pensamiento y a autocensurarse para evitar ofender.
Hay nombres muy conocidos de personas que se han rebelado contra esta actitud totalitaria, han sufrido intentos de cancelación y han logrado derrotar a la izquierda woke.
El más famoso, tal vez, sea el caso de JK Rowling. La escritora autora de la saga de Harry Potter sufrió una brutal campaña de cancelación, con amenazas de muerte incluidas, por defender y argumentar que las trans no son mujeres, sino hombres biológicos.
La imagen de la escritora fumándose un puro después de que el Supremo británico diera la razón a sus postulados y reconociera que no se puede considerar mujeres biológicas a las mujeres trans es una metáfora de cómo derroto a las huestes woke que trataban de cancelarla.
En España hemos vivido un caso reciente, cuando el cantante Dani Martín, exvocalista de El canto del loco, denunció en un concierto a una clase política «que no nos representa ninguno» y animó a «no votar a nadie».
La rebeldía no le duró ni un día. Horas después pidió disculpas en una publicación en Instagram, se retractó y afirmó que «si hay algo necesario en este Estado de derecho es ir a votar». ¿Miedo a la cancelación?