La Zarzuela cancela la Navidad, aunque Juan Jesús Rodríguez se propuso recordarla
El Teatro de la Zarzuela elimina su concierto navideño por otro de fin de año, y ofrece a cambio una sesión con el mejor barítono actual para el repertorio lírico español
Saludos finales tras el concierto en el Teatro de la Zarzuela
El wokismo no descansa. Extiende su poderoso manto sobre todo lo que toca, a veces de manera sutil, imperceptible, sin apenas hacerse notar para que sus efectos puedan resultar casi inadvertidos a simple vista.
En el fondo, lo que se pretende es que la doctrina que lo inspira cale como lluvia fina que, con obstinada persistencia, acabe anegándolo todo discretamente. De ese modo, su efecto resultará más prolongado que el de una furiosa tromba espontánea.
Con paso militar perfectamente acompasado, los ejércitos de lo políticamente correcto van cambiando el rostro de las sociedades en las que se permiten actuar hasta provocar permutas de hábitos de hondo arraigo, destruyendo tradiciones largamente compartidas, consensos labrados fruto de la convivencia que a nadie parecían molestar, al contrario, era argamasa que unía y confortaba, pero que en el fondo deben resultar sacrificados en el altar de ese nuevo pensamiento único que difumina los contornos para que todo resulte finalmente igual de falso, insustancial, vacío.
Un mundo sin apenas matices
El ideal de un mundo sin rostro, uniforme e igualado en su ausencia de matices: aburrido, cansino y burocrático como las marquesinas multiplicadas por las principales ciudades del mundo de idénticos comercios y franquicias de la restauración, sometido al imperio del pensamiento único pretendido por poderes difusos, aunque con sus auténticas intenciones dominadoras bien claras, como en una distopía de Netflix mal copiada de George Orwell, se impone con astucia, determinación y diligencia.
Para ello cuenta con la colaboración involuntaria de los principales afectados que, distraídos en sus cosas cotidianas, grandes y pequeñas miserias, o superados por la avalancha de otros acontecimientos supuestamente más relevantes, a miles de kilómetros, apenas reparan ya en los detalles de lo que tiene más a mano.
La Zarzuela prescinde de la Navidad
El año de 2023 fue el último en el que el Teatro de la Zarzuela, principal custodio del repertorio lírico hispano, celebró su Concierto de Navidad. Hasta entonces, en esa cita propia de la época, piezas de todo tipo, de carácter alegre o festivo, extraídas de zarzuelas, revistas o musicales solían alternarse con los tradicionales villancicos (con una presencia cada vez menor en esos mismos programas, a menudo que avanzaba el tiempo, todo sea dicho).
Al cambiar la dirección del coliseo de la calle de Jovellanos, ya se aprovechó para introducir un cambio en la programación: a partir de 2024, la Navidad desapareció de los carteles. El año pasado y este no ha habido concierto navideño. Se dirá que en su lugar aparece un «Concierto de fin de año», quizá como concesión a aquel otro célebre que, en 1939, instauraron los nazis al anexarse Austria, el mismo que, con el tiempo, paradójicamente, se ha transformado en la máxima expresión de los buenos deseos de armonía, paz y felicidad entre las personas, promovidos por la urgencia del calendario en medio de sonidos de marchas, polcas y valses.
La única referencia musical a estas fechas, en el concierto inmediatamente posterior al día de Navidad, el que se celebró el pasado domingo en la Zarzuela, llegó en las propinas, de un modo bastante improvisado, casi por fuerza.
Los dos cantantes invitados, los estupendos Juan Jesús Rodríguez y Graciela Moncloa, interpretaron una versión en castellano de White Christmas, el clásico del genial Irving Berlin que popularizó Bing Crosby. La orquesta, la ORCAM, que había participado en todo el programa hasta ese momento, ni siquiera intervino ahí.
Versión «a capella», con la orquesta silenciada
Sin el concurso de los profesores de la agrupación madrileña, se propuso una versión «a capella» de la popular canción en la que el público fue invitado a sumarse, con sonoro alborozo de los presentes: el detalle se celebró calurosamente, casi como el salvavidas que se le lanza a un náufrago. Cierto que, al inicio, los directores de la institución felicitaron la Navidad, con todas sus letras, al público, pero faltó algo más.
Quizá no fuese la mejor idea programar solo un concierto de zarzuela en este día, pero el acto en sí fue todo un éxito. La idea, según se explicó, era comenzar una serie de grabaciones del repertorio español encomendadas a las mejores voces actuales. Faltaría ver toda la selección para calibrar el interés, pero, desde luego, empezar con el número uno de los barítonos en este repertorio, ahora mismo, Juan Jesús Rodríguez, ha sido todo un acierto.
El cantante onubense merece figurar ya entre la nómina de los Eduardo Brito, Marcos Redondo, Manuel Ausensi y Carlos Álvarez (aunque este se haya dedicado mayormente a la ópera), las grandes voces baritonales de todos los tiempos.
Ha vuelto a acreditarlo ahora con un programa de romanzas y dúos en el que tuvo como colaboradora excepcional a la soprano Graciela Moncloa, hoy arrinconada en papeles de comprimaria cuando por voz, estilo y facultades tiene aún mucho más que ofrecer que algunas supuestas primeras figuras: la voz (amplia, poderosa, homogénea en los registros, expresiva), sigue en su sitio; la adecuación, el conocimiento del repertorio no se improvisan.
«¡Eres un máquina!»
Escuchar a Rodríguez en ópera o zarzuela es hoy un raro privilegio que los programadores hurtan demasiadas veces al público que, en estos tiempos, tiene escasas posibilidades reales de escuchar a intérpretes de auténtica valía (se importan Rigolettos disminuidos cuando en España tenemos al mejor de la actualidad, por ejemplo).
La calidez del fraseo, con ese apreciable sentido del legato que confiere fluidez al canto emitido con intención en lo que se dice y expresa; la nobleza; el color oscuro; la infalible proyección; la extensión, todo hizo que un espontáneo, llevado seguramente del entusiasmo generalizado con el que se ovacionaron cada una de sus intervenciones, le gritara al artista: «¡Eres un máquina!». Sí, el mecanismo funciona a la perfección, pero además está dotado alma, sinceridad, arrojo y pasión. No se puede pedir más.
Rodríguez nunca se esconde y eligió páginas del más elevado compromiso, no solo por la dificultad sino por la posibilidad que tiene el aficionado de compararlo con otras luminarias del pasado. Supera la prueba como nadie estos días. Imposible escuchar páginas tan conocidas como Mi aldea, Luché la fe por el triunfo, la canción del sembrador o «Ya mis horas felices» con esa mezcla de desparpajo, dominio, intensidad y emoción. El público lo adora y con razón. Y así se lo demostró.
Los cantantes tuvieron a un adecuado colaborador en el director, Pérez Sierra, mejor en los acompañamientos (flexible, atento, detallista), que en los números orquestales, los interludios y demás, donde exhibió ciencia y conocimiento, equilibrio y dosis de puntillismo, a falta de un mayor arrebato.
En una ocasión así conviene soltarse la melena: su Leyenda del beso se escuchó fría, quirúrgica, académica; aunque, conforme avanzó la velada, también fue ganando en intensidad hasta cuajar un buen preludio de La revoltosa, refinado al principio y con su despliegue de garbo luego bien administrado.
El director madrileño tuvo bajo sus mandos a una correctísima ORCAM, más implicada en esta ocasión (y quizá hasta reforzada) que en algunas de las últimas comparecencias en el foso, donde a veces se abandona a la rutina. En definitiva, una gran noche de zarzuela, de nivel superior a la floja presente temporada de este teatro, que además ha cancelado la Navidad.