Franz Kafka, Emily Dickinson y James Joyce
Cinco gigantes de la literatura que fueron ignorados en vida y hoy son clásicos universales
Apenas se puede imaginar que semejantes nombres fueron escritores incluso mucho menos que minoritarios en su tiempo
Mayormente se sabe quiénes fueron autores sin suerte en vida que, tras su muerte, fueron reconocidos. Pero hay otros que no. Apenas se puede imaginar que semejantes nombres fueron escritores incluso mucho menos que minoritarios en su tiempo.
Franz Kafka, por ejemplo, ni siquiera publicó sus obras mientras estuvo vivo. Aquellas se salvaron (y la figura de uno de los más grandes autores de la historia) gracias a su amigo Max Brod, que no siguió las precisas instrucciones de quemar, a su muerte, todas las páginas manuscritas del infortunado genio de Praga.
Uno piensa en Stendhal, con ese seudónimo elegante, y le imagina rodeado de admiradores. Fama y riqueza para el autor de Rojo y negro que nunca existieron. Un escritor prestigioso en el mundillo literario, con algunos incondicionales como Balzac, pero incomprendido por el gran público.
Él mismo afirmó que su reconocimiento llegaría varias décadas después de su muerte. Su influencia en su época fue casi inexistente. Sin popularidad, sin éxito. Tenido por una rareza que dejó de serlo después de muerto, como él mismo predijo. Un clásico instantáneo cuando dejó de existir, cuando su modernidad eterna fue considerada donde antes solo parecía experimento.
Algo parecido, pero especial, sucedió con Herman Melville, el autor de Moby Dick. Lo que ocurrió fue que el joven autor sí obtuvo cierto reconocimiento con sus primeras obras. Su nombre sonó hasta que publicó la novela de su particular y universal monstruo que le llevó al ostracismo. Nadie entendió la trascendencia de su monumental obra.
Ni el público ni la crítica le favorecieron. Más bien todo lo contrario, hasta el punto de que por aquel extraño libro abandonó la literatura para siempre y murió completamente olvidado hasta que se podría decir que Moby Dick emergió de las profundidades con el autor amarrado a su lomo igual que Gregory Peck/Ahab en la versión cinematográfica.
El caso de James Joyce es particular como el patio de la casa de la canción. Sus primeros libros, los relatos de Dublineses y Retrato del artista adolescente le convirtieron en un autor de culto en los círculos literarios, una suerte de estrella en esas alturas alejadas de los lectores masivos. Tampoco ganó dinero. Pasó siempre penurias económicas y fue sostenido muchas veces por sus admiradores, como quien terminó siendo la editora de su Ulises, Sylvia Beach.
Su reputación en vida fue el trampolín para el éxito póstumo, cuando sus obras se convirtieron en los clásicos que apuntaban a ser. Quizá el caso más extremo de los que aquí se contemplan es el de Emily Dickinson. Apenas nadie supo de la existencia de la persona y mucho menos de sus poemas de los que solo sabía su hermana Lavinia y que, tras su publicación póstuma, la convirtieron en una de las poetas estadounidenses más importantes de la historia.