Gino Paoli
Me pilla la noticia de la muerte de Gino Paoli como suelen pillar las despedidas verdaderas: a traición, con la guardia baja y un nudo traicionero instalándose en la garganta. Tenía 91 años, una edad en la que marcharse entra dentro de la lógica implacable y fría de la biología, pero hay existencias que uno desearía, en un acto de puro egoísmo estético, que estuvieran exentas del peaje de la guadaña. Se ha ido Paoli, y con él se apaga un poco más la luz de un mundo que se empeña, con una terquedad suicida, en volverse cada día más feo, más ruidoso y más vulgar.
Miro por la ventana y pienso en la orfandad en la que nos sume este siglo XXI, tan aficionado a la impostura y al usar y tirar. Vivimos tiempos de una mediocridad desoladora, una época anestesiada por algoritmos y melodías de plástico donde el amor se canta a gritos y se consume en historias de veinticuatro horas. Frente a toda esa chatarra emocional, Gino Paoli se erigía como uno de los últimos aristócratas del sentimiento. Él no fabricaba canciones; él las esculpía.
Para entender la magnitud de la tragedia que supone su pérdida, hay que viajar en el tiempo y en el espacio. Hay que trasladarse a la Génova de finales de los años cincuenta. Esa ciudad portuaria, dura, salitrosa, envuelta a menudo en esa niebla marina que los lugareños llaman macaia. Allí, en medio de callejones oscuros y tabernas donde se mezclaba el humo barato con el eco de los barcos, germinó un milagro cultural irrepetible: la scuola genovese.
Gino Paoli
Aquellos muchachos no eran simples cantantes, eran cantautori. Tomaron la herencia existencialista de la chanson francesa de Brel y Brassens, la cruzaron con los ritmos sincopados del jazz americano que traían los marineros, y la bañaron en la inagotable tradición de la melodía italiana. Fue una revolución silenciosa. Hasta entonces, la música popular en Italia era a menudo sinónimo de canto festivalero y rimas fáciles. La escuela genovesa, con Paoli a la cabeza, trajo la verdad, el dolor, el sexo, el fracaso y la poesía de lo cotidiano.
Eran una cofradía de románticos empedernidos y perdedores hermosos. Estaba Bruno Lauzi, Umberto Bindi, Fabrizio De André, y estaba, por supuesto, el trágico Luigi Tenco. Este último no pudo soportar el peso de su propia sensibilidad y se pegó un tiro durante el Festival de San Remo en 1967. Paoli, íntimo amigo suyo, también había sucumbido a ese abismo romántico unos años antes, en 1963, cuando intentó suicidarse disparándose en el pecho. La bala falló por milímetros y se quedó alojada en el pericardio. Paoli vivió el resto de sus 91 años con un trozo de plomo incrustado junto al corazón. ¿Puede haber una metáfora más brutal, más poética y literal sobre lo que significa ser un cantautor de raza? Cantaba con la herida abierta, literalmente.
Y luego estaban sus canciones. Benditas sean sus canciones. Cualquiera que haya amado de verdad, con esa intensidad que te quita el hambre y el sueño, ha habitado alguna vez en Il cielo in una stanza. Compuesta por Paoli en 1960 (aunque popularizada inicialmente por Mina), es, sin temor a equivocarme, una de las declaraciones de amor más absolutas de la historia de la música. La capacidad de Paoli para describir cómo las cuatro paredes de una habitación —que en su inspiración original era un burdel— se disuelven para dar paso a un bosque infinito bajo la fuerza del deseo y la ternura, es de una brillantez que abruma. Ese «techo lila» que desaparece es el triunfo de lo humano sobre lo terrenal. En tres minutos, Paoli nos enseñaba que el universo entero cabe en una cama si estás abrazado a la persona correcta.
¿Y qué me dicen de Sapore di sale? Es el himno no oficial del verano italiano, de los años del milagro económico, pero no tiene nada de la frivolidad estival a la que estamos acostumbrados. En esa cadencia perezosa, en esos arreglos magistrales del gran Ennio Morricone, hay una pátina de tristeza insalvable. Es el sabor del mar en la piel, los días perezosos al sol, pero también es la conciencia desgarradora de que la juventud se escapa, de que el verano termina, de que todo lo hermoso es dolorosamente efímero. Paoli te invitaba a la playa, pero te recordaba que en algún momento habría que recoger la toalla y enfrentarse al invierno.
Nos deja también la infinita Senza fine, un vals hipnótico que parece no resolverse nunca, girando sobre sí mismo, como la propia naturaleza de la pasión que describe. Se la escribió a Ornella Vanoni, con quien mantuvo un romance volcánico y prohibido que llenó páginas de revista.
La partida de Gino Paoli deja un vacío que no puede llenarse. El genovés representaba a esa Europa sofisticada, profunda, culta y pasional que hoy parece batirse en retirada frente al empuje de la vulgaridad globalizada. Se nos ha ido el hombre de las gafas de pasta, la voz de lija y la poesía en el bolsillo. Con él muere un poco más el siglo XX y nos quedamos más solos a la intemperie del siglo XXI. Solo nos queda el refugio de sus vinilos, auténticas trincheras de belleza donde resguardarnos cuando el ruido de ahí fuera se vuelva insoportable. Que la tierra le sea leve, maestro. Y gracias por demostrarnos que, al menos por un instante, el cielo pudo caber en una habitación.