La biopolítica ha derivado en tanatopolítica en el siglo XX
Filosofía para todos
La tanatopolítica y el poder de decidir qué vidas merecen ser vividas
El caso de la joven Noelia y su eutanasia es un paso más hacia un nuevo paradigma social marcado por «vidas indignas de ser vividas»
Dentro de la compleja ley romana existía la figura del homo sacer. Según las fuentes latinas, estos hombres podían ser asesinados con impunidad y, al mismo tiempo, no se les podía utilizar como sacrificio a los dioses. A partir de esta compleja situación jurídica y vital, el filósofo italiano Giorgio Agamben desarrolló toda una teoría política que traslada al presente la realidad de aquellos que el Estado considera descartables, pero siempre dentro de su propio marco legal, una extraña «inclusión excluyente».
Agamben sigue a Michel Foucault a la hora de definir la biopolítica: «La creciente implicación de la vida natural del hombre en los mecanismos y en los cálculos del poder». Ejemplos de todo esto los encontramos en las leyes que regulan el aborto, la investigación con embriones humanos o la eutanasia.
En su libro Homo sacer. El poder soberano y la vida desnuda, Agamben dedica un capítulo a las «vidas indignas de ser vividas» que comienza con la cuestión del suicidio y la conclusión a la que llegaron algunos filósofos alemanes a comienzos del siglo XX: «Al derecho no le queda otra posibilidad que considerar al hombre vivo como soberano sobre su propia existencia».
A partir de ese punto, realiza el pensador un repaso histórico al problema que se abre en el campo del Derecho sobre «la necesidad de autorizar la aniquilación de la vida indigna de ser vivida». Surge así el debate sobre la eutanasia y la tanatopolítica. En el Estado moderno, el poder soberano se arroga la capacidad de decidir qué vidas pueden ser «matadas sin cometer homicidios». Es decir, «en la biopolítica moderna, soberano es aquel que decide sobre el valor o sobre el disvalor de la vida en tanto tal».
Es sencillo aterrizar esta argumentación filosófica en el reciente caso de la muerte de la jovencísima Noelia, la chica de 25 años que ha recibido la eutanasia en España después de sufrir agresiones sexuales, tratar de suicidarse y quedar parapléjica y con una profunda depresión. Sin duda, el debate cobra mucho sentido en los términos de la biopolítica, pero también refleja la tensión cultural de nuestro tiempo.
La muerte de Noelia ha sido valorada en términos de «victoria» por algunos medios de corte «progresista» y, obviamente, como tal la han recibido aquellos que defienden esa supuesta decisión sobre la propia muerte. El propio Agamben señala la paradoja de esas «vidas desnudas» que van perdiendo la protección jurídica y social que las vuelve inviolable. Todos, llegará a decir el italiano, corremos el riesgo de perder nuestra condición de «hombres sagrados», en terminología romana, y vernos expuestos a que el poder decida cuánto vale nuestra vida y cuándo deja de merecer protección plena.