Fundado en 1910
Mano de un hombre que gira un bloque de madera con la palabra pasión y misión

Mano de un hombre que gira unos bloques de madera con las palabras 'pasión' y 'misión' en inglésGetty Images/ Khanchit Khirisutchalual

EL ESPAÑOL DESDE DENTRO

La paradoja de la palabra 'pasión': ¿sufrimiento o deseo y entusiasmo?

¿Por qué se nos invita a perseguir nuestros sueños y 'pasiones' y a la vez hablamos de la 'pasión' de Cristo? Te contamos la evolución semántica del término

Como cada año, hace escasos días, los cristianos volvíamos a recrear la pasión de Cristo, los momentos en los que Jesús se entregó, fue torturado y padeció hasta la muerte para salvar a la humanidad de los pecados y empezar un nuevo mundo basado en el amor. En este contexto parece extraño asociar la palabra 'pasión', tal y como la entendemos hoy en día (entusiamo, deseo), con estos crueles acontecimientos. El quid de la cuestión es que el término ha evolucionado semánticamente (en significado) y, por ello, hoy se nos presenta esta paradoja.

La RAE explica que la palabra 'pasión' proviene del latín passio, -ōnis, que significa «sufrimiento», «padecimiento», que a su vez deriva del verbo latino patior (padecer, sufrir). Con lo que, durante siglos, la palabra estuvo vinculada de manera casi exclusiva al dolor y a la capacidad de sufrir. Sabiendo esto, ya se entiende por qué a la pasión de Cristo se le denomina así.

Pero esto no responde a por qué hoy utilizamos la palabra 'pasión' con tanta ligereza y sentido aparentemente contrario al sufrimiento. Si seguimos leyendo las acepciones de la RAE así lo expresa también. Encontramos como ayuda a las diferentes definiciones los sinónimos de «emoción, arrebato, frenesí, fogosidad, ardor, lujuria, fuego, llama, deseo, entusiasmo, fervor o vehemencia».

Estos significados que nos vinculan con una emoción positiva son relativamente modernos y su fecha de origen la encontramos a finales del siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial y el surgimiento de las clases medias y el estado del bienestar. Se habla de que debemos perseguir nuestra pasión para ser felices, ya sea en el trabajo, en la pareja o en la vida en general. Ya no basta con tener trabajo: hay que amar lo que se hace. Ya no basta con vivir: hay que vivir con pasión, poniendo todo nuestra energía hasta el final en aquello en lo que creemos, tal y como hizo Jesús en su pasión. Y es quizás en este punto en el que convergen ambos significados aparentemente contradictorios.

Porque aquello que nos apasiona, aquello que deseamos con intensidad, rara vez está exento de riesgo o de dolor. Amar implica exponerse; comprometerse con una causa supone renuncias; perseguir un ideal conlleva, casi inevitablemente, la posibilidad del fracaso. En ese sentido, la acepción antigua y la moderna no son opuestas, sino complementarias. La pasión sigue conteniendo sufrimiento, aunque ahora lo disimule bajo la apariencia del entusiasmo.

Tal vez convendría recuperar algo de aquel sentido originario, no para glorificar el sufrimiento, sino para recordar que lo valioso no siempre es cómodo. Que lo que merece la pena suele implicar esfuerzo, incertidumbre e incluso dolor. Y que, en el fondo, la pasión no es solo lo que nos entusiasma, sino también aquello por lo que estamos dispuestos a soportar incomodidades.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas