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Estatua de la Libertad, Nueva York, desde el río Hudson

Estatua de la Libertad, Nueva York, desde el río HudsonGetty Images

El Debate de las Ideas

Libertad y orden: la renovada vigencia del mensaje ordoliberal

Los valores liberales que impulsaron a las democracias occidentales y que, tras el derrumbamiento de la Unión Soviética y de sus adláteres —a cuya caída coadyuvaron decisivamente— casi alcanzaron estatus global, se hallan ahora en entredicho. Paradójicamente, al conmemorarse el 250 aniversario del nacimiento de Adam Smith y de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica, los principios propugnados por aquel, y que sirvieron de inspiración a esta, han caído en descrédito, siendo criticados desde diversos frentes y posiciones.

Así, desde las filas comunitaristas se considera que su énfasis en la libertad del individuo debilita el sentido de afiliación social. Los defensores del intervencionismo económico aducen a Beveridge y a Keynes para señalar que el capitalismo falla en el rescate de quienes —ya sean agentes, ya sean sectores (verbigracia, el de la cultura)— quedan relegados por aquel, reclamando su dirección por normas «superiores» a las del mercado. Por último —aunque la lista podría extenderse—, los abanderados del redistribucionismo radical acudirán a los trabajos de Stigler y Picketty (a menudo con un nostálgico guiño a Marx) para denunciar que la economía de mercado, lejos de representar un sistema de ascenso meritocrático, actúa como mero catalizador de la acumulación de capital, convirtiéndose así en un freno a la movilidad social y, consiguientemente, en un mecanismo perpetuador de la desigualdad.

Y no parece contar mejor suerte entre los responsables políticos: los conflictos arancelarios y militares iniciados por el presidente —nota bene: republicano— Trump desafían la lógica económica y el derecho internacional. Los partidos conservadores europeos, desnortados, se debaten entre los postulados socialdemócratas que han ido calando su ADN y los nuevos populismos cuyas proclamas, por lo general muy alejadas de los principios liberales, les arrebatan votos. Todo ello enmarcado en un contexto de relativismo filosófico en el que la sensación ha reemplazado a la razón, de unas tasas de natalidad en caída libre (decía el adagio que un conservador era un liberal con hijos) y de una clase dirigente europea cada vez más joven —frente a cuerpos electorales cada vez más viejos—, ayuna de una formación académica rigurosa y de carácter tan muelle como su disciplina intelectual.

Rasgos estos de la clase política, que vienen a reflejar, en el fondo, los de los propios votantes: generaciones que —singularmente en el caso español— han tenido que aprender por las malas que van a vivir peor que como lo hicieran sus padres y, en muchas ocasiones, incluso que sus abuelos; que observan atónitas que, en un mundo marcado por radicales innovaciones científico-tecnológicas, los países bajo égida autocrática parecen tomar la delantera en su desarrollo a las democracias de inspiración liberal; y en los que la creciente disponibilidad de aplicaciones de control electrónico combinadas con la IA favorecen la aparición de nuevas y cada más más intrusivas —a la par que sutiles— herramientas de tecnopaternalismo, ya sea estatal o empresarial. Todo ello, claro está, a expensas de la libertad individual y de una continua erosión de los principios liberales que abanderaron el desarrollo de las grandes civilizaciones, según señala Johan Norberg en su libro Momentos cumbres de la Humanidad (que presentó, no ha mucho, en Madrid).

Es en este contexto, aparentemente desalentador, en el que ve la luz la nueva obra de Adrian Wooldridge —durante muchos años redactor de The Economist— Centrists of the World Unite! The Lost Genius of Liberalism (Allen Lane, 2026), en la que reclama los valores liberales y reivindica su recuperación como faro de acción política y referente de la actividad económica. Pues, a pesar de sus debilidades —en última instancia, el liberalismo requiere de individuos conscientes y valedores de su libertad—, Wooldridge cree en la superioridad del modelo liberal y, singularmente, del ordoliberalismo. Al declarar su admiración por esta vertiente alemana del liberalismo —originalmente adscrita a la Escuela de Friburgo que encabezara el economista Walter Eucken—, Wooldridge está actuando como fino sismógrafo, al reflejar un creciente interés que tanto en el ámbito académico como en el político se está registrando por el liberalismo ordo (en línea con lo expuesto por Alberto Mingardi en su libro La verdad sobre el neoliberalismo). Merece, pues, la pena dedicar unos párrafos a explicar, siquiera sea someramente, los principios rectores del liberalismo friburgués, máxime porque desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la ciencia económica en España y resultó crucial como inspirador del Plan Nacional de Estabilización de 1959, uno de los mayores hitos de la historia económica de nuestro país.

Síntesis del pensamiento ordoliberal

El término ordoliberalismo, si bien no fue acuñado estrictamente hasta 1950, se remonta a 1936/37 cuando Franz Böhm, Walter Eucken y Hans Großmann-Doerth publicaron cuatro volúmenes de ensayos reunidos bajo el título Die Ordnung der Wirtschaft [El orden de la Economía] y fundaron Ordo. Jahrbuch für die Ordnung von Wirtschaft und Gesellschaft [Ordo. Anuario para el orden de la Economía y de la Sociedad], si bien de facto la revista no comenzaría a publicarse hasta 1948. (Una selección de cuyos artículos, recopilada por Lucas Beltrán, fue publicada en traducción española en 1963 bajo el título La economía de mercado).

A primera vista, el término «ordoliberalismo» pudiera parecer un oxímoron al aunar dos conceptos aparentemente contradictorios, como son el orden y la libertad (título, por cierto, del último libro de José María Aznar). Mas no es así, pues considera esta escuela germana que el orden es precisamente la condición para la libertad, en línea con la tranquillitas ordinis tomista y augustiniana. Este núcleo original del ordoliberalismo —con cuyos planteamientos, conviene recordarlo, se identificó también inicialmente Friedrich August Hayek— incluiría, además de los tres autores ya enumerados, a los economistas Jens Jessen, Friedrich Lutz y Heinrich von Stackelberg.

Ha de matizarse que este ordoliberalismo friburgués tiende a confundirse, por mor de sus en ocasiones difusas fronteras, con la denominada economía social de mercado (ESM) —«tercera vía» de síntesis entre los planteamientos comunistas y capitalistas— que se implementó en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial y que estaría representada por Ludwig Erhard, Alfred Müller-Armack y Alexander Rüstow. Entre ambas vertientes, aunque más próximo a la segunda, se situaría Wilhelm Röpe. En otro lugar he analizado con detenimiento las diferencias entre el ordoliberalismo friburgués y la ESM (de las que mi compañero, el profesor Manuel Santos, sostiene que se trata de diferencias meramente teóricas, imperceptibles en la praxis económica —lo continuamos debatiendo—), mas valga resaltar aquí al menos una decisiva: el componente trascendente resulta crucial para el orden friburgués, pero no porque considere, como hacen los defensores de la ESM, que el mercado carezca de una ética intrínseca —al contrario—, sino como complemento a esta. Eucken zanjó la cuestión en una carta a Alexander Rüstow de diciembre de 1943: «No creo que el liberalismo decayera a causa de su base religiosa y metafísica; al contrario, comenzó a declinar cuando perdió su contenido metafísico y religioso». Conviene recordar que el cardenal Joseph Höffner, autor del más difundido manual de doctrina social de la Iglesia del pasado siglo, fue discípulo directo de Eucken en materia económica.

El ordoliberalismo original parte de la premisa de que el orden de mercado requiere de una política de orden constitucional (Wirtschaftsverfassungspolitik), definida por el entramado institucional de la nación. En consecuencia, las cualidades del mercado dependerán de la naturaleza jurídico-institucional del entorno en el que actúa (en este sentido, los postulados de la Escuela de Friburgo se sitúan en la proximidad de los trabajos de James Buchanan). No obstante, aunque algunos planteamientos de Eucken presentan importantes solapamientos con los de Hayek, el alemán rechaza explícitamente la posibilidad de que ese orden se pueda alcanzar de forma plenamente espontánea, es decir, que el mercado pueda funcionar a la larga en total ausencia del Estado. Al contrario: el libre mercado que surge de forma automática en ausencia del Estado puede derrapar por el camino de servidumbre tan rápidamente como el socialismo. Para evitar que así sea, el Estado debe ejercer como guardián del orden económico institucional (Hüter der Wettbewerbsordnung), dando así lugar a dos ámbitos de acción: el nivel constitucional, en el que tienen lugar las decisiones referidas a la constitución económica, y el nivel subconstitucional, en el que tienen lugar las decisiones privadas de acuerdo con las «reglas del juego» definidas por el marco constitucional.

De la discrepancia entre los objetivos ético-sociales y el orden económico vigente se desprende que la tarea del economista consiste en establecer un sistema de orden económico que se ajuste a los objetivos éticos de la sociedad. Es decir, los economistas han —hemos— de «rendir cuentas» por nuestras recomendaciones, pues sin esta responsabilidad nos convertimos en meros técnicos al servicio de cualquier tipo de «valores» intercambiables. Por el contrario, el ordoliberalismo considera plenamente compatible con la objetividad científica la asunción de la libertad individual como valor absoluto para la configuración del orden económico y, por lo tanto, como solución axiomática al problema. Evidentemente, este planteamiento, en sintonía con los postulados popperianos, rechaza frontalmente cualquier determinismo histórico al otorgar a la libertad individual, léase, a la libertad de decisión y la formación de la voluntad en el ser humano —en lugar de a los fenómenos históricos (ya sean de orden marxista o spengleriano)— el impulso para la realización de un orden económico y social.

La interdependencia entre órdenes resulta, pues, esencial al pensamiento de Eucken y constituye un elemento central del ordoliberalismo. De acuerdo con estos postulados, una economía de mercado no sólo es compatible con una democracia basada en el Estado de derecho porque concede al individuo el máximo grado de libertad, sino que, según Franz Böhm, «se integra a la perfección en una democracia política, ya que es en sí misma un proceso democrático». O, en palabras de Rüstow: «la democracia se asiente sobre el orden económico». Es conveniente insistir en este extremo, a saber, la esencia democrática del libre mercado. Pues si bien es cierto que sus críticos argüirán de inmediato —por cierto, con cansina previsibilidad— la inexistencia de mercados perfectamente competitivos, o se refugiarán en la comodidad discursiva de las «soluciones esquina», en verdad cualquier forma de planificación económica será siempre menos democrática, al limitar, en ocasiones significativamente, su libertad de elección.

La libertad del individuo se entiende, pues, como un requisito previo para el orden de la economía de mercado, ya que de ella surgen formas de orden e instituciones «espontáneas» dentro del marco de orden general. Empero, la libertad individual también depende del orden y sólo es posible bajo formas muy concretas del mismo. El credo euckeniano en sus «principios constitutivos» es que, si bien la libertad contractual y la propiedad privada son requisitos indispensables para el orden competitivo, estos derechos fundamentales sólo evitan conducir a abusos económicos y sociales, a acumulaciones de poder y a restricciones de la libertad ajena cuando son controlados y mantenidos dentro de unos límites por una competencia que funcione correctamente.

Y es que ni a Eucken ni a los restantes miembros de la Escuela de Friburgo se les escapa que gran parte de los fallos y distorsiones que presentan los mercados —monopolios, barreras al comercio, medidas proteccionistas— son causados precisamente por las instituciones que deberían prevenirlas. Pero ello no invalida el principio del orden, sino que pone de manifiesto que la corrupción de aquellas supone un grave peligro, en tanto que la concesión de un poder excesivo a las empresas privadas por parte del Estado favorece que éste acabe dependiendo de aquél, lo que contravendría el orden defendido por los autores friburgueses. De ahí que Raphaël Fèvre haya titulado, con buen tino, su magnífico estudio sobre el ordoliberalismo justamente A Political Economy of Power.

En este sentido, cabe corregir otro error frecuente en la literatura, a saber, el que hace referencia a la reivindicación de Eucken y de los demás autores friburgueses de un «Estado fuerte». Éste no es —como se asume a menudo equivocadamente— aquel que más interviene en el mercado, sino todo lo contrario. En palabras del economista alemán: «La transformación del Estado liberal en Estado económico supone mucho tanto para la vida estatal como para la vida económica. Que con este proceso el tamaño del aparato estatal crece extraordinariamente, que su presupuesto se engrosa, que con sus subvenciones, aranceles, contingentes de importación, moratorias […] interviene con mucha mayor profundidad que antaño en la formación de los ingresos individuales, es decir, que tiene lugar una expansión significativa de la actividad estatal, es una realidad que ha sido descrita a menudo. Pero estos hechos no deben hacernos ignorar el otro lado del asunto, a saber, que esta expansión no significa un fortalecimiento sino, al contrario, un debilitamiento del Estado». Es decir: el «Estado fuerte» es aquel que, al minimizar su intervención en el mercado, maximiza su independencia y, con ello, su poder.

De la interrelación entre los ordenamientos surge, en la práctica, una tarea de continua reflexión para la política económica, a saber, juzgar el tipo y el alcance de las intervenciones estatales en situaciones concretas, teniendo en cuenta tanto sus repercusiones en los procesos de mercado como en la economía. El ordoliberalismo se convierte así en un conjunto de soluciones a un problema continuamente mutable.

Se trata, por tanto, de la cuestión fundamental —perpetuamente renovable— de qué papel debe desempeñar el Estado en la economía, en la sociedad y frente a ellas. Para Eucken, como ya ha quedado dicho, este proceso se vincula al principio fundamental del orden de la competencia enmarcado en la constitución económica. Aunque también influyen otros principios constitutivos que pueden clasificarse en dos de carácter fundamental y otros dos complementarios. El primero se refiere a las relaciones de dominio basadas en el poder: en nuestros autores predomina un profundo escepticismo hacia cualquier tipo de poder económico. Pero también el poder político requiere un control, que está anclado en el propio principio democrático. Este control del poder no debería garantizarse, en la medida de lo posible, a través de intervenciones estatales directas e individuales, sino mediante el establecimiento de un orden en el que se produzca, de la forma más autónoma posible, un equilibrio y una limitación recíproca del poder. El segundo pilar fundamental señalado por Eucken se refiere al principio básico del derecho constitucional económico según el cual las actividades de política económica se orientan hacia la competencia. Sin embargo, la competencia no es un fin en sí misma, sino —en la línea con Hayek—, un proceso de desarrollo sumamente eficaz que proporciona soluciones siempre nuevas a los problemas y que actúa como mecanismo de asignación optimizador. Pero, ante todo, la competencia es ideal para impedir, o al menos limitar, la aparición de abusos económicos. A este respecto, Franz Böhm acuñó el concepto de «la función desempoderante de la competencia». A partir de esta legitimación ética se pueden justificar moralmente las distribuciones desiguales en la sociedad que surgen de las diferencias de rendimiento y de los esfuerzos competitivos, según señaló acertadamente Alexander Rüstow.

Los dos principios complementarios —que, por falta de espacio, no trataremos aquí más que de soslayo— son, por un lado, una buena política monetaria, que debe estar diseñada de modo tal que el valor del dinero se mantenga lo más estable posible; y, por otro, una política económica constante, sin la cual el orden competitivo no puede funcionar. Citando nuevamente a Eucken: «La inquietud nerviosa de la política económica, que a menudo descarta hoy lo que ayer era válido, genera un alto grado de incertidumbre y, junto con las relaciones de precios distorsionadas, impide muchas inversiones».

A modo de resumen, podemos concluir que lo que se ha venido a conocer —en línea con el precedente kantiano— como el «imperativo de Friburgo» se puede sintetizar en cuatro puntos: (a) Una base ética trascendente, en su caso concreto de antropología cristiana; (b) el ethos de una ciencia emancipatoria; (c) el concepto de una comunidad de gente (Volksgemeinschaft) regida por un marco de constitución económica común; y (d) la identificación con un Estado fuerte (en el sentido anteriormente descrito).

El renovado valor del ordoliberalismo

El profesor Juan Velarde me reiteró en sus últimos años de vida la conveniencia de explorar y aquilatar adecuadamente la extraordinaria influencia que la obra de Walter Eucken y la Escuela de Friburgo habían ejercido en el desarrollo económico y social de nuestro país (Velarde había conocido personalmente a Eucken en Santander en agosto de 1949 y guardaba con cariño el texto autografiado de la conferencia que el alemán impartió allí). Interés que, también allende nuestras fronteras, parece estar resurgiendo con fuerza, viéndose revalorizados los postulados ordoliberales, tanto en Europa como en Hispanoamérica.

Esto no debe hacer perder de vista que el principal reto del liberalismo —independientemente de la adjetivación que lleve— sigue siendo el mismo que ya señalara Burke, a saber, que «las personas son merecedoras de la libertad civil en la misma medida en que están dispuestas a imponer límites éticos a sus propios instintos». Límites que solo se dan en individuos que dispongan de un acrisolado capital moral, requisito que, por las causas señaladas al principio de este artículo, resulta actualmente más difícil de alcanzar. Pero compartimos el optimismo de los ya citados Norberg y Wooldridge al considerar que el liberalismo superará reforzado esta situación, pues las semillas que porta, lejos de lo que afirman sus críticos, no son las semillas de su destrucción, sino las de su regeneración. Y entre ellas, las de la Escuela de Friburgo —que, recordémoslo, defiende que el Estado debe actuar como guardián del orden competitivo (evitando o rompiendo la concentración del mercado); del orden social (evitando la desesperación de los ciudadanos); y del orden moral (nutriendo las raíces de la cultura humanista)— están brotando con especial vigor. Y ello gracias a que economistas como Eucken, von Stackelberg, Böhm, Lutz y Röpke —así como sus seguidores españoles a partir de los años cincuenta, los Andrés, Castiella, Ullastres, Varela, Sardá, Fuentes Quintana y Velarde— plantaron aquellas semillas cuyos frutos, para su propia sorpresa, se pudieron cosechar mucho antes de lo esperado.

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