Azaña y Alcalá-Zamora. Dos hombres y una República
Unos líderes cuyo entendimiento, de haberse producido, sin duda habría hecho de nuestra primera democracia algo muy distinto, y sin duda mucho mejor, de lo que fue en realidad
Los dos presidentes de la Segunda República Española, Niceto Alcalá Zamora (I) y Manuel Azaña (D)
No resulta, en modo alguno, desmedido aseverar que Manuel Azaña Díaz (1880-1940), presidente de la Segunda República y varias veces jefe de su Gobierno, se encuentra, de forma comprensible, entre los santones más venerados de la izquierda española actual. Tampoco es exagerado afirmar que, de forma mucho menos comprensible, es también admirado, o al menos respetado, por el centro-derecha, cuyo prohombre más notorio en la España reciente, José María Aznar, sorprendió a propios y extraños en septiembre de 1991 reivindicando para su Partido Popular la herencia política del político alcalaíno. Sin embargo, que este se haya olvidado casi por completo de Niceto Alcalá-Zamora y Torres, también presidente, el primero y más duradero si se excluye a los del exilio, y jefe del Gobierno de aquel régimen, resulta poco menos que absurdo.
Por supuesto, una afirmación tan contundente requiere una cumplida explicación. Pero no es ofrecer esa explicación lo que pretende este breve artículo, sino invitar a quien lo leyere a que la busque por sí solo, como, en general, hacemos los historiadores cuando nos acercamos al pasado con la mirada limpia y el espíritu abierto. Y nada mejor para hacerlo que el reciente y excelente libro de Javier Arjona, uno de los mayores expertos en activo sobre don Niceto: Azaña y Alcalá-Zamora, dos hombres y una República, publicado hace unos días por la editorial cordobesa Almuzara.
El título está bien escogido, sobre todo si se lee entre líneas: la República era una, como no podía ser de otro modo, pero las visiones que de ella tenían los que serían sus dos principales figuras eran dos y del todo incompatibles entre sí. La de don Niceto era una República de orden, conservadora, pero abierta a reformas profundas y pausadas, capaz de integrar en su seno a todos los españoles y convertirse así en una democracia sólida; la de don Manuel, una República revolucionaria, que había de servir de vehículo a una transformación integral del Estado, la sociedad y la mentalidad de los ciudadanos, aun al precio de dejar fuera de ella a quien no se identificara con este objetivo, en especial los millones de individuos que todavía abrazaban, en mayor o menor grado, la fe católica.
No solo tenían don Niceto y don Manuel ideas distintas. Los dos poseían fuertes personalidades, los dos eran brillantes y los dos eran soberbios y poco inclinados a mirar a los demás como sus iguales. Eran, en fin, dos gallos en el mismo corral. Y dos gallos muy peleones, tal como los describe, con gran agudeza y profundidad, Javier Arjona, que bucea en profundidad en su peripecia vital desde su nacimiento hasta su muerte, en ambos casos en el exilio, y busca en ella razones que ayuden a explicar su ejecutoria política.
Pero siendo esto interesante, no constituye la mejor aportación de la obra. Lo es el inteligente ensayo de historia comparada entre las dos figuras protagonistas que se va desplegando, poco a poco, como dos plantas que crecieran entrelazadas, abrazándose y repeliéndose a cada instante, pintando a la vez un vívido retrato del nacimiento, la evolución y el triste final de la Segunda República y, sobre todo, analizando el papel determinante que en ellos tuvieron don Manuel y don Niceto. Unos líderes cuyo entendimiento, de haberse producido, sin duda habría hecho de nuestra primera democracia algo muy distinto, y sin duda mucho mejor, de lo que fue en realidad.
No es, claro está, el primer producto de este tipo que nos ofrece la historiografía, cuyo mejor ejemplo, quizá, es el ya clásico trabajo de John H. Elliott Richelieu y Olivares, publicado en 1984. Pero sí es, quizá, el primero que tiene como protagonistas a dos personajes de nuestro pasado reciente, y no cabe sino afirmar que viene a realizar una interesante aportación a la comprensión de una etapa de nuestra historia que, para desgracia de nuestra actual democracia, está siendo objeto de una mitificación interesada precisamente por parte de quienes impulsan una supuesta memoria democrática que ni es lo primero, porque su contenido no emerge de sus protagonistas, sino que se impone desde el poder, ni lo segundo, porque es incompleta y sectaria, y no busca sino deslegitimar a una parte del espectro político.
Aquí radica otra importante aportación del libro. Aunque en la obra no existe indicio alguno de parcialidad, y el reconocimiento y la crítica de protagonistas corren parejos a su ejecutoria, no a sus ideas, de su lectura no puede sino desprenderse una conclusión: la gran injusticia que, amparada por el poder, ha perpetrado la memoria sobre la historia. La primera nos ha entregado un Azaña erigido en encarnación de una República virtuosa cuya única y loable intención habría sido el progreso de España y su reencuentro con Europa y la modernidad, y nos ha legado un Alcalá-Zamora borrado como por ensalmo de un régimen en el que no parece tener sino una posición subalterna, del todo oculta por la monumental sombra de don Manuel.
La historia, por el contrario, nos presenta, si se le permite, un don Niceto erigido en protagonista destacado de la gestación de un régimen que sin duda ayudó a traer y a perfilar tanto o más que Azaña y del que tenía una idea mucho más completa, madura y viable que no pudo convertir en realidad porque la intransigencia de las izquierdas y las derechas lo convirtieron en campo de batalla entre opciones antagónicas sin lugar para la moderación y el diálogo. La lectura de libros como el de Javier Arjona, a quien tuve la ocasión de conocer personalmente hace unas pocas semanas en unas Jornadas sobre la Tercera España celebradas en Priego de Córdoba, el precioso y acogedor pueblo natal de don Niceto, sin duda ayudará a que nuestra actual democracia, valiosa a pesar de sus limitaciones, no sufra el triste destino de su predecesora.
- Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación.