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Morante de la Puebla con el capote a una mano el pasado jueves en Sevilla

Morante de la Puebla con el capote a una mano el pasado jueves en SevillaGTRES

Para quienes no les gustan los toros o no los entienden: ¿Por qué Morante es mucho más que el mejor torero?

El genio de la Puebla también supera cualquier pega por estar de moda cuando inmediatamente deja de estarlo, sentándose en una silla para poner banderillas

Para hablar con propiedad taurina, habría que decir «el mejor matador», porque toreros son todos los que participan en la lidia: peones de brega, banderilleros y picadores. Y si se apura, todos los que hacen el paseíllo, donde también están los monosabios y los areneros.

Morante de la Puebla sentado en una silla para poner banderillas

Morante de la Puebla sentado en una silla para poner banderillasGTRES

Y Morante también es un torero, en este caso matador, como también Fernando Sánchez, en el suyo como el mejor banderillero del momento. Morante es el torero del siglo que ya ha superado su cuarto, y se habla de banderillas como las que puso ayer el maestro de la Puebla del Río, nada menos que en Sevilla.

Quizá el profano o el antitaurino no entienda lo de «maestro», un «título» que se «concede» a los matadores por haber tomado la alternativa: de novillero o matador de novillos a matador de toros. Los novillos (de tres años de edad) son más jóvenes y, por lo tanto, más pequeños, menos pesados.

Morante con el capote

Morante con el capoteGTRES

Antes está el eral, el toro de dos años para las becerradas y novilladas sin picadores, el escalafón inferior a los novilleros con picadores. Un maestro lo es porque llega a confirmarse como matador de toros (cuatro años o más). Pero lo de maestro también se emplea con énfasis en un mundo repleto (se diría que hecho) de sensaciones y detalles.

De riqueza absoluta. Morante es el mejor porque ningún otro torero despierta sensaciones como él y tiene detalles como los de él. El toreo no es una ciencia, pero tiene técnica y sentido y sensibilidad, donde está el quid. Hay que hacer las cosas como deben hacerse para que salgan sin falta y, además, hay que hacer (o más bien tener, Tener o no tener escribió Hemingway) lo que hace falta, otra vez, para ser distinto.

Morante con la muleta

Morante con la muletaGTRES

Morante es distinto de cualquier otro. Una distinción que en la actualidad es monumental porque eclipsa con su manantial de clasicismo (en el vestir, en el ser, en el ir y venir) y su arte (sus formas intangibles, la belleza y la hondura de sus movimientos, capotazos, muletazos, el solo «estar» en la plaza) al resto de los toreros.

El sevillano ha alcanzado otra dimensión real donde el sentimiento y la verdad han cobrado forma en casi celestial simbiosis con su cuerpo. Alma y cuerpo en uno, donde el cuerpo muestra el alma y el espectador lo puede ver. Puede ver esa alma aparecer y torear: un milagro de los sentidos, de las sensaciones inexplicables. Un bullir por dentro. Una emoción indescriptible.

Morante torea con la muleta sentado en una silla

Morante torea con la muleta sentado en una sillaGTRES

Porque se puede ver, si se mira, cómo el toro desaparece en el capote de Morante como si entrara en un agujero de gusano que abre esa capa divinizada. El animal desaparece y el genio lo guía por dentro, como si el mentón profundo fuera un joystick hecho lienzo, antes de dejarlo salir por el final del agujero de gusano que abre la verónica marciana, delirante y hermosa.

Con la muleta esculpe óleos en la figura apolínea, fundidas la técnica y el ser morantista: cumbre máxima de la tauromaquia. El estado de gracia (la gracia la posee en todo: en el andar, en el mirar, en el fumar, en el destocarse, en el correr...) del que ya no va a bajarse porque lo ha conseguido. Es la plenitud, la ascesis, la gloria en la que se siente Morante; no hay más que verle el gesto de ser un Dios haciendo cosas de Dios.

Morante con el capote

Morante con el capoteGTRES

Porque hay que creer un poco. Y si no en Dios, más difícil sin él, en la hermosura que se refleja también en el espejo de los tendidos enloquecidos, incluso más allá del relumbrón de la fama y del momento.

Porque Morante también supera cualquier pega por estar de moda cuando inmediatamente deja de estarlo, sentándose en una silla para poner banderillas, poniéndolo de moda hasta la siguiente invención, que no son invenciones, sino cultura, las suertes antiguas con las que Morante sube y sube a los cielos en el corazón de los aficionados y llama a los profanos como las sirenas a Ulises.

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