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Dos diccionarios de la RAE

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El español de hoy es más pobre de lo que crees: Cervantes usaba un 50 % más de palabras que en la actualidad

El autor de El Quijote manejó hasta 30.000 vocablos, una cifra muy próxima al conocimiento léxico de un hablante actual, pero la vida cotidiana se resuelve con apenas unos miles

Cervantes escribió El Quijote con un caudal de unas 23.000 palabras distintas. Frente a ese universo verbal, un adulto culto usa activamente unos 15.000 vocablos. En otros términos, solo en su obra maestra el Manco de Lepanto empleó en torno a un 50 % más de vocabulario.

En el conjunto de su obra, el idioma se le abre todavía más: entre 25.000 y 30.000 vocablos. Un hablante reconoce en torno a 30.000 palabras, según un estudio de 2020 del Basque Center on Cognition, Brain and Language con la Universidad de Nebrija.

Este último dato engaña si no se afina: entre los 25 y los 30 años, el conocimiento real ronda las 25.000 palabras. Apenas unas miles por encima de las que caben en la novela cervantina. La distancia entre Cervantes y un hablante actual no es, por tanto, abismal en cantidad. Lo es en uso.

Miguel de Cervantes Saavedra. Grabado del siglo XIX

Miguel de Cervantes Saavedra. Grabado del siglo XIX

El lenguaje no vive en el diccionario, sino en la boca. Y ahí ocurre el recorte. El vocabulario activo —el que se usa de verdad— suele reducirse a un tercio, incluso a un cuarto del que se entiende.

Cada día, una persona pronuncia en torno a 15.000 palabras. Los más habladores, hasta 20.000. Pero el dato decisivo no es ese, sino otro más incómodo: las palabras únicas que se utilizan en una jornada apenas alcanzan entre 1.000 y 1.500. El habla diaria no es un despliegue de riqueza, sino una repetición constante de lo conocido.

Un puñado de términos sostiene la vida entera

Aquí aparece una paradoja que incomoda a cualquier ideal romántico del lenguaje: la riqueza no está en lo que se usa, sino en lo que se podría usar.

La educación amplía ese margen. Entre la secundaria y el doctorado, el léxico puede crecer en unas 5.500 palabras. El multilingüismo también empuja: quien conoce varias lenguas tiende a manejar más español, con diferencias que pueden alcanzar las 3.000 palabras adicionales.

Y, sin embargo, el sistema no depende de la abundancia, sino de la concentración. La ley de Zipf lo resume con crudeza: unas 100 palabras cubren cerca de la mitad de cualquier conversación; 1.000 alcanzan alrededor del 80%; 3.000 permiten comprender casi todo lo cotidiano.

Cervantes, en cambio, no trabajaba desde la periferia. Exploraba los bordes del idioma como quien recorre un lugar a Mancha sin mapa fijo. No se limitaba a sobrevivir con palabras: las probaba, las torcía, las enfrentaba entre sí.

Hoy el español funciona de otro modo. Más eficiente, más comprimido, más previsible. Un idioma que ha ganado precisión en el uso diario a cambio de perder parte del exceso, pero también de la riqueza.

Quizá ahí esté la diferencia esencial: Cervantes necesitaba nombrar un mundo que todavía se estaba inventando. El hablante actual, en cambio, sobrevive en un mundo ya nombrado. Y por eso repite.

Con pocas palabras se resuelve el día. Con muchas —como sabía Cervantes— se ensancha la posibilidad de pensar lo que todavía no tiene nombre.

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