Imagen de José Sazatornil «Saza» en el filme Amanece que no es poco
La IA invade el periodismo y la literatura, pero no es tan difícil (de momento) descubrir a los farsantes
Si algo distingue a los relatos o a los escritos vulgares de los especiales son los lugares comunes, las palabras comunes, las frases comunes, las construcciones llamativa y perfectamente pedantes
Tres de los cinco ganadores del Commonwalth Short Story Prize, premio literario regional de cuentos cortos convocado por la prestigiosa revista literaria británica Granta son sospechosos de haber utilizado la IA para escribir sus relatos.
Esta es una noticia sobre un secreto a gritos, una costumbre soterrada, pero establecida. Para algunos «escritores» y «periodistas» la IA constituye la principal y en muchos casos única «fuente de inspiración». En otros muchos casos constituye también su único acervo cultural.
¿Documentación o copia?
Un periodista le puede pedir a la máquina que le haga una noticia, un reportaje, una crónica, cualquier cosa; del mismo modo que un escritor le puede pedir al robot que le escriba un relato sobre un determinado tema y con un determinado argumento y estilo. Lo que sea. Las variables son amplias. Un periodista y un escritor pueden utilizar la IA en porcentajes muy distintos entre el grueso del trabajo o el apoyo puntual.
La IA puede servir como un fondo de documentación, del modo en que antes lo eran los libros, enciclopedias, diccionarios... y más tarde Google u otros buscadores con toda su ingente información; o puede servir como un atajo absoluto donde la inspiración humana se sustituye tristemente.
Un relato puede dar una buena impresión y un segundo también, salvo por compartir, primero y segundo, notables características sospechosas. Entonces, en la repetición, salta la alarma
El más común de los lectores no es capaz de distinguir un texto generado con IA con mínima intervención humana de un texto escrito por una persona sin ayudas maquinales. Pero el lector con una mínima capacidad de profundización o conocimiento puede descubrir todavía sin demasiadas dificultades la trampa.
Es lo que ha ocurrido con el concurso literario de la revista Granta. Los lugares comunes se suceden inevitablemente en una perfección imperfecta. Un relato puede dar una buena impresión y un segundo también, salvo por compartir, primero y segundo (y terceros y cuartos), notables características sospechosas. Entonces, en la repetición, salta la alarma.
Sofía Loren y un cuento de Rulfo
El relato humano es reconocible como lo es una persona. Si la máquina diseña una persona bella físicamente, mujer u hombre, el resultado sigue siendo maquinal: una perfección antinatural y reconocible. Nada que ver la hermosa imperfección esencial cuyos rasgos son imperfectos. La IA nunca podría haber hecho el rostro asombrosamente bello y absolutamente imperfecto de Sofía Loren, por ejemplo, del mismo modo y por la misma razón que no podría escribir un relato de Juan Rulfo.
Al menos de momento. Si algo distingue a los relatos o a los escritos vulgares de los especiales son los lugares comunes, las palabras comunes, las frases comunes. Tan comunes como que se han extendido en el uso de la IA: una suerte de particular pedantería robótica que no tienen reparos en utilizar quienes no saben de lo que hablan porque basan todo el objeto en el poder de la herramienta y no en el de sus (carentes) talento, trabajo o experiencia.
El formulario podría ser el género perfecto para la IA, donde los lugares comunes son la esencia, lo perfecto y lo idóneo, donde la intervención de la máquina es bienvenida
Hay frases hechas por la IA que causan alipori. Uno puede leerlas una vez y no caer en la cuenta, pero una segunda llama la atención. Un texto es como un cuerpo humano, como una dicción humana. Hay errores, trabazones, interrupciones, expresiones personales, humanas, cuya ausencia es señal de alarma, de inhumanidad, de trampa, al fin y al cabo.
Y se habla de periodismo y literatura, no de la IA utilizada como un formulario. El formulario podría ser el género perfecto para la IA, donde los lugares comunes son la esencia, lo perfecto y lo idóneo, donde la intervención de la máquina es bienvenida, al contrario que en la creación que ha de ser humana, donde entran en liza las percepciones, las sensaciones, los impulsos, la visión, la conexión, la comparación, la metáfora o el análisis, entre otros aspectos.
«Devoción por 'fulner'»
Habrá que inventar un refrán, aunque bien puede valer el original: «Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo», que también se puede adaptar: «Se pilla antes a un escritor inteligente artificioso que a un plagiador deshonroso».
Siempre tendrá más valor aquel vecino plagiador de la surrealista película Amanece que no es poco que había escrito Luz de Agosto de Faulkner (pronunciado «fulner» por el gran Saza): «¿No podía usted haber plagiado a otro? ¿Es que no sabe que en este pueblo hay verdadera devoción por 'fulner'?», que quien hace pasar por suya la manida y mediocre obra de una máquina alimentada de lugares comunes y lo que es peor: cada vez más perfectamente pedantes.