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Rafael García Serrano

Rafael García SerranoEFE

Rafael García Serrano o el muerto que quiso haber sido

Hubo una Falange aristocrática, de tertulias de café, de despacho de abogados, practicante de una literatura burguesa, algo decadente, heredera de un mundo antiguo que desaparecía. De Agustín de Foxá, de Rafael Sánchez Mazas, la corte literaria de José Antonio, poeta frustrado y futuro mito falseado.

Hubo otra Falange más de clase media, incluso proletaria. De estudiantes universitarios, de adolescentes en camisa azul que creían ver una revolución de futuro donde sus mayores solo veían el desastre. De esa Falange joven, Rafael García Serrano (Pamplona, 1917–Madrid, 1988), hoy olvidado, fue su máximo exponente y su librito, Eugenio o proclamación de la primavera, una joya literaria que los fanáticos del pensamiento políticamente correcto desearían cancelar para siempre: el canto de una juventud revolucionaria que en la violencia creía ver el resurgir de una nueva España.

En la obra de Rafael García Serrano hay una defensa de la tradición, pero sobre todo unas ansias revolucionarias que proceden del futurismo. Dentro de las vanguardias, que ansían destruir la sociedad burguesa decimonónica, el futurismo ve en la acción y la violencia el input regenerador de todo, la belleza absoluta de la que nacerá un nuevo mundo. Hoy nos suena extraño. Una pretensión que pone a estos falangistas más cerca de los anarquistas o de los comunistas que de muchos de los derechistas con los que no muy tarde compartirán trinchera.

Dedicada «a mayor gloria del César Joven, José Antonio», Eugenio o proclamación de la primavera, fue escrita durante los primeros años de la guerra. Es una novela, o novelita por su tamaño, que narra los momentos previos a la confrontación fratricida. Nos cuenta la historia un narrador en primera persona, de nombre Rafael, que es testigo de la vida de Eugenio, un joven falangista que encarna el ideal de héroe de ese falangismo primigenio, un mártir que acaba dando su vida como sacrificio por la causa: el muerto que él y sus camaradas hubieran querido ser.

El protagonista, construido con retazos de compañeros reales, es un héroe épico destinado a morir por la patria, mientras el narrador es el poeta que lo perpetúa en la memoria. De paso, se resumen de forma simple algunas ideas del falangismo: el Imperio, como meta que devuelva la grandeza a España; el odio al marxismo, pero también al liberalismo, culpable de la decadencia nacional; la juventud, como fuerza transformadora; la violencia legítima, el sacrificio y la muerte.

Un tanto pueril en sus planteamientos filosóficos y políticos, la obrita está llena de fogonazos líricos, prosa de altos quilates que resulta aún más meritoria si tenemos en cuenta que fue escrita por un joven de diecinueve años, pues García Serrano empezó a escribirla en abril del 36 y la publicaría en 1938.

Estudiante de Filosofía y Letras en Madrid, falangista de primera hora, uno de los fundadores del SEU, la guerra le pilla en su Pamplona natal, donde se alista como alférez provisional en la columna de García Escámez. Durante la batalla del Ebro contrae la tuberculosis y es, en la convalecencia, cuando escribe este libro, para Juan Manuel de Prada una obra de gran fuerza expresiva, donde se mezclan nostalgias imperiales y anhelos futuristas, con ecos literarios de Valle-Inclán y Gómez de la Serna. Una obra que debe ser leída por la calidad literaria, y también como documento histórico que nos pone en la piel de aquellos jóvenes que salieron a la calle dispuestos a morir y matar, que contribuyeron con su ensoñación romántica a la hecatombe final.

La fiel infantería y Plaza del Castillo

Antes de la guerra ya había colaborado con algunas revistas y hasta publicado un pequeño poemario. Sin embargo, su consolidación como escritor llegó en 1943 con La fiel infantería, una novela de corte vanguardista, con influencia de las novelas bélicas de entreguerras, pero que, donde estas apuntaban hacia el antimilitarismo, García Serrano exalta la camaradería y el heroísmo, incluso el del enemigo. Basada en su propia experiencia en el frente, la guerra sería su gran tema. La obra obtiene el Premio Nacional de Literatura, pero sería retirada de las librerías por su lenguaje cuartelero. Hasta 1958 no se editaría sin cortapisas.

En 1951 publicó Plaza del Castillo, considerada una de sus obras más importantes y una de las novelas clave de la literatura falangista. Ambientada en los Sanfermines de 1936, la historia es un homenaje a los chicos de su quinta que pasaron, en pocos días, de correr delante de los toros a ponerse delante de las balas. Según Umbral, el mejor retrato literario de los Sanfermines. La novela introduce cierto sentido de fraternidad entre los combatientes de ambos bandos, lo que la aleja de los rencores de muchos de sus coetáneos, una hermandad basada «en siglos de catolicidad en la sangre».

Su producción literaria continuó con obras como Cuando los dioses nacían en Extremadura (1949) y la trilogía sobre la Guerra Civil formada por Los ojos perdidos (1958), La paz dura quince días (1960) y La ventana daba al río (1963). También cultivó el cuento (Los toros de Iberia, Las vacas de Olite) y escribió su libro de memorias, La gran esperanza (1982). Destaca asimismo Diccionario para un macuto (1964), un tomo singular que recoge el lenguaje de la guerra.

Prensa y Cine

En paralelo a su obra literaria, García Serrano desarrolló una intensa carrera periodística. Columnista de pluma afilada, llegó a director del diario Arriba en 1956, periódico principal del Movimiento, siendo cesado, tras solo un año en el cargo, por querer publicar un artículo contra la figura de un rey como futuro sucesor de Franco. Como buen falangista, no era monárquico. En El Alcázar publicó su conocido Dietario personal, en el que no dejaba títere con cabeza.

Menos conocida es su labor cinematográfica. Firmó más de veinte películas como guionista: La fiel infantería (1960), de Pedro Lazaga, o A la Legión le gustan las mujeres… y a las mujeres la Legión (1976), de Rafael J. Salvia, son algunas de ellas, e incluso debutó en la dirección en 1966 con la adaptación de Los ojos perdidos. También trabajó como guionista para TVE y dirigió la revista de cine Primer Plano.

Navarrico de prosa y dinamita, un Cela de camisa azul (Umbral dixit), no renegó en toda su vida de sus creencias juveniles, no cambió de camisa, al contrario de muchos de sus antiguos camaradas. Umbral lo recuerda, viejo y honrado, en las sobremesas del Mayte Commodore, con hablar dulce y bigote nietzscheano, «creyendo en tantas cosas muertas, creyendo sólo, realmente, en su propia juventud perdida y luchadora».

Recomendamos leer: García Serrano, Rafael, Eugenio o proclamación de la primavera, Almuzara, 2019. Castillo, Fernando, Fervor del acero, Renacimiento, 2023. Contiene un amplio ensayo sobre la obra de Rafael García Serrano a partir de la guerra, su tema principal.

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