Fundado en 1910
Daniel Fernández, La vida sobre todo

Daniel Fernández, La vida sobre todoMiquel Gonzalez De La Fuente

El barbero del rey de Suecia

La vida sobre todo

Daniel Fernández (Barcelona, 1988) es licenciado en Filología Hispánica y en Filología Catalana por la Universidad Autónoma de Barcelona y profesor titular de la Universidad de Valencia. Es uno de los mejores especialistas en el teatro de Lope de Vega. Ha editado cinco de sus comedias, ha dedicado una monografía a las bizantinas (Entre corsarios y cautivos, 2019) y, con oído métrico, estudia la autenticidad de las atribuciones. Ese mismo oído trabaja en sus versos, que han ido ganando premios libro a libro: Las cosas en su sitio (La Isla de Siltolá, 2018) obtuvo el Premio Antonio Colinas, y Las nubes se levantan (Pre-Textos, 2022), el Emilio Prados. La vida por delante (Visor, 2026), su tercera entrega, ha merecido el XLIX Premio Ciudad de Burgos. Tres libros, tres premios y treinta y tantos años. La vida por delante: en su caso, el título no es una metáfora, sino un dato (aunque, como veremos, el dato es otro y aún mejor).

Fiel al espíritu de Lope, su poesía es vital y amatoria. Oh, la amada, por supuesto, pero también se ama al padre, a la madre, a los abuelos, a los tíos. La sangre va cogiendo carrerilla hasta saltar a la próxima generación: su hija. También se apoya en la tradición cultural: de la novela bizantina a Antonio Machado pasando por el Siglo de Oro, que brilla entre sus versos con verdadera pasión. No es un profesor aburrido de su materia ni lleva una doble vida, con lo académico en un compartimento estanco.

Por eso todo se mezcla: el romance y el rock. No se empeña en el brillo ni empaña la luz. La música clásica del endecasílabo ilumina un amor contemporáneo. Y no falta un férreo fondo de reflexión moral y cívica. A lo mejor no se nota, de tan amablemente expuesto, pero véase en el poema «Confesión en la Costa Brava». La carga política pasa casi desapercibida; y eso que la cita de Lope, de Fuente Ovejuna, justamente, lo avisa: «El mundo se acaba, Flores». El poema se enfrenta con uno de los más insidiosos problemas contemporáneos: la asfixia legislativa que sepulta el alma libre. Lo hace satirizando nuestra relación con las normas y el deseo de imponerlas a los demás. El poeta confiesa: «Siempre he sentido una afición / íntima, oscura, por las normas. // De joven, por supuesto, / creía que el placer / estaba en quebrantarlas. // Al cabo de los años / —lo reconozco— me di cuenta / de que nada me hacía tan feliz / como acatarlas. // Pero hoy las cosas han cambiado. / Lo que de veras hoy quisiera / es dictarlas a golpe de la Ley / emanada de mí, His Royal Majesty, / delegar en ministros y validos / de la facción absolutista, / retirarme discreto a un palacete / no muy lejos de aquí, / agazaparme entre las sombras / con mi criado más leal, / y al fin, prismáticos en mano, / espiar la piscina de Les barques: / on els teus somnis es compleixen, / y comprobar —«Por Dios, amigo Flores, / a dónde iremos a parar…»— / cómo estos críos se las saltan / con tanta impunidad, con qué alegría».

Esa insobornable alegría —interior, privada, resistente— recorre el libro. Hay un himno al amor eterno, más fuerte que la edad. Él mismo se ofrece a la amada, con los años, como «este anciano / tembloroso, gruñón y barrigudo / que siempre estará ahí cuando despiertes». No es la única apuesta del libro por un amor más fuerte que la vida.

«Un ángulo me basta entre mis lares», del capitán Andrés Fernández de Andrada, es también un lema del poeta Daniel Fernández. Pero su ángulo no le achica. Es capaz de ver en una frase de su abuela una superación de Sócrates porque asume la tradición y el tiempo: «Yo solo sé lo que sabía». El saber métrico sostiene la sabiduría del poeta, que podría decir lo de su admirado Lope: «Oscuro el borrador y el verso claro». La factura de sus versos también es impecable. Para muestra, este alejandrino incesante: «La vida que no pasa y el tiempo que no cesa».

El libro contiene una de las anunciaciones de embarazo más bellas que he leído nunca. Todos los versos anteriores la preparaban, tanto en su amor a la literatura para expresar la vida como en la vida misma. Ése era el dato mejor: la vida que está por delante estaba por venir. Vean cómo se acerca también en los versos que he escogido, poco a poco, hasta el final —que es un principio—:

Si supiera morirme como tú
que te fuiste un buen día de repente,
me moriría un rato, hoy que es domingo.
*
Te veo […]
Te miro, mejor dicho
(que ver, te veo siempre: escrito está en mi alma…)
*
alzas
la vista y te sonrojas
como quien se creía
sola en este universo al que das vida.
*
[«Carta a la madre»]
…porque sé que esa ingenuidad
era otro don que tú me diste.
*
Cómo quisiera ser un chopo.
Un señor chopo, viejo y elegante
*
[«El viejo tema de la rosa»]
…Así también tú al cabo:
no más que temblorosas
sílabas sobre el blanco
de una hoja.
*
Un banco y un arroyo y una sombra.
Estoy aquí otra vez: es mi despacho.
*
Cómo
aferrar el temblor
del agua que se va y que me lleva.
*
[«Isoroku Yamamoto»]
[…]
He perdido a mis padres, he perdido
a hombres valerosos cuyos nombres
apunto en mi cuaderno, uno a uno,
para que así se adueñen de mis sueños.
*
[Sobre el heavy metal:]
La fe que hizo feliz mi triste adolescencia.
*
…o ser todo un jedi, muy sano y célibe,
y hacer el bien a base de mamporros
y diplomacia intergaláctica.
*
…me hará saber por fin que cuanto quiero
es estar aquí en casa con mis cosas.
*
[La hija le informa de que la madre está embarazada:]

Te compones entonces el vestido,
echas una mirada a lado y lado,
y, alzando tu gelato de nutella
triunfal ante la cámara,
me amenazas con darme la noticia
que lo mudará todo para siempre:
«Lo que está por llegar, querido mío,
es una vita nuova de verdad,
conque ármate, ahora sí, d’ogne speranza,
que vamos a alumbrar con luz no usada».
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas