07 de diciembre de 2021

Elena Quiroga, «letra a» de la RAE

Elena Quiroga, «letra a» de la RAE

Clásicos / Novela

Libertad es su nombre

Una autoficción que disuelve tópicos. Un homenaje a la autenticidad.
Portada de las «Obras completas III» de Elena Quiroga

obras completas. III. ediciones de castro / 704 págs.

Escribo tu nombre

Elena Quiroga

Muy poco se ha atendido a esta novelista en el centenario de su nacimiento, centenario que ha quedado en sombra por el más famoso de Carmen Laforet y, sobre todo, por el de la muerte de Emilia Pardo Bazán. La Real Academia Española premió el talento y los logros de Elena Quiroga con un sillón, lo cual le había sido denegado repetida e injustamente a la hoy tan celebrada autora de Los pazos de Ulloa.
En las obras de esta última, late la vida de la España decimonónica finisecular y la de comienzos del siglo XX; reflejan la cultura, las costumbres, la mentalidad común. En la primera gran novela de Carmen Laforet, se sintetizan los desgarros de la sociedad superviviente de la guerra civil. En el conjunto de la producción de Elena Quiroga, se proyectan conflictos humanos de carácter universal, también cuando están trazados al compás de hitos históricos.
Los relatos de Elena Quiroga trascienden sus tramas. Los hilos de los sucesos se desenvuelven de manera que desde lo omitido y subyacente, por sus veladuras y sus extremos, sonríen las ironías, los símbolos, las paradojas, las alegorías. El castaño de La sangre, plantado frente al pazo gallego El Castelo, espectador de la vida de cuatro generaciones de una familia, aplasta al último de sus vástagos cuando se le derriba, y lanza al lector un abanico de analogías. Ventura muere al ceder el balcón podrido al que se asomaba, en Algo pasa en la calle, como sucumben cada una de las piezas corrompidas o corruptibles del entorno. 

En el conjunto de la producción de Elena Quiroga, se proyectan conflictos humanos de carácter universal, también cuando están trazados al compás de hitos históricos.

La careta reproduce con plasticidad implacable el motivo de los recuerdos vetados, con insospechadas y perspicaces perspectivas sobre la influencia del pasado en el presente. La última corrida parece exhibir modos e ideas del mundo taurino, pero se trasluce, al sesgo, en delicados matices, la frustración aneja al ser humano, la disparidad de intereses según el momento vital, lo vacuo de muchas ambiciones.
Tristura y Escribo tu nombre, con esa apariencia de autoficción hoy tan en boga, parecen jugar a completar las narraciones de las escritoras coetáneas, esas historias sobre niñas huérfanas de madres, raras, aisladas, con algo de antiheroico y rebeldes por no ajustarse al ideal impuesto en la educación femenina. Pero Quiroga ahonda más en el aprendizaje de Tadea a través de ambientes diversos, a saber, el religioso del colegio, el mundano de la familia y otro conectado con la protagonista por los sirvientes, en medio de los episodios más dramáticos de la Segunda República. 
Merced a los contrastes entre esos mundos, en ninguno de los cuales Tadea se siente integrada, se configuran los mapas de sus respectivos límites, así como los enfrentamientos entre la radical franqueza interior y los engaños amañados con convenciones y consignas.
Las técnicas empleadas por Quiroga apuntan a las múltiples caras de los seres. La autora se desliza con frecuencia por tópicos para disolverlos en sus avances de zoom. Evita trazos gruesos, tintas uniformes, maniqueísmo. Más bien, sirviéndose de gestos o actos significativos, delinea los perfiles de cada uno de los variados sujetos que pueblan cada ámbito. Entre ellos, en Escribo tu nombre sobresale la entrañable figura de la abuela, y más aún la de la madre Gaytán.
La historia en Escribo tu nombre se dispone en una novedosa estructura narrativa, conformada por dos círculos concéntricos. Uno, el primero que se ofrece al lector, simula un resumen en que se establecen los elementos que dan razón del relato y avisan sobre cómo descifrar el segundo. Este expande en anécdotas, sucesos y personajes el recorrido vital de la protagonista en su crecimiento psíquico y en sus relaciones interpersonales.

La autora se desliza con frecuencia por tópicos para disolverlos en sus avances de zoom

Si «libertad» es ese nombre del título, será la madre Gaytán, prefecta del colegio durante dos cursos, la guía gracias a la cual entiendan sus tuteladas el significado de aquella palabra y de cómo alcanzarla a través de la Verdad. Esta prefecta proyectará en las alumnas su propia vivencia con Dios y les facilitará el encuentro con Él; con ella reflexionarán sobre el Evangelio y sobre la liturgia desde sus raíces. Así, accederán a la sustancia de la vida, calibrarán qué dar, qué pedir, qué esperar, con qué afectos no conformarse. Se harán conscientes de su dignidad… podrán elegir. Por eso la novela acaba convirtiéndose en un homenaje a aquella religiosa.
Los resultados chocan con las tendencias de la época, tanto como con las exigencias de unos padres que quieren en sus hijas solo la piedad justita para no escandalizar y para no desmarcarse de las previsiones familiares. Las reacciones corren paralelas a lo psicológica y sociológicamente esperable. Y en seguida se iniciará la guerra civil.
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