28 de mayo de 2022

Clásicos / Literatura y pensamiento

España en un espejo alemán

El eminente filólogo Karl Vossler no nos deja unas notas eruditas sobre los clásicos españoles. Nos muestra, reflejada en ellos, el alma palpitante de nuestra cultura.

Detalle de portada. «Algunos caracteres de la cultura española»

Espasa-Calpe, col. austral, 1941 / 162 págs.

Algunos caracteres de la cultura española

Karl Vossler

Este libro del filólogo alemán Karl Vossler (1872-1949) ya sólo se encuentra en librerías de viejo o en Internet. Rebuscarlo merece la pena. Y eso que no se trata de una apasionante novela ni de unos poemas encendidos ni de una obra de teatro estremecedora. Es literatura secundaria (o sea, crítica literaria) y, aún diría más, «terciaria», pues reúne trabajos suyos dispersos sobre el alma española tal y como reverbera en nuestros clásicos.
Sin embargo, hay una fusión tan perfecta de amor a España con una cultura vastísima y con una amena perspicacia crítica, que se lee con un placer intelectual de primera categoría. Frente el tristemente celebérrimo epigrama de Bartrina («Oyendo hablar un hombre, fácil es/ saber dónde vio la luz del sol:/ si alaba Inglaterra, será inglés;/ si reniega de Prusia, es un francés/ y si habla mal de España... es español»), vernos tan inteligentemente valorados nos hace mucho bien. Igual que para ponderar un cuadro hace falta a menudo dar cuatro o cinco pasos atrás, ¡cuánto nos ayuda a entendernos este espejo alemán!

Un nuevo tipo de humanidad

Vossler enseña que hay en España «un gran motivo que persiste y actúa […] a través de todas las vicisitudes de su historia y los distintos estilos: lo que pidiéramos llamar sentimiento metafísico del honor o, quizá mejor, militarismo religioso». Hablaba un experto en la materia: se opuso al nazismo incluso en su apogeo.
A través del análisis de las obras de Lope de Vega, de Tirso de Molina, del Lazarillo, del Quijote, del Cantar del Mío Cid y del Romancero, extrae una conclusión general. «De España es la gloria de haber establecido y realizado un nuevo tipo de humanidad, creando el tipo aristocrático del gran señor, que no hay que confundir con el superhombre de Nietzsche ni tampoco con el hombre del Renacimiento de dotes y cultura universales, ni con el honnête homme del clasicismo francés y el esprit fort del enciclopedismo». 
Entre estos distintos tipos humanos hay, lógicamente, muchos puntos de contacto, por lo que se impone atender a las diferencias cualitativas. Así, «el rasgo más destacado de este ideal español es el sentimiento del honor». Contra lo que apresuradamente pudiese deducirse, esto implica un gran respeto al rival: «[Los enemigos del Cid] están allí […] para darle, en último término, un título más de honor. Por eso son tratados, tanto por el poeta como por el protagonista, sin ninguna clase de odio, e incluso con una cierta benevolencia».

Vossler enseña que hay en España «un gran motivo que persiste y actúa […]: lo que pidiéramos llamar sentimiento metafísico del honor

A diferencia de países más estratificados y esnobs, Vossler detecta una gran fuerza igualitaria en el honor hispánico, que alienta incluso en los pícaros. «Lázaro es a su manera y estado un hidalgo» porque «lo mismo que rezuma amargura, siente rebosar dentro de sí como una fuerza divina y alegría de vivir, y por todo ello sabe resistir y mantenerse en pie». Una característica propiamente española es «la compenetración del hombre humilde con lo heroico, lo caballeresco y lo santo». Estamos, por tanto, ante un ideal de igualdad al que todos pueden aspirar y todos deben mantener: «El último de los menesterosos puede alcanzar honores y el más poderoso de los aristócratas puede perderlos con la rapidez del rayo».
Late en nuestro Siglo de Oro una energía de la que se podrían extraer inmensas fuerzas vitales: «En la España de entonces se literaturizaba la vida y se vivía la literatura». Lope de Vega quiere que seamos «como los españoles de los grandes tiempos fueron: que nos sintamos dichosos de vivir, que seamos exaltados y hasta —¿por qué no?— frívolos, impresionables y blandos, pero también vigilantes siempre en lo tocante a las cosas eternas».
En la literatura española «se mueven los héroes y los santos de una manera tan viva y natural como si no hubieran muerto nunca». Vossler no deja de asombrarse de la fuerza vital que transmite todo lo español, que no se deja aprisionar en el dato erudito ni la voluta ornamental. La primera pinacoteca del mundo es El Prado, afirma, pero los maestros españoles jamás pintaron para un museo. Lo hicieron para la vida, el rey y la oración. Como su literatura. Como sus biografías.
Lo que provoca cierto desorden: todo es «a la par cristiano y profano, solemne y ligero, alto y bajo, sublime y grosero, selecto y banal». En efecto, pero —además de un gran resultado estético en la mescolanza de estilos y de géneros— todo se termina ordenando gracias a «la enorme capacidad y la predisposición inconsciente que hay en los españoles para lo trascendente».
Ya es delicioso leer a nuestros clásicos de una mano tan segura y firme, a lo que hay que sumar la apreciación constante de nuestras virtudes, tantas veces ocultas a nuestros ojos autodeprecativos. Vossler aprecia, en cambio, en el carácter español auténtico, aquí y en Hispanoamérica, un gran tesoro histórico, sí, pero, sobre todo, nos advierte de un activo irrenunciable para el futuro.
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