Fundado en 1910
Conectados

ConectadosCottonbro studio

'Salir de sí': la verdadera revolución pendiente

Quienes se cuenten entre los lectores de Fernando Muñoz en prensa, reconocerán aquí el temple firme de una voz que lleva años diseccionando la entraña de un mundo que se descompone

La transformación incesante, el cambio vertiginoso y continuo son los vectores que definen la época que habitamos. El progresismo es la ideología que ha revestido semejante dinámica de un aura incuestionable de prestigio. Toda mudanza se sanciona como una conquista social. El resultado ha sido –sigue siendo– una dramática dislocación de las condiciones de vida y el sentido de las relaciones humanas. Vivimos, por expresarlo en pocas palabras, en el laberinto de una crisis permanente por la que pagamos un alto precio en términos de malestar psicológico y desorientación vital.

Cubierta de Salir de sí

Editor independiente (2024). 339 páginas

Salir de sí: para la revolución de los idiotas

Fernando Muñoz

Las repercusiones de tal estado de cosas llegan, sin embargo, más allá de la manifestación recurrente de un buen puñado de desórdenes mentales. Alcanzan el nervio de nuestra civilización en la medida en que implican la sustitución de una antropología deudora del orden antiguo por una nueva concepción del individuo que subvierte la completa estructura de valores sobre la que venía asentándose la vida en nuestro Occidente crepuscular. El fenómeno, complejo en sus raíces y diverso en sus repercusiones, tiene en Fernando Muñoz a uno de sus más sutiles exégetas. Quienes se cuenten entre los lectores asiduos de sus artículos en prensa, reconocerán aquí el temple firme de una voz que lleva años diseccionando la entraña de un mundo que se descompone. Ahora, con ese mismo temple y su lucidez acostumbrada, nos ofrece este libro, Salir de sí, donde, pertrechado de un aparato crítico tan riguroso como necesario, acomete una sólida labor de interpretación de nuestro tiempo.

De entrada, el libro luce un subtítulo provocador: Para la revolución de los idiotas. Ese «idiotas», sin embargo, no debe entenderse tanto de acuerdo a una intencionalidad despectiva como en su sentido originario, pues así denominaban los griegos de la Antigüedad Clásica a los ciudadanos que por ignorancia o dejadez se abstenían de participar en la vida pública. El idiota de nuestros días, fruto de la transformación que la modernidad ejerce sobre la condición humana, es un individuo cerrado sobre sí, autosuficiente y dueño de una voluntad soberana que se actualiza con cada elección que hace. Los rasgos consustanciales al idiota, pues, se hallan presentes –en mayor o menor medida– en cada uno de nosotros, toda vez que a ninguno nos es dado sustraernos por completo al diseño de unas sociedades concebidas bajo el sesgo de un totalitarismo blando y los parámetros tecno-económicos que rigen el curso de nuestros días.

No obstante, Fernando Muñoz demuestra en su ensayo cómo el arquetipo del nuevo hombre, donde convergen «la antropología liberal heredada, con su comprensión individualista y quebrada del hombre, el racionalismo moderno y la exaltación del Estado», encubre un mito falaz. El hombre de hoy es un ser anímicamente roto, desvinculado de toda matriz comunitaria y cuya pretendida libertad de acción no es sino el envés de su total sometimiento a la galaxia de dispositivos tecnológicos que vampirizan su atención. El libro abunda en páginas, tan brillantes como esclarecedoras, acerca de los efectos que estas ultramodernas formas de extrañamiento y desposesión tienen sobre la integridad de un individuo, el idiota locuaz, crecientemente «doliente y desesperado». Hay capítulos dedicados a indagar de manera exhaustiva en aspectos tan centrales de nuestra crisis colectiva como son la degradación del lenguaje, convertido hoy en una logomaquia imposible que nos atrapa en su tela de araña, o la rauda transformación de nuestros modos de trabajo y consumo, sustituidos por nuevas formas de producción y ocio en sintonía con los imperativos de una realidad que todo lo ha reducido a los esquemas unidimensionales de un racionalismo utilitarista.

Asimismo, el lector tendrá acceso a un análisis pormenorizado de las terapias psicológicas de última generación que se ofertan como paliativos a la epidemia de desórdenes psíquicos que se extiende entre nuestros coetáneos. En este punto, Fernando Muñoz exhibe una enorme perspicacia al desvelar los límites e insuficiencias a que dichas terapias se enfrentan, postulando que, al cabo, resultan ser poco más que precarios parches que se nos ofrecen bajo la premisa de que «de algún modo hay que ayudar a que la gente siga funcionando».

Pero el signo del libro no es meramente negativo. Tras la exposición de motivos que hacen del mundo un lugar «que nos empieza a resultar inhabitable», subsiste la vindicación de una alternativa posible. Se trata de restaurar, hasta el punto en que ello resulte factible, lo que el autor denomina «la estructura metasubjetiva de vida en común». Ello supondría, desde presupuestos metapolíticos, volver a una concepción del mundo donde, siguiendo el modelo de las relaciones de parentesco que articulaban el orden antiguo, los individuos fueran capaces de trascender el lúdico aislamiento en el que ahora vegetan y alcanzar una comprensión de la existencia por la que se sientan comprometidos con una esfera más amplia y humanizadora: la esfera propia de lo comunitario.

Esta es la propuesta vertebral del libro, el único modo de superar las dolorosas contradicciones en las que, a diario, nos debatimos en nuestro ser más íntimo. Salir de sí cada cual, salir de nosotros mismos para ir al encuentro fraterno del otro, para recuperar el dominio sobre el mundo de los objetos que nos rodean, luchar contra la barbarie de la vulgarización que infecta el lenguaje y devolver al trabajo la dignidad constitutiva que nuestra época le niega. Se trata, en definitiva, de una propuesta revolucionaria, aunque en modo alguna utópica. Una hermosísima «Coda apelativa» define en el libro las líneas de acercamiento a partir de la cuales instaurar «las condiciones antropológicas que permitan levantar la casa del hombre. Nutrir las fuentes de la esperanza».

Esperanza es un término de hondas resonancias religiosas. Implica una espera activa, una disposición alerta y responsable. Ahora que lo pienso, no cabe palabra más idónea para el poner el punto final a esta reseña.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas