Cubierta de 'Reconciliación'
My way
Memoria, defensa y legado de un rey en el exilio
Reconciliación no es un libro de memorias al uso. Es, ante todo, un ajuste de cuentas con la historia y con el olvido. Juan Carlos I, en el ocaso de su vida y desde el exilio tan solitario como caluroso de Abu Dabi, ha decidido romper su silencio. Lo hace de la mano de Laurence Debray, que cumple su papel con suma dignidad. En ningún momento dudamos de que sea el propio Juan Carlos I quien nos habla, y dota al discurso de cierta brillantez narrativa. Al margen de las simpatías políticas del lector, Reconciliación muestra el punto de vista del protagonista de acontecimientos y procesos que han conformado nuestro presente. Es, por lo tanto, un libro imprescindible.

Planeta (2025). 477 páginas
Reconciliación
Las páginas más logradas son, sin duda, aquellas que narran los años de formación del futuro rey, cuando era solo una pieza en la eterna partida de ajedrez que jugaron Francisco Franco y su padre, Don Juan de Borbón. Debray consigue transmitir la claustrofobia de aquella existencia vigilada, la soledad de un niño convertido en proyecto político, el dolor infinito que supuso la muerte de su hermano Alfonso. Estos capítulos poseen una notable densidad emocional que no cae en la cursilería ni en el melodrama, y contrastan con el tono más defensivo y justificativo de los capítulos posteriores. Es en esos años cuando se forja el carácter, la resistencia y el desencanto del futuro rey.
Porque Reconciliación es, no nos engañemos, un libro subjetivo. No podría ser de otra manera. Es el relato que Juan Carlos I deja para la posteridad, su versión de los hechos, su reivindicación personal frente a lo que considera un injusto ostracismo. No quiere que su vida solo sea contada por otros, y tiene derecho a mostrar su versión. Pedirle objetividad a esta obra sería tan ingenuo como reclamar imparcialidad a las memorias de cualquier protagonista histórico. La objetividad, esa quimera, corresponderá a los historiadores del futuro, si alguna vez llegan a alcanzarla.
El libro muestra la perspectiva de un hombre que se considera maltratado por la historia reciente, alguien que siente que su protagonismo en la consolidación de nuestra democracia y en el progreso de España está siendo borrado o minimizado por escándalos de su vida privada. Y en este punto, Juan Carlos I no carece de razón. Es innegable que aspectos de su conducta personal han empañado su legado. También es cierto que estos sucesos, por reprochables que sean, no deberían eclipsar su papel en momentos cruciales de la historia de España.
La Transición española requería astucia, capacidad de negociación, cinismo político cuando fuera necesario y una comprensión profunda de las debilidades humanas. ¿Era un hombre con una vida turbulenta, precisamente por eso, la persona adecuada para navegar entre tanta oscuridad? Los éxitos de Juan Carlos I sugieren que sí, que solo alguien que conociera las luces y las sombras del mundo –como también las conocían Churchill o Gorbachov– podría haber atravesado situaciones tan complejas y potencialmente explosivas.
Como Reconciliación subraya, Juan Carlos I pudo haber sido un monarca absoluto y renunció a serlo. Pudo haber perpetuado el franquismo bajo otra forma, pudo haber defendido las prerrogativas de la Corona con uñas y dientes. No lo hizo. Es cierto que el pueblo español no se lo habría permitido. La presión social y política hacia la democracia era considerable. Pero también es verdad que no forzó esa confrontación, que no provocó una pelea que, con toda probabilidad, habría sido sangrienta. Hubo transacción, hubo renuncia y una lectura inteligente de los tiempos. Incluso quienes afirman que jugó un papel secundario respecto de Torcuato Fernández-Miranda o Adolfo Suárez deberían reconocer, en tal caso, su capacidad para aceptar el criterio ajeno.
Lo que emerge del libro es el retrato de un hombre fuerte, resiliente, con una enorme capacidad ejecutiva, obligado a tomar decisiones brutales, que implicaban el desdoro de su propio padre o un riesgo vital real para él y su familia, un político nato en el sentido más pragmático del término. Alguien capaz de moverse entre bambalinas, de tejer alianzas imposibles, de convencer a los intransigentes de ambos bandos para que cedieran terreno. No fue un demócrata convencido desde el principio, quizá, pero sí un estratega que supo leer el momento histórico y actuar en consecuencia.
Reconciliación aporta el testimonio de un reinado complejo, valioso, fundamental para entender la España contemporánea. Es un libro parcial, escrito desde el dolor del destierro y el peso de los años, que recuerda a aquel clásico de Frank Sinatra: I travelled each and every highway. And more, much more than this. I did it my way.