Plaza Roja de Moscú
‘Soviépica’: la utopía es el recuerdo
Soviépica es una constelación de pérdidas que Fabián Perkovski, hombre optimista pese a todo, contempla con nostalgia risueña. A punto de cumplir los cincuenta, es moderadamente infeliz. Vive con su madre en la casa de la infancia, cultiva sus pequeñas rutinas, se relaciona cada vez con menos gente y tiene como centro de sus desvelos la agencia de barrio que fundó hace años, Viajes al Paraíso, amenazada por la competencia de internet. Fumador ocasional de habanos, desde hace cosa de un año está preocupado por un picor intenso, escozor a veces, que siente en la lengua. Su doctora lo tranquiliza, análisis en mano. Una mañana, mientras desayuna en el bar de siempre, descubre en El País la esquela del que fue su mejor amigo en la etapa universitaria de Moscú. A partir de ese instante –estamos en 2017–, pone rumbo al pasado.

Reino de Cordelia (2025). 296 páginas
Soviépica
A varios de sus pasados, porque en este libro hay muchos, astros ya inaccesibles en el cielo vital de Perkovski. Uno de los más conmovedores es el del padre, homenaje de Víctor Andresco al suyo, periodista y traductor también, muerto tempranamente, hijo de rusos que no conoció Rusia, «hombre invisible» –pero visible en una foto de Masats durante el rodaje de El Cid–, transmisor de un idioma impregnado de arcaísmo. Y más atrás aún, Fabián reconstruye el pasado de sus abuelos paternos, Dimitri Waller, tenor, y Anna Perkóvskaya, hija del general encargado de la intendencia en el Palacio de Invierno de San Petersburgo. El capítulo que recrea el primer encuentro de ambos en la estación de tren de Ginebra, en 1905, tras salir ella de un país en guerra con Japón, y los primeros años juntos entre París, Niza y San Sebastián, convertidos ya en apátridas, es prodigioso por su concisión narrativa y su primor literario. La capacidad evocadora tiene el aroma del mundo perdido de Irène Némirovsky.
Otro pasado muy presente en Soviépica es el del barrio. Este es un libro muy madrileño. La primera de sus tres partes –la mejor– se titula «Capital de la gloria» (muchos capítulos de la novela aluden en su epígrafe o en su desarrollo a libros o películas, por lo común rusos, pero no solo, en un verdadero festín cultural nada pedante). Fabián ha vivido desde siempre, exceptuando su paréntesis moscovita, en la Glorieta de Embajadores, en el edificio cuyos bajos ocupó el primer Simago de España. En ese mismo local abre él después su agencia de viajes. Tiene casa y trabajo a tiro de ascensor. Una de sus costumbres es recorrer todos los días su plaza en una «vuelta de reconocimiento», con la que constata cambios y rumia recuerdos. Preso en la órbita de su «glorieta mental», ve cómo va desapareciendo el barrio que conoció en su infancia, cuando aún podía atisbarse el Madrid menestral de Baroja o Barea.
Si el padre y el barrio son pasados contiguos, lo son por otra parte el amigo, el amor y el país perdidos. Quiere la casualidad, o acaso sea la sudbá –palabra rusa para el destino–, que un Fabián de dieciséis años pasee un día cerca del Palacio de los Deportes y entre por curiosidad, y porque es gratis, a un festival por la unificación comunista. Allí conoce a Bruno, que después será su mejor amigo, y oye cantar a Aitana, que luego se convertirá en su gran amor. Ellos tres y otros jóvenes españoles viajan becados en 1985 a la Unión Soviética para estudiar en la Universidad de Amistad entre los Pueblos Patricio Lumumba. Constituyen una célula del partido, disfrutan en cinefórums vibrantes y viven la soviépica, la épica de los sóviets. Aventura, la de la URSS, no siempre gloriosa según Fabián, pero él se dispone a «recordarla con respeto». Un respeto que no concede al anticomunismo en comentarios esporádicos, aunque ahí mejor no entrar, porque es cuestión secundaria en el libro.
El tono de crónica sentimental con humor y la exposición didáctica para profanos de las peculiaridades rusas (soviéticas) recuerdan algo a un libro que menciona Andresco, A Moscú sin Kaláshnikov, de Daniel Utrilla, imprescindible para algunos que hemos pasado allí una parte de nuestra vida. En la década larga de su estancia, Fabián conoce el amor eterno, que le dura un curso, pero añorará ya siempre, vive la disolución de la URSS y se relaciona con personas de las que va sabiendo cada vez menos, hasta llegar a su átono presente. Llevado por una trama novelesca, que es lo más forzado de Soviépica, vuelve a Rusia para tomarse un descanso y, de paso, averiguar por qué se ha ido quedando aislado de sus viejos compañeros. Entonces descubre dolorosas deslealtades en el pasado. Parte de este se propone recuperarlo a su regreso. El escozor de su «lengua de mercurio» –subtítulo del libro y metáfora de variada interpretación– va desapareciendo. Aun así, en la soledad de su cuarto resuena «el aterrador silencio de todo lo que ya no existe». La utopía, ese no lugar de las improbables perfecciones del ideal, se le ha mudado de sitio: lo más parecido a la utopía es el recuerdo.