Cubierta de 'La casa de los extraños huéspedes'
`La casa de los extraños huéspedes´: una rara mansión y una tremenda trama por resolver
Un clásico de la ficción detectivesca británica para los amantes del género
Brady es uno de los tantos pseudónimos empleados por el escritor inglés John Víctor Turner, un periodista de sucesos en Londres de principios del siglo pasado. La editorial Siruela reedita ahora en su colección «Clásicos del tiempo» una de las más brillantes novelas de crímenes londinenses. Todo sucede en una vivienda de The Glabes, rodeada de penumbra, dentro de un parque sombrío y siniestro. Summers, un mayordomo profesional, impasible, frío e imperturbable, es el encargado de informar al temible Hallows, inspector del Departamento de Investigación Criminal, de la muerte de míster Mostyn, un jubilado, soltero y rico, que disfrutaba del lujo y del refinamiento en su mansión. Curiosamente, esta estaba casi siempre llena de huéspedes variopintos, gente que se comportaba afablemente, al tiempo que se ocultaba bajo un nombre falso.

Siruela (2025) 256 páginas
La casa de los extraños huéspedes
Hallows es famoso por su extraordinaria curiosidad y el aluvión de preguntas que se le ocurren en cada momento del caso. Él mismo confiesa que le encanta su trabajo en la policía, siempre que no interfiera con sus horas de comer. Ante los problemas que van surgiendo a la vista del cadáver y del escenario del crimen, el diplomático mayordomo confiesa que su señor tenía contratados a cinco personas a su servicio, ya que cada noche recibía a un numeroso grupo de «extraños» invitados, calificados así por no tener nada en común ni entre ellos ni con el dueño de la casa. Con estas afirmaciones, el asombrado inspector cree estar ante un extraño circo e incluso una alucinación que tendrá que resolver.
Pero no estará solo, pues uno de los huéspedes, el excéntrico Raymond Simms, se revelará como un famoso reverendo, llamado Ebenezer, al que se le concede el privilegio de ayudar a Scotland Yard gracias a su gran agudeza para la resolución de crímenes. Realmente, y no tardaremos en descubrirlo, será él quien lleve el peso de la investigación y vaya guiando al inspector con sus pistas y brillantes ideas al más puro estilo de la novela negra clásica. Se trata de un personaje tan fantástico como Sherlock Holmes, con sus peculiares divagaciones de jardinero aficionado y sus continuas citas de autores latinos.
Así pues, dos de los cerebros más inteligentes de Londres se aúnan para desentrañar esta maraña de gente rara y tremendamente cohibida que convive durante unos días en la extravagante mansión del recién fallecido Mostyn. Todos los personajes que desfilan por la novela están tremendamente desmoralizados, seguramente por la presencia de los otros huéspedes en la casa, más que por la propia invitación de su dueño.
Con las interpelaciones a cada uno de ellos, descubriremos un buen ejemplo de análisis psicológico, y esto es algo muy importante en la historia, pues no nos encontramos en absoluto el gusto por la sangre de mucha de la novela policíaca actual, sino el sutil arte del interrogatorio policial, las pesquisas propias de mentes inteligentes y la elaboración de magníficos perfiles psicológicos de todos los personajes.
Poco a poco, tras arduas entrevistas y repasos de la escena del crimen, el lector irá dilucidando quiénes son en realidad todos estos hombres y mujeres que encerraban sus misterios en la casa de Mostyn, y quién se esconde en realidad tras este hombre, de cuya muerte parece que todos se sienten agradecidos.
Descubriremos que Ebenezer, que se erige en el personaje principal de la novela, es un hombre perspicaz y magnífico en la búsqueda y el hallazgo de eslabones en la cadena de pruebas. Esto, además, le convierte en un hombre tremendamente feliz, que, al mismo tiempo que en su mente se formaba la cuestión filosófica de por qué la verdad es a veces más engañosa que la mentira, no deja de preguntarse si es aconsejable cultivar guisantes en el invernadero.
El fantástico personaje del reverendo, un auténtico fanático de las citas literarias y las técnicas de cultivo floral, consigue que la novela se enriquezca sobremanera con su fino y culto vocabulario, la ironía y el humor. Nos daremos cuenta rápidamente de que su filosofía de vida es la que mezcla un pellizquito de crimen, una considerable cantidad de jardinería y una poderosa reflexión sobre las citas que dejaron hombres que sabían bien de lo que hablaban. Es más, él mismo se ríe de sí mismo y de su forma de expresarse: «Sé que una prueba no garantiza una condena, igual que una golondrina no hace la primavera, pero es bueno tener un ancla en un océano de dudas; ¡santo cielo, inspector! ¿Había oído usted una sucesión de metáforas peor en toda su vida?»
El estilo y el vocabulario empleados por el autor son exquisitos, a veces cargados de intertextualidad de autores clásicos, sobre todo filósofos. Está planteada al más puro estilo dialéctico, extrayendo todas las hipótesis a través de los innumerables diálogos mantenidos en sus páginas. Por otro lado, Hallows hace disfrutar al lector con su constante sentido del humor y su sarcasmo ante la vida en este enredo lleno de falsedades y oscuridad. De hecho, desde el principio se hace efectiva la cita de Lord Lytton: «En la vida de un hombre no hay nada cierto más que el hecho de que deberá perderla».