Cubierta de 'Ana, la de Tejas Verdes'
'Ana, la de Tejas Verdes': la bella historia de una huérfana que cautiva el corazón del lector
Reedición de un clásico de la literatura infantil situado en los bellísimos paisajes de la Isla del Príncipe Eduardo (Canadá)
Calificada como literatura infantil, pero totalmente (e incluso recomendable) para todos los públicos, nos encontramos con Ana, la de Tejas Verdes, una novela de 1908 ambientada en Avonlea, lugar de nacimiento de la propia autora, Lucy Montgomery, con quien la protagonista Ana Shirley tiene bastante en común, pues ambas son huérfanas.

Traducido por Vicente y Laura Muñoz Puelles
Anaya (2025). 439 páginas
Ana, la de Tejas Verdes
La nueva edición de Anaya tiene una muy sugestiva portada, letra grande y notas de los traductores (Vicente y Laura Muñoz Puelles) que ayudan a comprender ciertas palabras antiguas y, sobre todo, a conocer la intertextualidad de la novela, repleta de referencias literarias y alusiones a poetas de la época.
Nos encontramos en este relato a una protagonista ideal: una niña tremendamente imaginativa, muy habladora, romántica, soñadora, plenamente idealista, que consigue contagiar a todos (personajes y lectores) con su grandísimo corazón, su fantasía desbordante y sus enormes ganas de vivir.
Ana Shirley, por encima de todo, desea amar y ser amada. A menudo se pierde en su imaginación pues, después de haber habitado en los horrores del orfanato y transitar de familia en familia, crea para ella misma países de ensueño, bellos lugares inalcanzables que imagina, muchas veces para enfrentar la dureza de la realidad. Ana es igual de intensa en sus odios y en sus amores, mucho más abundantes, eso sí, los segundos.
Nuestra jovencísima protagonista apenas tiene once años cuando es adoptada por dos hermanos solteros y va a vivir con ellos a la granja de Tejas Verdes, está entusiasmada con la vida y derrocha alegría y energía, llenando de vitalidad a todos los que la rodean. Se fija en todos los detalles de la vida y ama las cosas sencillas. Su pasión, su romanticismo y su eterno amor por la naturaleza no tiene límites.
Ella sabe muy bien lo que duele estar ilusionada con algo y no conseguirlo, pero es tan franca y sincera, y está tan acostumbrada a que la riñan, que parece capaz de soportar cualquier situación o castigo, por injusto que sea. Para Ana, cualquier descubrimiento es maravilloso, ya sea referido al mundo natural como al encontrado en el interior de las personas. A pesar de sus ingenuos errores o continuas meteduras de pata, consigue que todos la quieran y se gana el corazón de hasta los más reacios.
Son especialmente bellas las descripciones del paso de las estaciones en Avonlea, dibujadas con un cromatismo y una sensibilidad dignas de admiración. La propia Ana, ante tanta belleza desbordada, «bautiza» a su manera todos los paisajes que la acompañan durante su infancia y sus aventuras: el Estanque de las Aguas Luminosas, el Sendero Blanco de las Delicias, el de los Amantes, la Vereda de los Abedules, el Valle de las Violetas…
Puedo afirmar con total certeza que la novela de Montgomery destila un encanto innegable. Siguiendo un poema de Robert Browning (1812-1889), se describe a Ana toda «espíritu, fuego y rocío», ya que siente los placeres y los dolores de la vida con doble intensidad. Ante su entusiasmo vital y los pequeños detalles que muchas veces solo ella aprecia, los demás la suelen tratar con frialdad y desdén, salvo cuando tiene la suerte de encontrar un alma gemela, lo cual la colma de felicidad. Lo bueno de esta niña desamparada es, precisamente, que huye del recato y del equilibrio, y eso es lo que la hace ser tan especial.
Durante sus años de primera juventud, Ana vive con sus protectores: el silencioso Matteuw, que la adora desde que la vio por primera vez en la estación, y la crítica Marilla, a quien todo le parece mal y quien cree en la necesidad de una educación estricta, un tanto alejada del amor. Sin embargo, Ana contrapone la sensatez de los adultos al romanticismo que invade todo su ser, a pesar de que está segura de que ha nacido bajo el signo de una estrella desafortunada, pues todo cuanto imagina la pone en peligro o hace que cometa alguna torpeza.
La novela, escrita hace más de un siglo, hace partícipe al lector de las ideas de la autora, que en su momento ya criticaba el hecho de que, en su época, incluso las propias mujeres se creyeran incapacitadas para una educación superior, pues eso las alejaba e invalidaba para su verdadera misión. Sin embargo, la autora critica en la novela el machismo imperante a principios del siglo XX, incluso considera que las mujeres serían unas espléndidas ministras de la Iglesia.
Esta preciosa y entrañable obra clásica es un canto de amor a la naturaleza y a la amistad, a la imaginación y a la literatura, todo ello encarnado en una inolvidable joven, Ana, la de Tejas Verdes.