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Wolfram Eilenberger

Wolfram EilenbergerWikimedia Commons

Una mirada a los protagonistas de la deriva posmoderna de la filosofía

Eilenberger explora la vida y obra de autores como Adorno o Foucault para explicar el origen de muchas ideas contemporáneas

Quizá este no sea el libro más logrado de Eilenberger, pero desde un punto de vista filosófico sí que puede decirse que es el más relevante. La fórmula es idéntica a la empleada en sus anteriores incursiones por la filosofía del siglo XX, ya que recoge, de modo coral, los principales hitos biográficos e intelectuales de quienes llevaron la batuta de la cultura en las últimas décadas; en concreto, Adorno, Sontag, Foucault y Feyerabend, autores que buscaron no tanto romper con el mundo moderno como estirar sus presupuestos en todo lo que daban de sí.

Cubierta de El espíritu del presente

Traductor: Joaquín Chamorro Mielke
​Taurus (2025). 440 páginas

Espíritus del presente

Wolfram Eilenberger

De hecho, no es casual que Eilenberger decida comenzar su ensayo preguntándose, como esos rebeldes del pensamiento, qué queda de la Ilustración, para terminar defendiendo la eterna vigencia del famoso texto en el que Kant define las Luces como la salida de la minoría de edad de la razón. Ahí está la tesis con la que Eilenberger refuta ese viejo cuento, destinado a servir de consolación, según el cual la posmodernidad cercena, de golpe, nuestras raíces ilustradas, abocándonos a vivir ya para siempre en espacio laberínticos o simple y llanamente confusos. Según se intenta explicar en este libro, no hay corte, sino más bien un mismo e idéntico anhelo: un mismo tono, con otro cantar.

Como en Tiempo de magos o en El fuego de la libertad, Espíritus del presente sacia tanto el ansia curiosa del chismoso como el deseo de indagación de quien se pregunta por la forma en que irrumpen las ideas. Por eso, abundan en el libro las anécdotas y las emociones y en él se habla, por ejemplo, de las turbulencias psicológicas de Susan Sontag o de Foucault. Sería presuntuoso, sin embargo, pensar que estas dimensiones de la existencia tienen poca resonancia a la hora de elaborar o pulir las aportaciones de cada uno de ellos. Quizá no sea descabellado subrayar uno de los logros más señalados de estas obras de Eilenberger, que explican por qué pensar y vivir son caras de una misma moneda y muestran que, a menudo, el contexto vital proporciona la clave imprescindible para entender con mayor hondura las contribuciones de los intelectuales.

De ese modo, si Foucault bucea en las idiosincrasias de la locura es para explicar –y explicarse– sus raptos suicidas. ¿Acaso no nos informan los diarios de Sontag de sus dudas y empeños culturales? ¿O no nos dispensa la correspondencia de Adorno con los otros integrantes de la Escuela de Frankfurt un hermoso caudal para comprender sus cautelas ante las revueltas estudiantiles? Hasta Feyerabend escribió unas fabulosas y entretenidas memorias a fin de justificar su anarquismo epistemológico y su inveterada renuencia para someter la ciencia a los rigores del método.

Claro está –y lo confiesa directamente el autor– que a fin de explicitar la índole de nuestro presente se podría uno haber decidido por otros protagonistas y otras historias. Y por otros enfoques, por supuesto. Cada día tiendo a pensar con mayor convencimiento que la casualidad es más significativa en términos históricos de lo que imaginamos, porque el desarrollo de la cultura e incluso el hallazgo de la verdad están sembrados casi siempre de felices coincidencias. Los esfuerzos de un filósofo erudito y enigmático como Adorno, unido a las veleidades culturales de Sontag, a la sutileza para analizar la contemporaneidad de Foucault y, en fin, a la devastadora y atípica mente de Feyerabend, dan cuenta del pródigo panorama filosófico de las postrimerías del siglo pasado. Sea como fuere, más allá de las inclinaciones personales del autor, la envergadura de estos pensadores contestatarios resulta incuestionable: con lo dicho inopinadamente por ellos en alguna de sus obras se podrían escribir indefinidamente tesis e incontables trabajos de investigación.

Pero, además, los cuatro tienen puntos en común y, en muchos casos, sus vidas llegaron a entrecruzarse. Sontag, Foucault y Feyerabend se leían recíprocamente y al principio habían acudido a la fuente representada por Adorno para afilar su propio sentido crítico. Por otro lado, aunque no fraguaran una amistad personal entre ellos, se rendían honestamente admiración, lo que entre intelectuales no deja de ser un tributo insólito.

Aun terminando todos con Kant y apuntando al consuno la necesidad de vigilar las astucias del poder con el objetivo de evitar su influjo, esta cuadriga de la filosofía contemporánea transitó entre el radicalismo y la conformidad, enseñando con sus vidas, en gran parte malogradas, que el nihilismo puede ser una actitud ciertamente efectista, pero que de ningún modo es recomendable cifrar en el vacío el propósito de la existencia.

Ahora bien, hay dos conclusiones que se pueden extraer de este concienzudo libro, muy formativo e idóneo para quienes deseen asomarse al paisanaje de la filosofía contemporánea. En primer lugar, que es evidente que las ideas tienen consecuencias: ahí está el desenlace de Adorno y sus adláteres de Frankfurt, que pasaron de ser considerados los timoneles de la revolución a acusados de complicidad con el sistema burgués. Por otro lado, que comprender el presente –la meta que impulsa, de acuerdo con Foucault, la reflexión filosófica– requiere introducirse en la espeleología y exige casi dejarse la vida buscando los orígenes intelectuales de lo que nos pasa, sea esto lo woke, la cancelación o la obsesión identitaria. Y es que, bien pensado, ¿se puede, en ausencia de un adecuado diagnóstico, paliar mínimamente alguna dolencia? Definitivamente, la respuesta es negativa.

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