Hannah Arendt en 1935
'¿Qué es la autoridad?': Arendt alerta contra la erosión de la libertad
Por paradójico que parezca, el mundo moderno ha dinamitado las bases de la autoridad y con ello ha devastado la vida política
Habrá algún ingenuo que crea que la crisis de la política es reciente y que tiene que ver sobre todo con el anquilosamiento de la democracia liberal. Para Hannah Arendt, sin embargo, viene de lejos y se halla más próxima a las alteraciones ocasionadas en el mundo moderno, así como con factores que trascienden las fronteras de la ciudad, alcanzado los confines de la ciencia y la antropología.

Traducido por Roberto Ramos Fontecoba
Página Indómita (2024). 128 páginas
¿Qué es la autoridad?
En ¿Qué es la autoridad?, la filósofa alemana se muestra taxativa: la autoridad, precisamente, constituye el rasgo de la polis que hoy más brilla por su ausencia y, para desgracia de quienes sufrimos la marcha de los asuntos públicos, no hay esperanzas de recuperarla pronto. Para comprender este ensayo, tan significativo que merece la generosidad de la relectura, no es necesario saber nada más acerca de las interesantísimas –y, a veces, polémicas– propuestas de la autora, pero algunas pinceladas sobre el alcance de lo que dijo probablemente ayude a vislumbrar con más claridad qué extensos parajes alcanzó gracias a su su pasión por «pensar sin asideros».
Para Arendt, la esencia de lo humano consiste en su capacidad por crear, con originalidad, realidades que no cuentan con un sustrato biológico y natural y que florecen, como la cultura, a causa de nuestra obstinación espiritual. O la fama, el principal bien que se propone conseguir el que se dedica a la política. La autoridad es, en este sentido, otro de esos rasgos que conforma el patrimonio político occidental, cuyo origen se remonta a Grecia, aunque los romanos fueron quienes le dieron su articulación más acabada.
Que los correligionarios de César ubicaran en el senado –o sea, entre los ancianos, sabios y prudentes– la autoridad y que la arraigaran en tiempos remotos quiere decir que tenían en consideración su nexo con aquellas estructuras que fundan la estabilidad de nuestro mundo e impiden que lo político se desvanezca en el aire.
La liturgia, los ritos, los giros del lenguaje, al igual que, por decir algo, los símbolos o incluso las vestimentas, no son agregados insustanciales de nuestras costumbres políticas –ni de las religiosas, como ha revelado el reciente cónclave–, sino la manera en que transformamos aquello que está a nuestro mano en un regalo u obsequio indisponible, sacralizándolo a fin de redimirlo de la arbitrariedad y lograr esa consistencia de la que lo humano, lamentablemente, carece.
A lo largo de estas páginas, Arendt se refiere repetidas veces a la triada formada por la autoridad, la religión y la tradición, triada merced a la cual en este caso lo público logra respetabilidad y se eleva al cielo de lo intangible, manteniendo a raya cualquier arrebato despótico. De ahí que la decadencia política tenga su origen en el olvido de esos tres conceptos y deje el camino expedito para la emergencia del absolutismo.
El mundo antiguo no desconocía el flagelo ni los estragos ocasionados por la tiranía y, por ello, sabía de la urgencia de introducir una variable como la autoridad, un elemento que ningún politicastro puede fabricar ni proveérsela por sí mismo, puesto que es objeto únicamente de reconocimiento.
A tenor de lo señalado por esta alemana de clarividencia mitológica, cabría decir que vivimos en sociedades mucho más represivas, en la medida en que la erosión de la autoridad ha conllevado el incremento de prohibiciones y castigos insospechados.
Si no basta la legitimidad para persuadirnos de la idoneidad de buscar el bien común, será la fuerza la que tenga la última palabra para que el redil no se desmadre. Llevado al extremo ¿no habla acaso Byung–Chul Han, recientemente galardonado con el Princesa de Asturias, de la psicopolítica, esto es, de un dominio de lo estatal que ya no se ejerce sobre el cuerpo, sino sobre la interioridad de cada uno?
Perspicaz como era, Arendt, sin embargo, se manifestó menos sensible a la aportación del cristianismo, quizá por el deslumbramiento causado en ella por el glamuroso y resplandeciente mundo pagano. Se puede pasar por alto que no entendiera la transformación –la revolución– del mensaje cristiano y cómo este era por completo incompatible con el trasfondo político de las religiones antiguas. Ratzinger, al respecto, hablaba de que, para estas últimas, la Buena Nueva fue lo más parecido a una Ilustración, más purificadora, eso sí, que destructiva, a diferencia de la del siglo XVIII.
Arendt escribió otros ensayos de indudable atractivo y su investigación transitó por temas que desgraciadamente no despiertan hoy solo un interés histórico. ¿Quién pensó, cuando vio la luz, en 1951, que Los orígenes del totalitarismo era un volumen llamado a convertirse en una obra de consulta inexcusable ante la corrosión de la libertad? ¿Cómo se nos iba a ocurrir que, en pleno siglo XX, políticos sin escrúpulos se alzaran con el poder y cautivaran a la ciudadanía? ¿No nos sorprende a todos que la banalidad del mal nos resulte tan terroríficamente próxima?
Como cualquier puede imaginarse tras lo indicado, sobran motivos para revisitar la producción de esta mujer independiente; también este ensayo, magníficamente editado y traducido –como ya es costumbre– por Página Indómita nos enseña algo relevante y sintomático: que debemos recomponer las esquirlas de la autoridad si deseamos sanar la vida pública y recobrar, de una vez por todas, la cordura política.