El escritor austriaco Thomas Bernhard
'Andar': locos por (y con) Bernhard
Contraseña reedita esta novela breve que condensa el estilo único del escritor austríaco
No sé si tiene mucho que ver, pero la lectura de Thomas Bernhard me recuerda siempre a Anatoli Kárpov. Al ajedrecista ruso, campeón del mundo durante 16 años, lo llamaban «la boa constrictor» por su estilo de juego. Kárpov sometía a sus oponentes a una presión constante, los iba asfixiando lentamente, hasta que se encontraban en la misma boca del lobo, vencidos desde que movieron el primer peón.

Contraseña (2025). 120 páginas
Andar
En ese sentido —seguimos con las analogías caprichosas—, la lectura de Bernhard también me trae a la memoria el conocido aforismo de Kafka: «A partir de cierto punto no hay retorno. Este es el punto que hay que alcanzar». La obra del escritor austríaco, tanto en fondo y forma, nos sitúa en ese lugar en que solo queda deponer las armas y tomar uno de dos caminos, si no son el mismo: enloquecer o reír.
Tiene Thomas Bernhard (1931-1989) fama de autor inclemente y antipático. Cuenta con una fidelísima happy few de seguidores y un nutrido grupo de lectores que preferiría no hacerlo. Es de esos escritores que no sabes que te gustan hasta que los pruebas, como los platos poco apetecibles que nos ofrecen en los mercados callejeros de los destinos turísticos exóticos.
Yo me inicié hace poco, menos de un año, en Bernhard. Lo hice para confirmar que, a mi edad, no estaba para libros de un solo párrafo, de frases interminables, esos libros que los connoisseur te intiman a leer con urgencia: ¿Ah, que todavía no has leído a Bernhard? Me inicié con el excelente Trastorno y he seguido con este Andar recuperado por la editorial Contraseña, que no le va a la zaga.
Andar arranca en un punto realmente ingenioso: Karrer, amigo del narrador, se ha vuelto loco, por lo que el narrador, que salía a caminar con él los lunes, pasa a andar también los lunes con Oehler, con quien ya andaba los miércoles. Oehler, aparentemente, no está loco y durante sus caminatas le va relatando en un monólogo interpuesto las circunstancias en que se volvió loco Karrer.
Todo transcurre al más puro estilo Bernhard: largas frases que operan como laberintos conceptuales y formales, con variaciones y repeticiones obsesivas, tan machaconas que lindan con el absurdo, tan asfixiante que despierta la carcajada histérica. Cuentan que al término de la primera representación del Bolero de Ravel una señora se levantó espantada, gritando: «¡Está loco, está loco!». Y es más o menos la impresión que deja una primera lectura de Bernhard, y la impresión que quiere dejarnos.
Dice Virginia Maza, traductora de este libro, que Andar «condensa los fundamentos de la prosa de Bernhard». También sus temas: la locura, el vacío, el suicidio, la crítica implacable al Estado, la terrible condición humana y la enfermedad como condición del ser. Tratándose además de una novela corta, parece una buena puerta de entrada al escritor austríaco, eso sí, a portagayola, porque no hay otra manera de entrar en Bernhard.
A partir de cierto punto —evidentemente, el punto de no retorno—, si se concuerda con la prosodia de Bernhard, ya estamos más en la melodía que en la letra, y la lógica deja de tener sentido, como en la música, donde el entendimiento cae por debajo de la partitura. Andar es, de hecho, una invitación a cejar el pensamiento, a sospechar del pensamiento como la forma más exasperante de la existencia.
«El corazón, si pudiera pensar, se detendría», dice Pessoa. El pensamiento, si piensa de verdad, se detiene, añade Bernhard. Y, con él, el hombre, un animal que anda de pie y que siempre está en el umbral del manicomio.