Detalle de cubierta de 'Arrowsmith'
‘Arrowsmith’, doctor sin remedio
Un profesional de vocación firme se verá obligado a decidir, en nombre de la ciencia, si sacrifica vidas hoy para salvar vidas mañana
Al olisquear esta novela, el lector dudoso quizá haga un mohín. Trata en buena medida de cuestiones médicas, se publicó en 1925 y breve no es. Lo primero puede ahuyentar a quienes no dominamos los tecnicismos de la materia. Lo segundo a aquellos que, dominándolos, perciban lo desfasada que la parte científica haya podido quedarse. Lo tercero, a todos por igual. No hay cuidado. La lectura merece la pena. Al cabo, esta novela habla de vidas, de virtudes y vicios en una sociedad concreta, que queda retratada con amplitud. Y sí, habla también de la vida como hecho biológico, de su preservación y de los dilemas que esta lleva aparejada.

Traducción de Carlos de Onís
Debolsillo (2022). 672 páginas
Arrowsmith
Hijo de médico, el escritor Sinclair Lewis parece haber transferido a Martin Arrowsmith el instrumental que él no utilizó. Acaso también parte de su carácter: independiente, algo misantrópico, muy digno, a veces hasta el desprecio (esta edición reproduce la carta que el autor dirigió al comité del Pulitzer para justificar su rechazo del premio, que le concedieron por la novela; más tarde llegaría el Nobel). Buena parte de los problemas que tiene el protagonista en su vida personal y laboral se deben a un sentido de vaga superioridad, que más bien encubre indolencia para las relaciones humanas. Ahora bien, si un rasgo lo caracteriza sobre otros es la curiosidad sin límite por asomarse al ocular del microscopio. Una curiosidad absorbente que es su destino inevitable, sin remedio.
La novela comienza con una brevísima escena –reproducida también por John Ford en su esquemática adaptación a la pantalla de 1931–, en la que una muchacha de unos catorce años guía un carruaje por parajes inhóspitos de Ohio, con su padre enfermo. Desoye las indicaciones de este para cobijarse con unos familiares en Cincinnati: «Vamos a seguir avanzando todo lo que podamos. ¡Vamos al Oeste! ¡Hay muchas cosas nuevas que tengo que ver!». Es la bisabuela del protagonista. Elipsis de tres generaciones, y el capítulo continúa con un Martin Arrowsmith también de catorce años, instalado ya como ayudante de Doc Vickerson, médico de Elk Mills, en el ficticio estado de Winnemac. Estamos en 1897. El lector, por ahora, no sabe hasta qué punto lleva ese joven el entusiasmo pionero impreso en sus genes.
Vickerson, anciano borrachín y desastrado, anima a Martin para que se labre el futuro luminoso que él no pudo alcanzar, y le dice que en la biblioteca de un médico no debe haber más que tres libros: la Anatomía de Gray, la Biblia y las obras de Shakespeare. Esa primera figura tutelar se ve eclipsada, ya en la universidad, por Max Gottlieb, profesor de Bacteriología, judío alemán exiliado. Es huraño, librepensador e inflexible en su alegato por una ciencia pura, de laboratorio, menos complementaria que antagónica de la medicina que cura, propia, según él, de mercachifles. Arrowsmith se identifica con Gottlieb por carácter y por convicciones, a las que no siempre será fiel, obligado por la realidad. El eje vertebrador de la acción hasta el final de la novela, ya en los años posteriores a la Gran Guerra, es esa dialéctica con el rigorismo experimental del maestro.
En su formación y en su ejercicio profesional, Arrowsmith irá conociendo a todo tipo de personajes, que le sirven a Lewis para trazar un fresco de la sociedad norteamericana de la época, no exento de la sátira propia del autor. Charlatanes, arribistas, fanáticos, diletantes, venales, atolondrados, de todo hay, pero también quien profesa el idealismo limpio, la amistad franca y el amor incondicional. Lo demuestran el hiperactivo y vitalista Gustav Sondelius, generoso hasta el sacrificio máximo, Terry Wickett, imprevista alma gemela de Arrowsmith, y la encantadora Leora Tozer, su mujer. Siempre discreta y postergada, lo acompaña en sus distintos desempeños, médico rural en Dakota del Norte, funcionario de sanidad en Iowa, doctor en una clínica privada de Chicago y, finalmente, investigador en el puntero Instituto McGurk de Nueva York, donde Arrowsmith se reencuentra con Gottlieb. Esa trayectoria de mejora progresiva, laboral y social –esto último a su pesar, por las servidumbres añadidas–, se revela finalmente como un paradójico ascenso a los infiernos.
En la cima de su prestigio por haber hallado –y haber sido presionado para difundir en una revista especializada– un presunto bacteriófago, lo envían para validar su eficacia, en plena epidemia de peste bubónica, a una isla ficticia de las Antillas. Aquí la prosa de Lewis se contagia de exuberancia tropical, y la conciencia de Arrowsmith se oscurece de angustia. Si hace caso a Gottlieb, y a su propio planteamiento teórico, debe dejar sin inmunizar a la mitad de la población para que sirva de grupo de control. De lo contrario se arriesga a que el experimento fracase. Doctor sin remedio –sin remedio ahora para quien quizá pueda salvar la vida gracias a él–, sufre su más doloroso dilema: traicionar sus principios científicos o traicionar sus fines médicos. Nada desvelaremos del final de la novela, más allá de que, tras tantos avatares, ganancias y pérdidas, Arrowsmith parece acabar obedeciendo el consejo volteriano de retirarse y cultivar el propio huerto. Un cultivo en este caso de microorganismos, para saciar su hambre heredada de conocimiento: «¡Hay muchas cosas nuevas que tengo que ver!».