Juan del Val durante una de sus apariciones televisivas
'Vera, una historia de amor', la novela de Juan del Val que no habla de amor
La ganadora del Premio Planeta 2025 es, sin duda, una novela floja, mal escrita y previsible
Hace apenas unos días salía a la venta Vera, una historia de amor, la novela de Juan del Val que ha sido galardonada con el Premio Planeta 2025. Un título falaz para un folletín que ni habla de amor ni aporta nada a la literatura. Una novela soez, vulgar y mal escrita, con nombre femenino pero con mucho machismo de fondo.

Planeta (2025). 360 páginas
Vera, una historia de amor
Capítulos cortos como planos televisivos, conflicto fácil, trama superficial y personajes estereotipados. Si la prosa acompaña poco, por lo pobre del lenguaje y la falta de originalidad, la ausencia absoluta de psicología en los personajes termina por rematar este producto comercial, de fácil digestión, y que se parece más a un telefilme de sábado por la tarde que a una obra literaria.
La novela nos transporta a la Sevilla actual, donde transcurre la vida de la protagonista entre cortijos, caballos, ropa carísima, restaurantes de lujo, pasos de Semana Santa y luces de Feria. Vera es guapa, rica y está casada con un marqués de esos que huelen a naftalina y a final de raza; por ese motivo, un buen día se despierta hastiada de su vida y decide separarse del marqués y ser ella misma. La trama, comercial donde las haya, lejos de dar un giro inesperado, introduce al personaje de Antonio, vendedor de pisos, guapo y de Vallecas. Y es ahí donde surge un amor entre interrogaciones, por mucho que el escritor se empeñe en hacernos creer que el deseo es lo mismo que el amor.
Juan del Val no se ha ido muy lejos para inspirarse en Vera, que tiene un ligero parecido con Desideria Oliván, la protagonista de La pasión turca (Planeta, 1993), y Palmira Gadea, de Más allá del jardín (Planeta, 1995), ambas novelas del escritor Antonio Gala y publicadas por la misma editorial que ahora le ha galardonado con tan prestigioso y sustancioso premio. Vera, al igual que Palmira, pertenece a la alta sociedad sevillana, vive en un mundo de apariencias, linajes, rutinas privilegiadas y rigidez moral; y, como Desideria Oliván, reafirmará su valor como mujer a través del sexo. Por supuesto, ahí termina la inspiración, porque Vera no ofrece nada más. Es un personaje tan plano como el resto de los que conforman la narrativa. Antonio, cuyo mayor mérito –por las veces que se repite en el libro– es ser guapo y ser de Vallecas, y el marqués, alias Borja Manuel, esbozado por un cúmulo de tópicos, carece de presencia y garra.
Lo que más debería preocupar en esta obra es el vacío inmenso al que se arroja a los personajes femeninos: Vera, Alba y Gabi, que alcanzan su plenitud a través del sexo. El escritor construye la identidad más auténtica de las mujeres de la novela no a través de logros intelectuales, profesionales o personales, sino a través de la entrepierna. Vera, cuando supera las enseñanzas pacatas de las monjas del colegio; su amiga Gabi, que va listando en un cuaderno cada hombre con el que ha mantenido encuentros esporádicos desde que tiene memoria; y Alba, arquetipo del cayetanismo patrio, que mantiene un par de tórridos encuentros con el hermano pequeño de Antonio y que solo sirven para incorporar una de las escenas más perturbadoras del libro.
En definitiva, una trama que se lee tan rápido como parece haberse escrito. A los lectores más curtidos solo les llevará una noche; los que leen un poquito más despacio, quizás tarden dos días. Vera, una historia de amor es una novela llena de carencias, despojada de toda ambición literaria, de fácil guionización para una plataforma televisiva, pero difícil de defender dentro del rigor que exigen los premios literarios.