Cubierta de 'Jorge Luis Borges'
Las orillas de la eternidad: ‘Jorge Luis Borges. Un destino literario’
El autor argentino vuelve a este lado del espejo en la completa biografía de Lucas Adur
La colección Biografías de Cátedra es un empeño editorial de calado. En los títulos que conforman su catálogo se revisan a fondo vida y obra de autores clásicos, en español y en otras lenguas: hasta ahora, y por orden de publicación, Lope, Dante, Sor Juana Inés, Thoreau, Bécquer, Molière, Darío, Borges y Fray Luis. Son volúmenes cuidados en lo textual, aúnan amenidad y rigor académico, y tienen una presentación atractiva, con la imagen del biografiado en cubierta y una falsa faja de color crema que los unifica visualmente.

Cátedra (2025). 720 páginas
Jorge Luis Borges. Un destino literario
De la trayectoria vital de Borges se encarga Lucas Adur, bonaerense también, que le ha dedicado su tesis doctoral y otros muchos proyectos. Esta nueva aproximación viene justificada por la necesidad de incorporar bibliografía reciente que ha ampliado el conocimiento del aporte borgeano –adjetivo que Adur prefiere– en la triple faceta de escritor, lector y conferenciante. Un rasgo destacado de esta biografía es la elegante modestia de su autor, en el objetivo y en la elocución. No alega hallazgos propios ni quiere otra cosa que ofrecer un relato orgánico de la vida de Borges, a la vez que incita a la lectura o relectura de su obra. Y esa intención se concreta sin ringorrangos, con una prosa sobria y declarativa, que solo se permite una adusta metáfora en varios centenares de páginas, cuando califica como «usina de generar proyectos literarios» la fecunda colaboración de Borges y Bioy.
Para construir ese relato orgánico, a Adur le resulta inevitable plantearse qué episodios seleccionar y qué sentido darles. El propio Borges –siempre recursivo– acude en su ayuda con las reflexiones que en torno a la biografía fue esbozando aquí y allá. En esencia, este género no debe ser acopio de datos, sino la configuración de un orden o el trazado de una línea que apunte en una dirección y dibuje la ruta hacia un destino. El suyo, de modo confeso, un destino literario. Según Adur, Borges fue uno de los escritores más autoconscientes de la historia, en su vocación creadora y lectora, pero también en su proyección como personaje público, que fue puliendo unos u otros perfiles de su efigie hasta darnos su retrato último de bardo estatuario, ciego, docto, cosmopolita, irónico, celebrado por todos, eterno ya en vida.
Hasta llegar a esa apoteosis, el biógrafo sitúa cada etapa en su lugar. Los títulos de las siete secciones en que se divide el libro, igual que los de sus capítulos y apartados, dan la sensación de realidad inexorable. Algo parecido al registro de accidentes geográficos en un atlas o al plano con las paradas de una línea de tren, donde no se concibe que las cosas pudieran haber sido de otro modo. Y así, el pequeño Georgie, heredero de dos estirpes tan diferentes como la criolla y católica forjada en el heroísmo militar y la luso-británica de impregnación libresca y luterana, que eran respectivamente la de Leonor Acevedo y la de Jorge Guillermo Borges, estaba destinado al silencio de la biblioteca, sin renunciar por ello a hazañas que fueran pacíficas, ni a milicias que fueran culturales.
Desde las orillas del barrio de Palermo, arrabal donde vivió su infancia, poblado por compadritos y valentones de cuchillo pronto –Evaristo Carriego entre ellos–, descartó la bravata y la bravura, o más bien las canalizó a través de lo literario. Adur insiste en la importancia que tuvo para Borges la integración en grupos, cenáculos, tertulias y en todos aquellos proyectos relacionados con la dimensión social de la escritura y la difusión militante de un programa estético. Lo aplicó en Ginebra con la poesía expresionista, en España con el ultraísmo y, de vuelta en Argentina, con el criollismo primero y después con la literatura de imaginación razonada, que defendía los géneros fantástico y policiaco en torno a la revista Sur, con Bioy y las hermanas Ocampo como conmilitones principales de esta batalla.
Por supuesto que una biografía tan extensa y tan completa indaga en los asuntos personales. Se comentan en detalle, pero sin morbo, las inseguridades de Borges, como la timidez extrema que lo obligó a que otras personas leyeran ante el público sus primeras conferencias, o su relación conflictiva con el sexo y con las mujeres, que lo llevó a encadenar una serie difusa de «noviazgos blancos», según los denominó Bioy, indefinidos entre el amor y la amistad. La vertiente política del autor también aparece tratada en su contexto: el antiperonismo furibundo, el entusiasmo ante la Revolución Libertadora, el apoyo inicial a la dictadura de Videla, Viola y Galtieri, y su alejamiento cuando conoció la realidad de los desaparecidos, hasta el rechazo abierto y total tras la absurda guerra de las Malvinas.
La biografía se cierra de una manera hermosa. Retirado en Ginebra, donde ya sabía que la muerte lo esperaba al otro lado del espejo, Borges recibía las visitas de Jean Pierre Bernès, que estaba preparando sus obras completas para La Pléiade. En uno de los últimos encuentros, el editor le leyó en alto el relato «Ulrica», que forma parte de El libro de arena, y al concluir dijo Borges: «Soy un escritor». Su destino literario había culminado, él era consciente, y lo selló con las palabras más sencillas, que son también las más inapelables.