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Sengoku jidai: de la guerra total a la unificación de Japón

Danny Chaplin disecciona magníficamente el período más convulso y complejo de la historia japonesa: el Sengoku jidai, la era dorada de los samuráis

«Nobunaga preparó el arroz para el pastel, Hideyosi lo amasó y, al final, Ieyasu se sentó y se lo comió». En este breve aforismo tradicional japonés se concentra magníficamente todo un mundo: sobre la economía y la tradición del país nipón, con esa elocuente imagen del pastel de arroz, así como la política y la historia más idiosincrática del país, mediante el reparto de los tres grandes personajes que protagonizaron el período conocido como Sengoku jidai («Período de los Estados en guerra»), de 1467 a 1603: Oda Nobunaga, Toyotomi Hideyosi y Tokugawa Ieyasu. El sistema que alumbraría este caos político-militar, conocido como shogunato Tokugawa (enmarcado en el Período Edo, al que dio inicio) llegaría hasta la época contemporánea. 268 años después, este hermético sistema llegó a su fin a instancias de la propia corte del emperador, que había augurado un futuro oscuro para Japón tras la llegada de la escuadra norteamericana del comodoro Matthew C. Perry a la bahía de Edo. Ante la superioridad tecnológica occidental poco podía hacer el shogun: urgía un cambio radical. Comenzaba así la Restauración Meiji (1868). A partir de dicho año, y tras eliminar cualquier tipo de resistencia samurái desde la Guerra Boshin (1868-1869) hasta la última resistencia liderada por Saigo Takamori en la Rebelión Satsuma (1877), Japón cambiaría completamente su fisonomía, aunque no su espíritu. El Camino del Guerrero (Bushido), pese a la occidentalización y modernización de las formas político-militar y económica del Imperio japonés, seguiría vivo, y unido al imperialismo que se contagió masivamente entre las grandes potencias desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, crearía auténticos estragos en lugares como China. Entender el Sengoku jidai es esencial para comprender el subsiguiente desarrollo histórico de Japón y su importantísimo papel en el ámbito internacional durante la primera mitad del siglo XX.

Cubierta de 'Sengoku'

Ático de los Libros (2025). 792 páginas

Sengoku jidai. La unificación de un Japón en guerra entre los siglos XV y XVII

Danny Chaplin

Para eso, llega en el ámbito hispanohablante la obra de Danny Chaplin, Sengoku jidai. Nobunaga, Hideyosi, Ieyasu y la unificación de un Japón en guerra entre los siglos XV y XVII (Ático de los Libros, 2025). Ciertamente las casi 800 páginas del volumen pueden tener un efecto disuasorio a priori, pero al sumergirse entre esas páginas, el lector comprobará que la agilidad narrativa de Chaplin, así como el interesantísimo tema que aborda (las intrigas políticas y palaciegas de Canción de Hielo y Fuego son un juego de parvulario en comparación con la corte del shogun y de los daimyos rurales), actuarán como un potente fármaco con propiedades adictivas. Para empezar, y aunque es cierto que el período Sengoku ocupa la práctica totalidad del volumen, al comienzo (tres primeros capítulos) el autor ofrece una utilísima introducción a la historia de Japón desde las primeras tribus que poblaron las cuatro grandes y nucleares islas (Honshu, Kyushu, Shikoku y Hokkaido) hasta el ascenso de los grandes clanes, pasando por el nacimiento del bakufu (gobierno militar) de los shogunes, que desplazaron pronto el poder del emperador. El funcionamiento de la sociedad japonesa (su sistema de valores, creencias, política, guerra, economía, etc.) es solventemente presentado por Chaplin, y el lector podrá entender los sucesos acaecidos durante el período Sengoku. Por ejemplo, los complejísimos sistemas de alianzas y vasallaje, cambiantes como un viento otoñal, o el más complejo aún sistema de nombres (yomyo, imina/eboshiya) que cambiaban varias veces a lo largo de la vida del noble al albur de los hitos más importantes de su vida, donde destaca como caso paradigmático Tokugawa Ieyasu. El lector tendrá que estar atento y esperar no a que parezca el personaje, que lo hace bajo su yomyo (nombre infantil) Takechiyo, y va cambiando su nombre entre los que destaca el que portaba durante la batalla de Okehazama en junio de 1560, Matsudaira Kurandonosuke Motoyasu, sino a que aparezca su denominación definitiva. También las cuestiones militares, tanto del ethos japonés como de su influencia en las tácticas de guerra ocupan un importante puesto en la narración de Chaplin, destacando especialmente las aportaciones de Oda Nobunaga y su predilección por los ashigaru, soldados de infantería campesinos. Además, que en este ya de por sí complejo tablero de juego entren también los occidentales, a través de los portugueses, y un importante actor más, el cristianismo, terminará de completar los ingredientes del cóctel.

El volumen se divide en cuatro partes que corresponden directamente al aforismo tradicional que citamos al principio: Primera parte, «Los comienzos»; Segunda parte, «Nobunaga prepara el pastel»; Tercera parte, «Hideyoshi prepara el pastel»; Cuarta parte, «Ieyasu se come el pastel». Como puntos de inflexión podemos poner dos batallas: la primera, la batalla de Okehazama, en junio de 1560, con sorprendente victoria del grandísimo estratega Oda Nobunaga, y la última, la batalla de Sekigahara, en octubre de 1600, en la que un paciente y experimentadísimo Tokugawa Ieyasu obtendrá la victoria definitiva sobre las fuerzas de Toyotomi Hideyori, hijo del otro gran personaje protagonista, Hideyoshi. Por tanto, en este libro Chaplin plantea un recorrido a lo largo de las biografías de los tres grandes personajes para entender la deriva definitiva de Japón hacia la unidad sin fisuras del período Edo: el shogunato Tokugawa (1603-1868). Y hay que decir que, pese a que se echan en falta muchos más mapas y planos de fortalezas y despliegues de ejércitos (al menos, para quien esto escribe), el considerable caos del período es desentrañado para el lector con solvencia por Chaplin. Una referencia necesaria, pues, para los interesados en la historia de Japón.

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