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El equilibrio geopolítico del mundo no es fácil de alcanzar

El equilibrio geopolítico del mundo no es fácil de alcanzarLu Tolstova

Ética y solidaridad en un mundo en crisis

Agudo ensayo que reivindica los valores morales en la política internacional contemporánea

Hace poco, un buen amigo presentó su último libro, sobre cuestiones éticas en el campo internacional. La obra, de 236 páginas, tiene un gran interés por varios motivos. Para empezar, el autor de este sugerente, necesario y urgente ensayo fue Jefe de Estudios de la Escuela Diplomática durante una década. Por otro lado, en él aborda, fruto de su experiencia teórico-práctica, aspectos esenciales en la política internacional, como la ética o la solidaridad, vistos a menudo como ingenuos ante una visión sesgada y muy pesimista, convencida de que en el orden internacional únicamente rige la fuerza, el poder y la amoralidad.

Cubierta de 'Globalizar la solidaridad'

Última Línea (2025). 236 páginas

Globalizar la solidaridad. Ética política internacional

Gabriel Alonso-Carro y García-Crespo

A lo largo de sus capítulos, el trabajo va desmontando argumentalmente esta óptica deformante que, por otro lado, alimenta el desorden y el caos en las relaciones internacionales, pues si se consideran sólo desde este enfoque se acaba por no dar cabida a la existencia de valores, normas, reglas y criterios éticos que han existido y existen –como demuestra la historia, aún la reciente–. Hay estudios que demuestran que la comprensión del orden mundial bajo el prisma de la realpolitik acaba justificando y consolidando esta concepción de la organización política global. Cabría preguntarse, por tanto: «¿Y si dicha visión no es cierta ni objetiva?».

No se trata de ser ilusos ni soñadores, insiste el autor, porque la política internacional ha producido grandes hitos de solidaridad y principios éticos. Si han sido posibles en el pasado, pueden ser factibles en el futuro, y ahora más que nunca, al precisarse un abordaje conjunto y global de tantos retos graves. En el siglo XX, con sus fracasos e imperfecciones, la doctrina Wilson (1918), el pacto Briand-Kellogg para resolver pacíficamente los conflictos, la Sociedad de Naciones (hasta 1932) como precursora del sistema internacional de Naciones Unidas tras la II Guerra Mundial (1945), la Declaración de Derechos Humanos (1948), el acta de Helsinki (1975), la caída del Muro de Berlín con actores políticos como Gorbachov, Walesa, V. Havel y H. Kohl, y acuerdos de paz en los noventa en Centroamérica, los Balcanes, Angola, etc., son ejemplos muy significativos.

Ciertamente, el mundo ha virado hacia una coyuntura más inestable y peligrosa, con tambores incluso de guerra; por eso es más imperioso que nunca recuperar el aliento ético que inspiran y sustentan los mejores valores de las políticas exteriores y de las relaciones internacionales.

Este libro expone con acierto cómo desde la Antigüedad clásica la «unidad del género humano» ha sido una constante hasta nuestros días y cómo esta clave rigió el humanismo hispánico universalista, que aún hoy tiene mucho que decir, con similitudes con planteamientos actuales como la democracia cosmopolita o el derecho global. También recoge los grandes avances en el plano teórico y los debates sobre la ética del uso de la violencia y de las guerras, que se han plasmado en una mayor sensibilidad para preservar el bien de la paz, tanto en las sociedades civiles como en la conciencia mundial.

Por otra parte, este ensayo recuerda los grandes logros en el desarrollo humano integral, reduciendo la pobreza y el hambre severa a mínimos históricos. Aporta igualmente una argumentación profunda y sólida sobre qué factores han mejorado sustancialmente las políticas en este terreno y por dónde han de conducirse. Asimismo, expone con lucidez documentada la necesidad de comprender mejor el papel de las religiones, civilizaciones y culturas en la consecución de la paz. Con numerosos ejemplos muestra cómo son y pueden ser, en especial las confesiones religiosas, un factor de pacificación (contra la caricatura de su dogmatismo violento, patología que no es extensiva al conjunto).

Los fundamentos de esta mirada más positiva y esperanzada de lo que ha sido y le es posible alcanzar a la política internacional –cuando trabaja en favor del bien común de un mundo global– residen, para el escritor de este ensayo, en recuperar una conciencia clara de la dignidad de cada ser humano y de su ser dialogal o relacional, intrínsecamente constitutivo. Este plano previo antropológico lo traslada también, por su propia naturaleza, al social y político, y de ahí a la convivencia internacional.

Reformulando la ética política internacional en clave personalista, concluye que con la razón y su uso no sólo se clarifica que la persona está hecha para el encuentro y no para el conflicto, sino que también lo está la sociedad internacional, y de ahí habrá que extraer las consecuencias. Todo dependerá de si nos queremos regir por la racionalidad o por la condición más instintiva y pasional. Ahí reside la clave de un horizonte de futuro luminoso u oscuro para la comunidad mundial.

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