Hotel Londres en Odesa
'Shalom Bonjour Odesa': la paz acaba mañana
Retazos de una ciudad luminosa y sufriente a orillas del mar Negro
Hay libros que, antes incluso de su publicación, se ven ateridos por una ráfaga imprevista de melancolía. Es el caso de este. Su autora, la polaca Aleksandra Majdzińska, especifica en las páginas finales lugar y fecha de conclusión del texto: «Odesa, diciembre de 2021». Vísperas de la tempestad. En un prólogo a la presente edición admite con tristeza que la invitación al lector para visitar la ciudad –ese era su principal objetivo– tendrá que posponerse por culpa de la guerra.

Traducción de Amelia Serraller. Armaenia (2025). 170 páginas
Shalom Bonjour Odesa
En una Odesa todavía no ultrajada por las iras de Moscú transcurre esta obra que mezcla géneros, registros y materiales. Surge de la experiencia real de Majdzińska, que pasó allí dos años. Lo que en principio parece autobiográfico se revela transferido a un personaje ficticio –o a un desdoblamiento de la autora con otro nombre, no queda claro–, que aporta el armazón de la trama. La protagonista, narradora en segunda persona, sigue las huellas de su padre recién fallecido en Odesa, adonde se mudó veinte años antes desde Polonia. Aturdida y curiosa, se siente acogida por el aire salobre y las acacias en flor: «Y tú ahora estás aquí. Este es tu lugar». Le entregan como herencia un sobre que contiene algunas fotos, un rosario y un papel doblado, amarillento, con el Padrenuestro escrito a mano. Sus indagaciones la llevan a conocer un episodio familiar terrible, vinculado a la ominosa época estalinista.
Este hilo argumental, soterrado por momentos, ensarta esbozos de tipos humanos, apuntes de historia y arte, anuncios de prensa, visitas a cementerios, celebración de festividades, anotaciones de sociología, listas de la compra, registros de temperaturas, horarios de trenes, cambios dólar-grivna, retazos de conversaciones, olores y colores de mercados y bazares… Acopio libérrimo de fragmentos que componen una visión personal, fascinada pero no complaciente, de una ciudad que se sobrevive a sí misma. Para desentrañar parte de sus secretos, la narradora cuenta con Nina, su compañera de alquiler, y Vitaly, guía turístico, personajes que afloran, aportan el contrapunto local a las consideraciones de la protagonista, y desaparecen de nuevo en este relato facetado.
De la amalgama puede extraerse la esencia de Odesa en tres conceptos: diversidad, astucia, tragedia.
Ciento treinta nacionalidades reconocen Odesa como su hogar. Ya en sus orígenes tuvieron importancia el español José de Ribas, que contribuyó a tomar el territorio a los otomanos, el holandés Franz de Wollant, que realizó la planificación urbana, y varios franceses, como el Duque de Richelieu, primer alcalde de la ciudad, o Langeron, que la dotó de puerto franco. La prosperidad comercial hizo que Odesa se convirtiera en la cuarta metrópoli más poblada de lo que era entonces el imperio ruso, tras Moscú, San Petersburgo y Varsovia. El esplendor atrajo a los intelectuales de paso –Chéjov, Chaikovski, Twain y otros muchos comieron ostras del mar Negro en el hotel de Londres–, y a una población variopinta que deseaba asentarse y progresar. Adquirió peso una importante comunidad judía, a la que aquí se considera «barómetro económico», porque su mayor o menor presencia es síntoma de bonanza o descalabro. Y los chascarrillos afilados de su humor son uno de los motivos recurrentes del libro.
La astucia en esta Babel portuaria no excluye el atajo censurable o abiertamente ilegal. «Ser de Odesa significa buscar opciones y posibilidades». En el propio origen de la ciudad está el soborno, como recuerda la escultura dedicada a la naranja salvadora. Se envió un cargamento de esta fruta al zar Alejandro I para que comprobase las ventajas prácticas de seguir financiando la construcción de aquel núcleo de población todavía incipiente. Y el soborno sigue hoy como práctica habitual, por ejemplo en la sanidad. Majdzińska destaca además la enorme presencia de estafadores y carteristas –que ya hacían sus prácticas en las catacumbas de la ciudad con cadáveres colgados del techo, a los que se había puesto cascabeles en los bolsillos–, de contrabandistas y bandidos, de ventajistas y pícaros, entonces y ahora. En Odesa fue donde se falsificó la tiara del rey escita Saitafernes, que se vendió al Louvre. Y en el mercado Privoz, el hijo discapacitado de una mujer que pide limosna le pregunta a la madre, para crear mayor efecto, si suelta ya sus palabrotas.
La tragedia en Odesa es maldición cíclica. El eco de los pogromos que se cuela por un patio en la canción del huérfano judío. La escalera Potemkin, con la escenificación de una masacre que no fue, pero que todo el mundo recuerda por la película de Eisenstein. La actriz Vera Jolódnaia, que huyó de la revolución y murió aquí en raras circunstancias –se dice que asesinada por motivos políticos–, tras un accidente de trineo. Las represalias pavorosas de los rumanos aliados de Hitler mientras gobernaron la ciudad entre 1941 y 1944. Las fosas de la represión estalinista. El memorial a los muertos en Chernóbil. El oscuro episodio de la Casa de los Sindicatos en 2014, donde murieron abrasadas cuarenta y dos personas. Y las esculturas que mudan de piel o de lugar al ritmo de los acontecimientos: Lenin transformado en Darth Vader y Catalina II desplazada –esto ya ocurrió después de la escritura del libro– tras el ataque ruso.
Dice Majdzińska que el romanticismo de Odesa es «la mezcla del viento salado y el olor de la estepa que se cierne sobre la ciudad». Pushkin llegó como funcionario y se enamoró de la esposa del gobernador Vorontsov, sugestionado por la belleza de ella, pero quizá también por la sensualidad del lugar. El marido quiso tenerlo ocupado durante dos meses fuera de Odesa y le pidió que elaborara un informe sobre el daño provocado por las langostas. A la semana ya había vuelto. El informe se redujo a cuatro versos perogrullescos. Cuando hayan desaparecido las langostas que ahora tratan de asolarla, querremos hacer nosotros el viaje al que la autora nos ha invitado, y enamorarnos también de la ciudad y de su luz superviviente.