Fundado en 1910
Mártires españoles

Mártires españoles

Mártires del siglo XX: memoria, fe y violencia revolucionaria

Dos novedades editoriales revisan la persecución religiosa en España desde la historia local y la memoria eclesial

Noviembre es el mes por antonomasia de los mártires de la persecución religiosa en España entre el 31 y el 39. En sus cuatro domingos se celebran diversos actos de oración y recuerdo en el Cementerio de los Mártires de Paracuellos, llamado también Catedral del Martirio. De alguna manera, los 8.000 caídos por odio a la fe de aquellos años están representados por los algo más de 4.000 depositados en sus fosas, y quizá por eso numerosos fieles se acercan al camposanto a alguna de las Misas del Mes y a las bendiciones de los llegados al encuentro con Dios en alguna de las sacas. De esta manera, en la bendición de cada uno de los altares del camposanto se recuerda también a los mártires de toda España, como los de Turón, en Asturias, o los de Pinto, en Madrid, mártires que gozan de visibilidad con dos novedades editoriales.

Los 39 mártires de 1934 en España

En Los 39 mártires de 1934 en España (Editorial Encuentro, 2025), monseñor Martínez Camino retrocede a 1934 para rescatar la historia de esos 39 mártires asesinados en plena Revolución, entre los que destacan los Santos de Turón. Prologa el libro el arzobispo de Oviedo, don Jesús Sanz Montes, quién mejor que quien tiene jurisdicción en la zona. Así, monseñor Sanz Montes centra la cuestión sobre la Revolución de Asturias calificándola como un «ensayo general para la puesta en marcha de una revolución más amplia». Destaca el prelado astur que el recuerdo a los mártires tiene un motor de inspiración con poco en común con el que inspira a los de la «memoria histórica».

Cubierta de 'los 39 mártires'

Encuentro (2025). 176 páginas

Los 39 mártires de 1934 en España. Con los santos de Turón a la cabeza

Juan Antonio Martínez Camino

En el caso de los mencionados en el libro, su recuerdo «busca el reconocimiento que nos abre a la gratitud y la reconciliación que en esos mártires aprendemos». Es algo más sorprendente la afirmación de Sanz según la cual en los mártires «no hubo en sus ropas un carné de partido, porque nunca militaron en política». Pareciera que haber militado en política les hubiera impedido morir perdonando a sus enemigos. En cambio, sí está claro cuáles eran los «carnés» de los partidos políticos de los asesinos. No es menos claro que muchos potencialmente martirizables según los criterios del Frente Popular se salvaron resguardándose en las casas de quienes tenían carnés de la Falange, el Requeté o los partidos coaligados en la CEDA, por lo que no era irrelevante ni despreciable la cuestión de la adscripción política de cada uno, víctima o verdugo, en aquellos años.

Martínez Camino nos habla en la introducción del libro de los Mártires del Siglo XX, denominación genérica que se aplica para toda Europa, como repetirá una y otra vez a lo largo del libro. Sin embargo, en la página 14 admite que los «39 mártires de los que trata este libro (…) son los primeros mártires del siglo XX en España». Es decir, que ese siglo XX habría perdido ya un tercio de sus años sin ningún caso. En realidad, en España todo el siglo XX, en términos de martirio, duraría los nueve años del Frente Popular, que políticos con los mismos carnés de entonces siguen reivindicando. No hacer esa consideración y aceptar la genérica e igualatoria denominación de Siglo XX para España es una concesión de corrección política que confunde a la población y no señala el peligro de unas ideas que tratan de nuevo de imponerse a lomos de resignificaciones y leyes de memoria.

En la página 16 dice Camino que «las masas católicas acudieron a las elecciones de noviembre de 1933, en las que, por cierto, las mujeres votaban por vez primera». Esta afirmación admite dudas, pero está muy extendida entre quienes quieren encontrar virtudes al periodo republicano y sobreponderan beneficios que no tuvo. Las mujeres pudieron votar en la Dictadura de Primo de Rivera a partir del Decreto de 1924, y en 1927 debutó en el Congreso la primera diputada, Concepción Loring.

Al margen de estas cuestiones, al obispo autor del libro no le parece adecuado llamar Mártires de la Guerra ni a los de Turón ni a los que tuvieron lugar una vez reiniciadas las hostilidades en el 36, «porque da a entender que se habla de combatientes o al menos de colaboradores del conflicto bélico». Para no ser «colaboradores» del conflicto, sí parece que los mártires tenían claro quiénes los mataban y quiénes los podían salvar, como lo prueba el testimonio del joven pasionista José de Jesús y María, que se dirige a su madre en los siguientes términos, según recoge el libro: «Si las derechas no se despiertan, lo de Asturias (la Revolución) habrá sido un jardín ameno para lo que se le viene a España». Puede que los mártires no tuvieran carnés, algunos, pero neutrales no eran.

Martínez atribuye las violencias que produjeron tan nutrida cosecha de mártires a la sustitución de la centralidad de Dios por la del Progreso en las ideologías del siglo XX: nazismo, comunismo y habría que añadir –el escritor no lo hace– liberalismo. Ideologías paganas, prometeicas, suele decir Pío Moa, que entraron en conflicto en la Segunda Guerra Mundial produciendo catástrofes como Auschwitz, Katyn o Dresde, Hiroshima y Nagasaki.

Después de esa introducción, muy interesante y esclarecedora sobre la postura del episcopado español sobre el asunto, el libro aborda la descripción de cada uno de los 39 protagonistas del libro. Algo más de 130 páginas de semblanzas muy bien escritas en las que destaca la extraordinaria juventud y el coraje de los salesianos. Todos los casos son de gran interés, pero quizá uno de los más relevantes sea la historia del primer argentino canonizado, Héctor Valdivieso. En cuanto a los seglares, don Juan Antonio menciona al nada neutral y muy beligerante Marcelino Oreja, martirizado en Mondragón, y al no menos neutral Rafael del Riego.

En definitiva, me quedo con las historias de los mártires, que lo son de la persecución religiosa en España, la cual cesó un uno de abril de 1939, cuando la revolución socialista fue derrotada en España. Que el testimonio de perdón y el ejemplo de esos mártires no se diluya en corrección política, mientras quienes romantizan al bando de sus asesinos como revolucionarios se afanan en proyectos resignificadores que echen murales de olvido al ejemplo de nuestros mártires.

Los mártires de Pinto, de Antonio Alonso Marcos

Fue precisamente el obispo Martínez Camino quien presentó la obra del profesor Antonio Alonso allá por septiembre en la Casa de la Cadena de Pinto. Alonso hace honor al subtítulo del libro, La vida religiosa en Pinto a comienzos del S. XX. Nos dibuja el Pinto de antes de la guerra, describiéndonos las costumbres de las gentes del pueblo como representación de tantos pueblos de España que vieron agitadas sus tranquilas vidas por las rencillas inflamadas por la Revolución. Alonso, profesor al fin, facilita pedagógicamente el relato con cuadros resumen, mapas y listas de personas que ayudan al lector a no perderse en el enjambre de nombres y relatos contradictorios de los protagonistas.

Cubierta 'Los mártires de Pinto'

CEU Ediciones (2025). 216 páginas

Los mártires de Pinto. La vida religiosa en Pinto a comienzos del s. XX

Antonio Alonso Marcos

En un muy destacable capítulo 4, precedido de los dos anteriores, nos traslada a ese Pinto de 1936, con bandos y familias completamente enfrentadas y al terror revolucionario que encaraban las familias de los mártires. En la parte central del libro, capítulos 5 a 9, nos presenta los casos de los asesinados, don Manuel Calleja y su padre. El lector se conmoverá con el relato del martirio de las cinco catequistas (capítulo 5). Si en el libro de Martínez las víctimas destacan por su extraordinaria juventud, en el caso de Pinto los asesinos no repararon en la edad de las suyas, en algunos casos personas con muchos años en la mochila. Las catequistas que protagonizan este capítulo tenían alrededor de 60 años; eran señoras dedicadas a la atención espiritual de quien se lo requiriera. Sus 60 años de entonces no son los de ahora. Podemos imaginar cuánta vida podrían cargar en sus huesos en unas existencias con los medios que tenían entonces. Con este capítulo y la inspiración de su ejemplo se puede rezar. No menos revelador es el odio de clase que generó el asesinato secuencial de los Creus por las venganzas surgidas de la agitación obrera en las huelgas. Y así otros casos.

El lector versado en Derecho encontrará de muchísimo interés el análisis y cotejo de los procesos sumarísimos que dan origen a esas causas. Los documentos recogidos en los anexos, junto con los mapas y listas de habitantes, dan cuenta de lo minucioso de la investigación.

Aparte de haber buceado en los archivos, Alonso toma como referencia las entrevistas realizadas, la abundante bibliografía y las actas confeccionadas tras la guerra. El autor subraya, y lo describe perfectamente en los capítulos 15 y 16, cómo «en la etapa inmediatamente posterior se miró para adelante sin espíritu revanchista».

En definitiva, una investigación de pequeños personajes que dan un gran ejemplo. Un homenaje que un pinteño le hace a sus mayores, y que resulta muy agradable de leer.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas