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Cubierta de 'Soledades'

Cubierta de 'Soledades'Cátedra

La gran elusión: 'Soledades. Estética del retiro'

Un estudio deslumbrante sobre las raíces del apartamiento y sus frutos en todas las artes

Por formato, diseño y naturaleza, este libro podría ser el catálogo de una exposición comisariada por sus autores. Tendría como salas los amplios espacios del museo sin acotar que es el mundo. Miguel Copón y Alberto Ruiz de Samaniego, doctores en Filosofía, especialistas en Estética y Teoría de las Artes, colaboradores en proyectos previos como Cabañas para pensar, nos ofrecen un estudio dotado en sí de índole artística: por las imágenes y citas en los márgenes que lo ilustran, por el diálogo, directo o sugerido, que establece con ellas el texto, y por la propia conformación del discurso, siempre en tensión expresiva y conceptual máxima. Casi intimidatoria. La gravidez del estilo, con su contextura de abstracciones, no da una sola tregua de levedad en cuatrocientas páginas. Lectura escarpada, si se logra remontar hay gozo y provecho.

Cubierta de 'Soledades'

Cátedra (2025). 420 páginas

Soledades. Estética del retiro

Miguel Copón y Alberto Ruiz de Samaniego

La soledad, como experiencia radical y paradójica, hace «tocar el arraigo más hondo a través de la disociación más desintegradora». Es necesaria para que la comunicación verdadera pueda producirse. Siguiendo el método estético, nuestros autores se centran más en las motivaciones del artista sumido en la soledad que en sus plasmaciones concretas según el baile de las formas. El interés aquí son las poéticas de creación, los estímulos que acaban como «ecos fosilizados». Por eso no importan demasiado los contextos. En esta primacía de lo interpretativo sobre el dato, así como en la escritura liminal entre géneros, Copón y Ruiz de Samaniego citan como referencias en nuestra lengua a Zambrano, Trías, Valente y Lezama Lima, autores cuya tradición pretenden continuar.

Sentadas las bases metodológicas en la introducción, los diez capítulos que siguen son un formidable escrutinio literario, artístico y filosófico de la soledad en todas sus formas, por todas sus causas, con todas sus implicaciones. Si una reseña queda siempre desvaída como paráfrasis que es, en parte, del libro que comenta, aquí esta limitación destaca especialmente, por el fulgor de los elementos que concurren, tantísimos son los autores, obras, citas, étimos, interpretaciones, sonoridades. Cada capítulo cumple más o menos su función como unidad de sentido porque lo rige un aspecto temático o genérico principal, pero siempre con porosidades, desvíos y recurrencias.

Comienza la exploración con Jonás en el vientre de la ballena y con los diversos personajes que han emprendido la catábasis, descenso a los infiernos, o los que han cruzado el desierto. Ese completo despojarse y aislarse de lo que nos constituye permite atisbar los «arcanos del sentido», y de la experiencia se emerge –Rilke al fondo– con una revitalización extrema del valor de la palabra. De Santa Teresa a Pessoa, de Dickinson a Proust y la tradición de los autores que Landero denomina «tumbados», el hiato con el exterior conlleva introspecciones muy fructíferas. Unas veces el apartamiento se debe a razones creativas, y entonces la cabaña trae el sosiego inspirador; otras, al desengaño, como en Montaigne, que se refugia en su torre-biblioteca; otras, a la búsqueda de ascesis espiritual, caso de eremitas y cenobitas; otras, a motivos penales, y la soledad coadyuva a expiar la culpa del recluso.

El estudio avanza, como ya se ha dicho, por caminos ondulantes entre géneros, tiempos, fenómenos, con polos de distancia variable. Una de las reflexiones más sugestivas tiene que ver con la contemporaneidad y su tendencia a llevar cada lenguaje hasta el extremo de su saturación: «En poesía y música, su silencio; en arquitectura: el vacío; en dibujo: lo borrado; en pintura y escultura: la ceguera». En cine, la coagulación del movimiento. El signo se despeña en el abismo. Scelsi repite compulsivamente una sola nota musical. Giacometti esculpe la nada como sombra antropomorfa. Rothko disuelve las formas en un magma de luz. Beckett tritura la palabra como medio para la interlocución. Antonioni filma tiempos muertos y texturas.

El último capítulo, tras acompañar a Warhol en sus camuflajes tras el exhibicionismo, atiende al presente, atomizado en las redes sociales, muchedumbre de «entes solitarios que solo producen rumores o algarabía, sin un nosotros que los reúna». Las ciudades en las que habitamos tienen también un velo de irrealidad, uniformadas cada vez más por una estética común, donde el grafiti surge como gesto asertivo de individualidad. Este es por ahora el final de un trayecto que comenzó con las teogonías. Durante milenios nos hemos aplicado a la gran elusión, los escapes por todos los puntos cardinales del espíritu y la materia para inquirir por un sentido que se oculta siempre tras un velo de brumas.

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