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Cubierta de 'Moneta'

Cubierta de 'Moneta'Deusto

La historia de Roma a través de las monedas

Gareth Harney nos acerca al mundo romano de una manera sorprendente: a través de las monedas. Una historia de oro, plata y bronce sin rupturas

Todos nos preguntamos cuál es el origen de las palabras, del léxico. Cada vez que un vocablo nos resulta interesante o nos es desconocido recurrimos a nuestro conocimiento, mayor o menor, de latín, griego o, incluso, árabe, en muchas ocasiones en clave de broma (¿cuántas veces hemos oído aquello sobre el descanso y el Imperio almohade?). Para las lenguas romances, en la mayoría de las ocasiones, es el latín el que suele dar respuesta a esos intereses o incógnitas por motivos obvios.

Este es, por ejemplo, el caso de la palabra «moneda», procedente del término latino moneta, que procede a su vez del verbo monere («avisar, advertir»). Nuestro término «moneda», o el término italiano moneta, o el francés monnaie, proceden del ya citado término latino. Incluso más allá de las fronteras lingüísticas romances se aprecia esta influencia: en inglés, lengua sajona y, por tanto, del tronco lingüístico germánico, la palabra para dinero es money. Todos proceden del mismo término latino. Ahora bien, si alguien se tomara la molestia de buscar en un diccionario latín-español, la palabra que encontrará para traducir nuestro término «moneda» no será moneta, sino nummus, de donde proceden términos como «numismática». ¿Cómo puede ser esto?

Cubierta de 'Moneta'

Deusto (2026). 408 páginas

Moneta. Una historia de la Roma antigua en doce monedas

Gareth Harney

Pues bien, en este punto llegamos, más allá de los conocimientos meramente filológicos, a la maravillosa encrucijada que es la de la filología con la historia: la etimología, es decir, el origen de las palabras. El término moneta procede del epíteto Moneta («que avisa, que advierte, que amonesta») otorgado a la diosa Juno en su aedes (templo) del Capitolio. Según cuenta el historiador Tito Livio, en la terrible invasión de Roma por los galos del 390 a.C., cuando toda la ciudad fue tomada por el caudillo Breno y sus fuerzas, la única guarnición que aguantó fue la del Capitolio.

En un ataque nocturno que pretendía ser sorpresa, los galos fueron descubiertos por los gansos sagrados de Juno, que advirtieron con sus fuertes graznidos a los defensores. Estos, comandados por el héroe Marco Manlio, rápidamente tomaron las armas y rechazaron el ataque, hasta el punto de organizar un contraataque que resultó desastroso para los galos.

Después de esto, cuenta la tradición recogida por Livio, se consagró la vigilancia, y por tanto la supervivencia, de Roma a la diosa Juno Moneta. No mucho tiempo después, en el templo de la diosa se establecería la ceca de Roma. Juno Moneta ya no sólo sería la garante de la supervivencia de Roma, sino también de su supervivencia económica. La asociación que se hizo a lo largo de los siglos entre la divinidad y el pequeño trozo de metal con inscripciones, ya fueran ases, sestercios, o denarios, quedarían forjada para el resto de la historia.

Esta historia, recogida en el prólogo de Moneta. Una historia de la Roma antigua en doce monedas (Deusto, 2026), es la mejor presentación que podría ofrecer Gareth Harney, historiador y especialista en numismática, cuya pasión por las monedas antiguas lo han hecho bien conocido en el mundo de la divulgación mediante su página web (harneycoins.com) y su cuenta en redes sociales (@OptimoPrincipi). Harney consigue en un libro sencillo y accesible adentrarse en temas de gran calado y, a menudo, fuera del circuito divulgativo, como la propaganda en la antigüedad romana, la representación del poder o la visión del «otro» (como los galos en el cap. III), o temas mucho más específicos de la poco conocida economía romana, como su regulación estatal en época de la Tetrarquía (284 d.C. en adelante) con el Edicto de Precios Máximos de Diocleciano.

En doce capítulos, más un prólogo, Harney hace un resumen extraordinario de la historia de Roma teniendo como centro orbital narrativo la moneda. Y aunque la protagonista concreta (que suele dar título al capítulo) es la inicial, el volumen está trufado de imágenes numismáticas, más de tres docenas de ellas, que el autor disecciona convenientemente para el ojo menos avezado. Mediante un avance cronológico que comienza con Rómulo y Remo y acaba con Rómulo Augústulo y su deposición por Odoacro, cuya moneda como Rex Italiae supeditado al emperador Zenón también es debidamente comentada por el autor.

Resulta verdaderamente laudable que el autor consiga tejer tan bien la historia romana a través de las monedas, demostrando, como señala en el prólogo, «el poder y la inmediatez de las monedas como fuentes primarias del mundo romano». La única pega que se le podría poner al volumen es que, debido al enamoramiento del autor por el período altoimperial, y más concretamente por el periodo trajaneo, el período tardoantiguo es abordado por el autor con cierta displicencia, especialmente en lo que se refiere a la parte occidental del Imperio tras la deposición de Rómulo Augústulo (si bien es verdad que para ello recurre a argumentación de especialistas, lo que le honra).

En definitiva, un libro cuya propuesta es original, de narrativa ágil y que, sin grandes pretensiones, consigue aportar datos poco conocidos sólo manejados por especialistas y hacerlos accesibles al común.

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