Cubierta de 'Maite'
‘Maite’: dar amor, tocarlo, conjurarlo
Fernando Aramburu vuelve a conmovernos con su capacidad de aunar verdad humana, compromiso ético y excelente literatura
Puede ser casualidad, pero conociendo algunos ritos y pautas de Fernando Aramburu, no hay que descartar lo contrario: justo cada diez años, publica un libro en que ETA muestra su crueldad esencial. En 2006 fue Los peces de la amargura, conjunto de relatos que apareció una década después del estreno del autor en el mundo literario con la portentosa novela Fuegos con limón. En 2016, Patria le supuso la consagración merecida entre el gran público. Maite, ahora, tiene como trasfondo el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. Tres décadas distintas, tres aldabonazos oportunos: la denuncia en caliente mientras ETA aún mataba; el alegato por una reconciliación con justicia, calladas las armas un lustro antes; la obligación moral del recuerdo, cuando el tiempo transcurrido y ciertos intereses desenfocan la verdad. Y en los tres casos desde la ficción, espeleología veraz de las conciencias.

Tusquets Editores. 344 páginas
Maite
Maite no es «la» novela sobre la atrocidad que se cometió con Miguel Ángel Blanco. No hay voluntad de reconstrucción definitiva, ni siquiera es este el asunto central del relato, pero difícilmente podrá escribirse al respecto nada más sincero ni más rotundo. Aquellos cuatro días fatídicos, del 10 al 13 julio de 1997, son también el marco de un episodio familiar como tantos. En San Sebastián, Maite se despide el jueves por la mañana de su marido Andoni, que acude a un congreso de oftalmólogos en Madrid hasta el domingo. Ese mismo jueves, más tarde, la protagonista se reencuentra con Elene, la hermana mayor, que vive en Providence desde hace trece años con su marido americano y sus dos hijos, y que no ha vuelto una sola vez, ni siquiera para el entierro del aita. Tiene billete de regreso el domingo, antes de la llegada de Andoni, a quien no conoce en persona. Las dos hermanas aprovechan para pasar tiempo con la madre, Manoli, que se recupera de un ictus reciente, cuyas secuelas la limitan, aunque no de forma severa. La convivencia entre las tres abrirá y cauterizará luego algunas heridas del pasado.
Un reparo posible a la arquitectura de la novela, por su verosimilitud dudosa, es la coincidencia exacta, justo esos días, del drama familiar desvelado por partida doble –y aquí no diremos nada, solo que la intriga se administra sabiamente– con el aciago destino del concejal de Ermua. Ese acople temporal forzado puede deberse a la gestación del relato en dos fases. El propio Aramburu ha dicho que primero se le ocurrió la peripecia de Maite viendo cine italiano –e imaginó a la protagonista con la cara de Monica Vitti–, y después le buscó un contexto en que situarla. Esto no significa que las dos historias, con minúscula y con mayúscula, trascurran en paralelo, sin puntos de contacto. Al revés, se traban muy bien. La protagonista es una mujer comprometida contra el terrorismo, acude a las concentraciones de Denon Artean desde que empiezan a celebrarse, luce el lazo azul y muestra coraje cuando eso puede acarrear consecuencias: ella llevará una de esas consecuencias marcada en la piel. Por todo ello, la tragedia de Miguel Ángel Blanco la atañe en mayor medida que a otros personajes, más cautelosos, más cobardes o más insensibles. El retrato que hace Aramburu de la sociedad vasca de aquella hora no es complaciente.
Maite se revela amorosa, tierna en su vulnerabilidad, también un punto alucinada. En sus tres últimas novelas, Aramburu nos ha presentado a personajes protagonistas en trato conflictivo con la realidad, que desdoblan a su modo. Es el caso de los patéticos aprendices de terrorista en Hijos de la fábula y del abuelo en El niño. Maite tiene sus rarezas, pero las admite. Se entrevista a sí misma con frecuencia tratándose de usted, y en momentos de tribulación busca aislamiento para inducir la «posibilidad de un castillo». Y es que Maite no solo da amor, no solo toca el amor allá donde lo detecta –busca cualquier excusa para tener un leve contacto físico con una pareja que se besa, con un padre que acaricia a su hija pequeña, con la solícita cuidadora de Manoli–, sino que en las ensoñaciones ubicadas en su ficticio castillo busca conjurar la compasión, la justicia, el amor, en fin. Intenta atraerlo a donde hace falta, administrarlo en benéficas dosis reparadoras aunque sabe que su empeño es imposible.
Maite es un muestrario del mejor Aramburu. Retratos, sobre todo femeninos, de un realismo incontestable. Regusto de los clásicos más nuestros, tanto en el humor comprensivo que se detiene un paso antes del ensañamiento, como en las situaciones recreadas con pasmosa naturalidad, desde freír salmonetes hasta limpiar excrementos, y en la expresión, esmaltada con esas inconfundibles locuciones que solo Aramburu usa sin ironía: a pique de, obra de, tocante a… También, cómo no, aparece un cementerio –Polloe en este caso–, marca de agua del autor en todas sus obras de ficción. Esta es una novela de testimonio cívico, de recuerdo necesario, pero, más allá, es una lección de bonhomía, de indulgencia, de optimismo pese a todo, de deseo de hacer del mundo un lugar menos ingrato. Maite, a un personaje creado por ella misma en uno de sus castillos, un sujeto amargado que considera el amor una patraña, le espeta como respuesta, con irrefragable idealismo, incluso filosófico: «Yo amo y, si yo amo, está claro que el amor existe». Esa es Maite. No se pierdan la ocasión de conocerla.