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Francisco Umbral en su casa de Madrid en 1995

Francisco Umbral en su casa de Madrid en 1995GTRES

'Mortal y rosa': el dolor que Umbral convirtió en literatura

Volver a Umbral cuando ya nada le protege de sí mismo

Umbral no era plato para todos los gustos. Tal vez era por la sobreexposición a la que nos tenía acostumbrado en vida: no solo por sus artículos diarios, sino también por sus declaraciones más o menos mediáticas en un mundo sin redes sociales, y por supuesto en sus libros. El caso es que se podía vivir con cierto empacho de «umbralismo», y su fallecimiento pudo asumirse también como una ligera dieta. Han pasado casi veinte años desde entonces, y pienso que es un excelente momento de volver a leerlo. No ya como una figura pública, como un personaje al que se le admira o se le odia, sino como un escritor sin más. Y uno de los grandes, añadiría. Tras tanta proyección pública, no dudo de que ese es el lugar donde Paco querría estar: ser uno más de los muchos autores sobre los que escribió en Las palabras de la tribu. No en vano el título está elegido de un verso de La voz a ti debida de Pedro Salinas, que a su vez tomó el título de una de las Églogas de Garcilaso de la Vega. Umbral casi busca un padre y un abuelo titulando así.

Cubierta de 'Mortal y rosa'

Austral (2025). 288 páginas

Mortal y rosa

Francisco Umbral

Si no es su libro más célebre, Mortal y rosa es probablemente el mejor considerado. Es un libro que podría ponerse de moda, ahora que la autoficción tanto vende, que el duelo se ha ensalzado como tema literario. Porque si Umbral habló siempre de sí mismo (en este triduo de personas que inundaban sus textos: yo, tú y uno), en este libro lo hace con más intención. Tal vez no haya un narrador más auténtico y desnudo: el que habla de lo que siente al tener un hijo y perderlo. Me refiero a ese «niño» o «hijo» al que nunca pone nombre y que describe desde sus primeros días, cuando lo acuna en la mecedora, hasta los últimos instantes en el hospital.

Al principio contempla al hijo como una proyección salvadora de sí mismo. Es un niño que tiene padres que le quieren, no como él: Umbral tuvo una madre que le quiso, pero no supo que lo era hasta mucho más tarde, y de la existencia del padre apenas nos hemos enterado hace poco. Es un niño que no tiene las heridas de Francisco Pérez Martínez aunque sí su apellido. Pero, ay, esa tabla de salvación que encontramos en las primeras páginas del libro se convierte en un nuevo hachazo en la vida del que ya nunca más dejará de ocultarse bajo ese personaje tan presente y tan ausente.

Porque leer Mortal y rosa ahora, cuando el autor con su muerte ya no oculta su vida, cuando ya sabemos que es hijo, hermano y tío de poetas, desvela nuevas claves: lo oscuro queda aclarado y el sentido del libro se amplía. La relación con su hijo se convierte casi en un asunto metafísico.

Ahora que estamos tan expuestos, que necesitamos mostrarnos con tanta asiduidad en las redes; como si nuestra existencia dependiera de esas fotos de Instagram, de esos comentarios en X o de esos vídeos de TikTok, Francisco Umbral nos enseña que en esos escaparates digitales no hacemos nada más que ocultarnos, perder nuestro «yo» como él hizo de una forma programática tras la muerte de su hijo. Él lo hizo a conciencia, como un modo de aniquilamiento: dejar que sea la escritura lo único que vive de él. Nosotros tal vez pensemos ingenuamente que ganamos en identidad, en proyección, en yo.

Tras la muerte del hijo, Umbral le dedica unas páginas exquisitas a la fama literaria. A la relación del autor con su público, a la consideración y afán de validación que mueve muchos mecanismos vitales. Me parece que es toda una lección hoy en día: The show must go on.

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