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Armando Durán Miranda

Armando Durán MirandaDykinson

'Armando Durán Miranda (1913-2001)': la ciencia española que no olvida a sus héroes olvidados

Un científico de vocación infatigable que abrió España a los circuitos internacionales de la física y la energía nuclear durante el franquismo

Hace unos días leía en un discurso de la expresidenta del Tribunal Constitucional italiano, la jurista católica Marta Cartabia: «Lo primero que aprendí de mi compromiso público fue a dejarme interpelar por las cuestiones de la historia, tanto dentro como fuera del perímetro de la agenda católica… Es más, quizá los aspectos más interesantes sean aquellos en los que no existe una respuesta preestablecida a la que recurrir».

Armando Durán Miranda

Dykinson (2026). 344 páginas

Armando Durán Miranda (1913-2001), un científico al servicio del bien común

Carlos Pérez Fernández-Turégano

Estas palabras me remitieron, de manera inmediata, al libro que tenía entre manos: Armando Durán Miranda (1913-2001), un científico al servicio del bien común, una biografía cuidadosamente narrada por Carlos Pérez Fernández-Turégano y recientemente publicada por la editorial Dykinson. La trayectoria de su protagonista evoca a esa generación, a menudo relegada a un segundo plano, que, sin embargo, resultó decisiva para la reconstrucción de nuestro país en condiciones de extrema precariedad y adversidad. Este libro constituye, en este sentido, un testimonio riguroso de aquella empresa.

La vida de Armando Durán se presenta como un ejemplo singular de audacia y rectitud. Nieto del primer español que adquirió y condujo un automóvil en nuestro país, se trasladó de Lugo a Madrid para cursar estudios en el Colegio Alemán y, posteriormente, en la entonces exigente y todavía incipiente Facultad de Ciencias. Tras finalizar su formación, inició su trayectoria en el Instituto Nacional de Física y Química, en la sección de Rayos X, donde se integró en una comunidad científica de carácter excepcional, cuya influencia se proyectaría a lo largo de toda su vida. La Guerra Civil interrumpió de forma abrupta aquella prometedora carrera: combatió en primera línea en los Altos del León, donde experimentó de manera directa la crudeza del conflicto. Durante su convalecencia en un hospital de Valladolid conoció a quien sería su esposa, María Antonia Escribano, con la que formó una familia de trece hijos y con quien compartió una profunda religiosidad, traducida en un compromiso activo con diversas iniciativas eclesiales. Su casa de campo en Peñafiel sigue siendo refugio de muchos.

Finalizada la contienda, retomó su vocación científica y docente, que ejerció con una intensidad y una capacidad de trabajo extraordinarias. Hoy es considerado uno de los actores más relevantes de la ciencia española en el segundo tercio del siglo XX. Su labor en distintas instituciones le permitió alcanzar logros de reconocimiento internacional en el ámbito de la óptica, como entre otros la explicación científica de la miopía nocturna. Asimismo, desempeñó un papel determinante en el impulso y la organización de las ciencias relacionadas con la energía nuclear en España, promoviendo una apertura internacional sin precedentes durante el franquismo, que facilitó la integración del país en circuitos científicos hasta entonces inaccesibles. Entre 1951 y 1956 ocupó el cargo de director general de Enseñanzas Técnicas en el Ministerio de Educación, desde el que impulsó importantes reformas, entre ellas la modernización de las Escuelas de Comercio.

Con todo, más allá de sus méritos científicos e institucionales, quienes le conocieron coincidían en reconocer en él a un maestro y compañero de trato afable, dotado de una inteligencia viva y de un talante liberal y conciliador. En un contexto histórico marcado por la rigidez ideológica y la escasez de espacios para la libertad de pensamiento, su actitud moderada permitió generar en su entorno un ámbito de trabajo basado en el rigor, la cooperación y el respeto al pluralismo. Nunca dejó de prestar apoyo cuando lo consideraba justo, con independencia de su procedencia. Era, según sus contemporáneos, un conversador incansable, generoso en ideas y ecuánime en el trato. Ese mismo talante que todavía hoy podemos encontrar en su nieto, Armando Zerolo, profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad San Pablo CEU.

Mantuvo, además, una relación de estrecha amistad con figuras relevantes de su tiempo, como Joaquín Ruiz-Giménez y José María Otero Navascués, con quienes contribuyó a configurar un espacio que podría calificarse de aperturista, aunque no abiertamente rupturista, dentro del contexto político de la época. Su colaboración entre otros con la revista Cuadernos para el diálogo favoreció la introducción en España del espíritu conciliar, tanto en el ámbito religioso como en el civil, haciendo posible una interlocución crítica y esperanzada entre personas de distintas generaciones, ideas y sensibilidades.

La lectura de una vida como la de Armando Durán permite comprender que el compromiso (en su sentido más profundo de «obligarse o prometer conjuntamente») implica una predisposición a trabajar juntos en la tarea de dar respuestas a los desafíos comunes, siempre nuevos, entre creyentes y no creyentes o entre distintas opciones ideológicas. Esta enseñanza posee hoy una vigencia indudable en un contexto igualmente necesitado de verdadero empeño en una labor de diálogo y acción común que parta del reconocimiento positivo de una diversidad fructífera en los ámbitos de la cultura, la ciencia, la política y la gestión de los asuntos comunes. Y siempre agradecidos a los que iniciaron este camino.

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